Hardcore Henry (2015)

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Que finalmente íbamos a tener una ¿película? como Hardcore Henry (Hardcore Henry, 2015) estaba más que cantado. Era la deducción obvia, analizando el camino que está siguiendo la industria de los videojuegos y del cine, de lo que iba a pasar. Seguramente, en un futuro se analizará la obra como un antecedente claro de lo que será la inmersión virtual. Ahora bien, esto no significa ni de lejos que nos encontremos con una correcta producción. Más bien al contrario,  como filme fracasa estrepitosamente y como proyecto innovador no tiene ningún aliciente demasiado especial. En realidad se trata de una astracanada tan extravagante como el origen de su coproducción, ruso-americana.

Todo el filme está rodado en primera persona. Esto tampoco es una novedad demasiado sorprendente, teniendo en cuenta que estamos ya más que acostumbrados a las películas que utilizan el recurso del found footage como excusa para presentarnos el punto de vista de la primera persona. El género de terror se ha lucrado de este modelo en exceso en los últimos años, como cualquier aficionado al cine sabrá (en parte por el coste tan barato que permite este modelo). ¿Dónde están las diferencias pues, entre Hardcore Henry y cualquier película que emplee el Found Footage? La película que dirige Ilya Naishuller está conscientemente realizada como si se tratara de un videojuego. Es decir, el “cineasta” abandona cualquier posibilidad narrativa, y juega la baza de la emoción, el vértigo e incluso la participación del espectador. Rompe con la delgada línea que las películas de terror del género iban imprimiendo para ir un paso más allá. Se nos hace más partícipe presentándonos un personaje que inevitablemente hace referencia al espectador. El mundo de los videojuegos está patente tanto en la idea principal como en homenajes constantes. De hecho, el inicio del filme parece un guiño más que evidente a la mítica saga de Half-Life.

Porque hablar del argumento en Hardcore Henry se antoja como mínimo complicado. En realidad se trata de un shooter con tintes de ciencia ficción. Hasta el sentido del humor está emparentado con los videojuegos. Nuestro (nosotros) protagonista es una especie de hombre medio máquina, que ha sido reconstruido para convertirse en un super soldado. Sin embargo, no tiene (tenemos) ningún recuerdo del pasado. Por ello, seremos perseguidos incansablemente por centenares de paramilitares rusos. La acción tiene lugar en Moscú, y la película emplea gran parte del metraje a mostrarnos el paisaje urbano de la ciudad, como una postal virtual contemporánea. Algo que por otra parte es de lo mejor que tiene la película, puesto que al menos no resulta tan vomitivo como las ensaladas constantes de tiros.

Como digo, Hardcore Henry anuncia gran cantidad de filmes que ya empiezan a desarrollarse con la tecnología Oculus rift y similares. Ahora bien, en este caso nos encontramos ante un proyecto fallido, que cualquier amante al cine no puede más que aborrecer. Primero, porque el filme se desentiende de cualquier uso inteligente, para optar por el camino fácil, la acción pura y dura. Y segundo, porque el filme no acaba de materializar sus intenciones. Es decir, se presiente que el cineasta ha querido ir un paso más allá del cine de terror, pero el esfuerzo ha resultado inútil, puesto que no nos encontramos ni ante una película, ni ante un videojuego. Sino un híbrido inhabilitado para hacer sentir al espectador.

De todas maneras, incluso en la realización el filme flojea en sus propósitos. La película acaba repitiendo los esquemas de una manera redundante y pasada la primera media hora inicial, la película se vuelve completamente monótona y tediosa, sólo salvada por el interés momentáneo (y más por curiosidad que por calidad). Por si fuera poco, la acción, que es el eje básico en el que se sustenta la película, tampoco está lo suficientemente bien rodada, y como en muchas otras películas del género, acaba volviéndose mareante.

Como bien decía un profesor de la universidad, el cine parece dirigirse hacia el estado primitivo en el que se formó, con Mélies a la cabeza. El cine de antes, que prescindía de una narrativa elaborada y compleja, y al que solamente le interesaba la imagen, así como el impacto emocional del espectador. Hardcore Henry no inventa nada, sino que es un paso más en este camino que el siglo XXI está recorriendo. Un paso más como lo fue la masificación del 3D en las salas de cine, el uso extensísimo del found footage en el cine de terror o la simplificación del argumento en todos los géneros, en pos de la música y la imagen.

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