Los contrabandistas de Moonfleet (1955)

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Moonfleet (Los contrabandistas de Moonfleet, 1955) se trata de una curiosa película dirigida por el genio Fritz Lang y que se adscribe al género de aventuras. A pesar de que el alemán está detrás de las cámaras (al menos en teoría), lo cierto es que la cinta es realmente decepcionante, y poco podemos ver en ella del genio. Gran parte de la culpa se debió a la productora que impidió a Fritz Lang explayarse de manera totalmente independiente. Producida por la Metro-Goldwyn Mayer, la compañía seguía la tónica con este filme de las películas de aventuras, tan de boga en la década de los años cincuenta.

La película adapta la novela de John Meade Falkner, escritor de origen británico. Nos presenta a un joven muchacho, que debe buscar a Jeremy Fox por orden de su madre, para que este lo forme. Lo que pronto descubrirá el joven es que el tal Jeremy Fox está metido en más de un turbio negocio. A pesar de que en un principio el contrabandista no quiere saber nada del niño, poco a poco (mientras combaten contra todo tipo de inclemencias) irá surgiendo una relación de amistad entre ambos.

Nos encontramos pues ante una película más de aventuras, que a pesar de tener algunos elementos positivos, no puede competir con las grandes obras maestras del género. Como gran acierto podíamos citar la química que se establece entre los dos protagonistas, Jeremy Fox, interpretado por Stewart Granger (quien por cierto, según palabras del propio Lang, no se sabía las líneas del guión) y el joven chico, interpretado por Jon Whiteley. Lo que al principio parece un encargo tedioso para el contrabandista, acaba confluyendo finalmente en una unión de amistad sólo estropeada por un estúpido final (impuesto obviamente por la productora, Lang habría sido mucho más duro con el personaje de Granger). La ternura es el rasgo más destacable de la película, y algunas secuencias parece que si se abren vía al corazón, aunque son más bien escasas.

Hay también algunos toques adultos que parecen chocar en una película aparentemente de carácter más bien infantil. De hecho, nada más empezar la película nos encontramos con un cadáver de un contrabandista colgado, y justo después, con un baile subido de tono. Dicho baile, lo protagoniza Liliane Montevecchi, bellísima actriz y cantante de raíces francoitalianas, que en la película aparece representada como una gitana con inevitables toques hispanos (un cóctel de lo más curioso). Lo que impacta del baile es la exuberancia y el erotismo con el que Fritz Lang rueda dicha secuencia, que incluso muestra al niño protagonista del filme impactado ante lo que está viendo detrás de una ventana.

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El guión es sin duda el agujero más negro que existe en la película. Nos encontramos con algunos fallos que no tienen ninguna explicación lógica. Para empezar ya la estructura del guión no está bien delimitada. Las secuencias parecen estar deslavazadas entre sí, y nuestros protagonistas se van moviendo de un lado a otro sin que haya una razón lógica para ello. Incluso algunos elementos más ordinarios del guión no tienen una razón lógica de ser, caso de la estatua de Barbarroja, la cual es criticada duramente por el párroco  pero la mantiene en la iglesia.

La película fue rodada en Cinemascope, y se nota que los productores vieron la oportunidad para hacer negocio, utilizando el filme como un escaparate visual. Esto tiene sus puntos positivos, pero también se cierne una sombra negativa sobre el filme, como es la de la intrascendencia del género. La fotografía, que firma Robert Planck, aprovecha los escenarios (todos rodados en interiores) que transcurren durante la noche para dejar su huella artística, que explota los claroscuros, casi bordeando el género de terror. Recordemos si no las secuencias en las que el joven protagonista contempla atónito y aterrorizado la figura de la estatua del ángel caído, cuya silueta se recorta siniestramente en el filme. Ahora bien, en cuanto la película abandona las sombras y se coloca a la luz del día, pierde enteros, porque la monotonía se acaba imponiendo y la sensación general es la de que el filme aprovecha el potente color para filmar simples postales.

Que al propio Fritz Lang no le gustó ni el formato Cinemascope (era la primera vez que trabaja con él) ni la película lo afirman sus propias palabras, cuando afirmó que trabajar con Cinemascope sólo servía para rodar funerales o serpientes[1]

[1] V.V.A.A, Fritz Lang: Interviews, Ed. University Press Mississippi, Mississipi 2003, p.120

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