Descubriendo a los Robinsons (2007)

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Un auténtico despropósito, así es como podría definirse la película que realizó la célebre compañía Disney en el 2007, Meet the Robinsons (Descubriendo a los Robinsons, 2007), una película de animación que pretende seguir la estela de las películas de la Pixar, pero a la que no es capaz ni de asomarse. Efectivamente, el gran problema de la película es que no es capaz de construir por sí misma, sino que constantemente se fija en otros modelos para compararse, y eso la perjudica tremendamente. Por otra parte, una de las grandes ventajas de las mejores películas de Pixar es que fueron y son capaces de aunar todo tipo de públicos, tanto adultos como infantiles. Sin embargo, descubriendo a los Robinsons es una película que renuncia a la profundidad. El tratamiento de los personajes, las situaciones e incluso el sentido del humor están pensados para los más pequeños y por consecuencia, vista desde una óptica madura la película resulta terriblemente insulsa y sin la carga poliédrica a la que otras películas del género si nos tienen acostumbrados. Lo que vemos aquí es lo que hay, sin trampa ni cartón.

El argumento de la película es un sinsentido de enormes proporciones. La película nos presenta a un niño científico, que vive en un orfanato. Sin embargo, debido a su personalidad (un genio en ciencias), parece que ninguna familia quiere cogerlo en adopción. En una feria de ciencias consigue un crucial descubrimiento, pero de repente este mismo hallazgo será robado por un extraño personaje vestido con bombín. A partir de entonces se sucederán viajes en el tiempo, persecuciones y un sinfín de situaciones de lo más estrambóticas. El guión es una mezcla entre la ciencia ficción, el vodevil y aunque parezca mentira parte de la screwball comedy más alocada de los años treinta. Sin embargo la síntesis acaba resultando indigesta. Uno de los errores principales es el de condensar y acumular situaciones continuas, con la pretensión de entretener así al espectador, pero la fórmula fracasa completamente. Primero porque el sentido del humor es inexistente (a no ser que debamos considerar como tal situaciones tan lamentables como el chorrazo de mantequilla de cacahuete disparado en la cara y demás como algo cómico) y segundo porque la creatividad de los personajes secundarios (que en realidad tienen un papel fundamental) es paupérrima. La excentricidad es la brocha gorda con la que el cineasta pretende rellenar los vacíos de personalidad de la que adolecen los personajes. Pero no, por mucho que se confundan hoy en día estos dos términos, y desafortunadamente, más cuando hablamos de cine de animación, la excentricidad no tiene porque ir unidad de manera indisoluble al humor. Y aquí sucede la debacle, cuando la película se dedica a introducir cual metralleta una batería de personajes  a cada cual menos interesantes (con un guiño a Raphael que por mucho que se haya criticado, me parece de lo poco destacable del filme, quizá porque no tiene nada que ver con el proyecto original). ¿Hay en realidad algún miembro de la familia Robinson que contenga un mínimo de carisma?

No podía faltar un mensaje de superación arquetípico, que en el filme está metido con calzador. Continuamente se nos trata de vender de manera explícita que el fracaso no es una opción, que la victoria es de quien la consigue y demás mercadotecnia. El problema no es sólo esta, que ya nos tiene acostumbrados desde tiempos inmemoriales el cine de Hollywood, sino que está introducida de una manera lamentable, con una ingenuidad apabullantemente infantil. La película se dedica a resumir el tema con cuatro frases de cara a la galería que apenas tienen profundidad.

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Y por si fuera poco, la animación de la película es totalmente plana. Hay algún personaje que está bien diseñado si hablamos de bocetos originales, pero como método de animación, Descubriendo a los Robinsons no funciona. Y es que no tiene sentido que una película realizada más una década antes como es Toy Story (Toy Story, 1995) luzca más creíble e interesante que la que nos ocupa. Pongamos por ejemplo las secuencias que tienen lugar en los jardines de la mansión Robinson. ¿Han visto ustedes unos jardines menos llenos de vida? ¿Más artificiales? Parecen construidos con una desidia terrible, como si simplemente rellenando un par de franjas verdes mediante ordenador se pudiera construir vegetación. Pero no, para dotar de vida a una película de animación hace falta algo bastante más que la suficiencia. Ni siquiera los protagonistas principales destacan en algo.

Quizá, lo único que merece la pena de todo el filme es la concepción del malo de la película. Primero por el diseño, muy en la línea del malo de The Great Race (La carrera del siglo, 1965) de Blake Edwards. Y segundo, porque es el único protagonista de la película que resulta realista, es decir, creíble y con una historia detrás más o menos interesante. Una pena que para ver la historia de este personaje antes hayamos tenido que aguantar escenas de otros personajes totalmente innecesarios.

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