Roger y yo (1988)

descarga (7).jpg

 

Hoy en día prácticamente todo el mundo occidental ha oído hablar de Michael Moore, pero lo cierto es que cuando se enfundó su chándal y se empeñó en hacer un documental entrevistando al mandamás de la General Motors, Roger Smith , allá por el final de la década de los años ochenta, sobre un tema que le atañía personalmente, como fue el despedido masivo de tres mil trabajadores en la pequeña ciudad de Flint donde él vivió, aún no sabía que estaba haciendo historia dentro del cine documental. El cineasta llegaría a crear un subgénero dentro del cine documental que hoy en día ha sido y es copiado por numerosos documentalistas, programas de televisión y cualquiera que pretenda con un pequeño equipo cinematográfico mostrar una visión crítica sobre un tema. En nuestras propias fronteras podemos hablar del célebre periodista Jordi Évole, de quien uno deja de acordarse a medida que avanza el metraje del filme y Michael Moore inicia su tanda de preguntas que a priori, por su tono y modo parecen inofensivas, pero que en el fondo guardan un tono jactancioso.

Roger and me (Roger y yo, 1988) se trata de una pequeña joya. Es cierto que la figura de Moore se ha ido ensombreciendo con el paso del tiempo y el estreno de sus últimas obras. En parte, por las críticas de ciertos sectores conservadores de los Estados Unidos, que ven en el cineasta una figura peligrosa a la que hay que como mínimo, ignorar. En parte también, porque el propio estilo de Moore ha ido evolucionando hacía una cierta demagogia. Pero su primera obra, es capaz de aunar a cualquier detractor, precisamente porque la fórmula Moore se demuestra en este filme como una forma fresca de hacer cine. En Roger y Yo las tendencias políticas del espectador dan totalmente igual. El documental es perfectamente compatible con cualquier opción política, en parte por el tono didáctico del cineasta, y también porque Moore se hace el ingenuo en numerosos momentos.

Como ya comentábamos, el documental se centra en la deslocalización de la fábrica de la General Motors en la ciudad de Flint. Algo que forma parte de la propia vida del cineasta, quien vivió en la ciudad y tenía numerosos familiares directos trabajando en la propia fábrica. A lo largo del documental seremos testigos de dos caminos vitales que recorre Moore. Por una parte Moore pretende contactar con Roger Smith, y lo persigue en varias partes del país (siempre recogiendo negativas por parte de su equipo) mientras que el segundo camino nos muestra al director documentando muchos aspectos de la decadencia de Flint después del despido masivo. Ahí se comprimen diversas secuencias: desahucios, muchas entrevistas a habitantes de la ciudad (desde afectados a privilegiados), información documental…

Una de las señas que harían más identificativas a Moore en un futuro, como es el sentido del humor, ya aparece de manera más que significativa en esta cinta. El cineasta sabe que está tratando un tema realmente espinoso y duro. No en vano, a lo largo de la película somos testigos de secuencias tremendamente duras, como desahucios e incluso algún que otro crimen. Sin embargo, el cineasta lejos de mostrar los hechos con una denuncia habitual, pretende darle una patina de humor cínico a la película. De tal manera, que el resultado es aún más demoledor. Sí, el espectador puede sonreír ante los asombrosos desahucios de los que es testigo (entre el ayudante del Sheriff, personaje cómico por su propia apariencia y las estrambótica situaciones que presenciamos, como mínimo se producen varios momentos humorísticos). E incluso sentir auténtico vértigo con otras secuencias que directamente parecen increíbles, caso de las estatuas humanas que son contratadas por los ricachones de Flint para que adornen sus fiestas. Pero una vez pasa la risa nerviosa, la falsa carcajada, al espectador sólo le queda un sentido de rabia enorme. Esa actitud, es precisamente la que seguramente sintió Moore con todo el proceso de la deslocalización de la fábrica, y es exactamente el sentimiento que consigue trasladar el cineasta al espectador. Una máscara cínica que nos ayuda a protegernos de la dolorosa realidad: La imposibilidad total ante los Roger Smiths del mundo. A nuestro cineasta sólo le queda la burla y su cámara para luchar contra los ricachones de Flint. Quizá no sirve para nada, pero como mínimo tiene un sentido personal para el propio Moore. El arte se vuelve entonces como una catarsis aparentemente inane, que tiene puestas sus esperanzas en el receptor.

Así pues, nos queda una obra tremendamente crítica, que de igual manera se disfruta y engancha al espectador por su potente ritmo. Y eso que los medios de producción con los que contó el cineasta fueron mínimos. Durante toda la película pueden comprobarse las armas con las que contó: una cámara, un micrófono, y unas cuantas personas que acompañaron al cineasta. El resto, la increíble historia de Flint se escribió totalmente sola.

 

 

This entry was posted in Análisis Fílmico, Cine, Uncategorized and tagged , , . Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s