Iluminados por el Fuego (2005)

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Hartos estamos ya que el cine bélico se ambiente siempre en los mismos conflictos, mismas guerras, revisitando una y otra vez los mismos lugares comunes. Evidentemente, el escenario que todos relacionamos y tenemos en mente cuando hablamos del género es la segunda guerra mundial, del que como mínimo cada año caen un par de superproducciones norteamericanas. Precisamente por esto, una película como Iluminados por el fuego (Iluminados por el fuego, 2005) resulta de primeras tan sorprendente, por tratar un conflicto que a la mirada europea (excluyendo Gran Bretaña) resulta un tanto ajeno, como fue la desgraciada Guerra de las Malvinas, sucedida en la década de los años ochenta. La película, que se trata de una obra dirigida por un cineasta argentino, Tristán Bauer, con coproducción española (entre la que se incluye Mediapro), no es un panfleto partidista (el punto más positivo de toda la película) sino más bien al contrario. Un retrato muy amargo, que pretende derribar cualquier mito y que incluso a pesar de que el espectador no sea propio de Argentina puede sentir la desesperación que rezuma el filme.

La película está inspirada en la obra literaria de Edgardo Esteban, quien fue combatiente  en dicha guerra. Sus experiencias fueron pasadas a la literatura, y la película adapta más o menos dicha obra. El film arranca con el intento de suicidio de Alberto Vargas. El periodista Esteban se dirige llamado por la mujer de la víctima, quien le pone en situación. A partir de entonces aparecerá la estructura partida de la película, que combina los flashbacks de la guerra (mostrándonos la vivencia del soldado Esteban durante el conflicto) con el presente. La obra combina además durante algunos momentos del metraje obra documental, lo que nos puede permitir hablar de una tercera posición. Una tercera estructura, que se entreteje a lo largo del metraje.

Desafortunadamente, Iluminados por el Fuego es una película fallida. Y lo es porque no tiene claro que quiere contar exactamente. O mejor dicho, no sabe cómo hacerlo. Por eso nos encontramos con una estructura que funciona sólo a medias, y que resulta un auto entorpecimiento para el desarrollo de la película. Quien haya visto el filme entenderá perfectamente que me refiero especialmente a la parte que sucede en la contemporaneidad. Y es que el drama no llega a afectarnos en ningún momento ni la película tiene demasiado meollo. Los protagonistas no tienen trascendencia y están esbozados mínimamente. El cineasta sabe que esta parte es un mero envoltorio para el lucimiento del propio conflicto, pero es totalmente incapaz de darle empaque emocional. Para empezar, porque no sucede nada, sino que simplemente los personajes se dedican a deambular por el filme con frases que ya hemos oído mil y una veces. Y en especial, porque nada resulta creíble, sobre todo si hablamos de la relación entre el periodista y el personaje de la mujer casada.

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Como decía anteriormente, la película dista bastante de ser propaganda. Más bien al contrario, el filme es un puñetazo a los conceptos como la patria y el militarismo. Esto lo deja bien claro el guión, con especial énfasis en la distinción que se sucede entre los soldados y los tenientes. Para ello nos presenta varias secuencias en las que vemos a los protagonistas ser acosados y maltratados tanto psicológica como físicamente por sus superiores. Y además, también se nos muestra la dureza y las pésimas condiciones con las que sobreviven en las Malvinas. La película es en realidad un intento de homenaje (como explícitamente se dice al final del filme) a aquellos muchachos que no sé sabe muy bien porque, fueron enviados a un destino trágico. Es precisamente en los momentos de máxima cotidianeidad, cuando los jóvenes militares hablan sobre sus sueños, familias, novias, amigos, cuando la película resulta más atractiva. No por aportar nada realmente original, puesto que la camaradería entre iguales ha sido explotada por el cine bélico desde sus origines, sino porque es capaz de hacernos compadecer de aquellos hombres, algo que no sucede siempre. El epílogo final del filme se hace aún más eco de la esencia del filme, que pretende echar las culpas del desastre a políticos sin escrúpulos que aprovecharon (y aprovechan) el nacionalismo para tapar los propios fallos del régimen, a costa de vidas humanas.

Lo más interesante de hecho es la poética parte final del filme. Un cierre que tiene un toque lírico propio del mejor cine argentino, mostrándonos la llega del protagonista periodista acercándose a las propias Malvinas y presentando sus respetos en el actual cementerio dedicado a los soldados que fallecieron en el conflicto. Es cierto que la película no tiene los medios de otras grandes superproducciones bélicas (sólo hace faltar ver las escenas propiamente dichas del género), pero el cineasta suple estas carencias con una vía dramática que si bien sólo cumple en algunos momentos, nos enseña que hay cine e historias más allá de nuestra acotada visión occidental.

 

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