Negociador (2015)

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Hace cinco años, el estreno de una película como Negociador (Negociador, 2015) hubiera resultado más que polémica. Sin embargo, lo cierto es que la película ha pasado totalmente desapercibida. ¿Significa esto que hemos progresado como sociedad, capaz de cicatrizar nuestros propios traumas? Sin ninguna duda, en parte sí. El fantasma del terrorismo vasco parece formar parte ya del pasado. Y eso en parte explica la acogida tibia que ha recibido la película de Borja Cobeaga. Pero también hemos de añadir que el filme que dirige el mismo director,  a priori cosa sorprendente, de Pagafantas (Pagafantas, 2009) ha pasado totalmente inadvertida por cartelera, porque ha gozado de una repercusión mínima en los medios, al no contar con un aparato propagandístico detrás. Así que siempre nos quedará la incógnita de saber las ampollas que habría levantado la película en otro contexto. En todo caso, Cobeaga toca un tema complejo de una manera singular, algo que como mínimo merece un visionado.

El caso es que Cobeaga viene demostrando lo que ya se presentía en sus primeras obras. No se trata de un simple comediante que ha venido para hacer reír a la gente. Todas sus películas tienen un trasfondo mucho más complejo. Sucedía en la denostada Pagafantas y sucedió también en No Controles (No Controles, 2010). Cobeaga es más que un simple Appatow que cae en el humor socarrón y se imbuye de la tontería postadolescente. Quizá por eso, No Controles tuvo una acogida tan nefasta que le retiró como director prácticamente de la gran pantalla durante más de cuatro años. Pero con Negociador, el cineasta ha dado un paso necesario en su carrera, acercándose a la política, eso sí, desde una óptica totalmente personal, que no esconde unas cargas de humor (totalmente negro y ácido, poco comparable con el resto del panorama nacional) malintencionado.

La película está basada en hechos reales, aunque el guión se hace suya la historia que hay detrás. Nuestro protagonista, interpretado por Ramón Barea, es ni más ni menos que una máscara del político José Eguiguren, quien fue el responsable del acercamiento con la banda terrorista ETA, durante el período del 2005 al 2006 (durante el célebre acercamiento político en época del presidente Zapatero). Durante la corta duración del metraje (menos de una hora y media de película) seremos testigos de las infructuosas relaciones que se mantuvieron entre los representantes del bando español y los de la banda armada.

La película empieza con un fuerte puñetazo al estómago, retratando una secuencia que aunque define bien el ambiente vasco que algunas personas tuvieron que sufrir, puede perfectamente extrapolarse a cualquier situación política parecida (ya sea desde una óptica u otra). Precisamente, una de las señas de identidad del filme es la de despojar de simbolismos y señales el filme, tratándolo de hacer universal (para más inri, tenemos la secuencia en que se confunde a nuestro protagonista con un terrorista). Como esta secuencia habrá alguna que otra a lo largo de la película, aunque lo cierto es que Negociador conquista más por su atmósfera lenta y cocinada cuidadosamente. Cobeaga se dispara en el pie una vez más si pensamos en términos puramente crematísticos. Ahora bien, para su trayectoria se trata de un filme que apuesta en la buena dirección.

Cierto es. Negociador no es redonda. La preocupación del cineasta por no levantar polvareda innecesaria ha acabado dotando al filme de una suavidad excesiva. El filme acaba languideciendo en una segunda parte que en realidad resulta innecesaria. Además el discurso se queda embrollado por ciertos detalles que no quedan demasiado claros, y que intentan añadir una pátina de pretenciosidad que no pega nada bien con el tono general de la película. Me refiero especialmente a la relación que pretende mostrarnos el guión entre el personaje de Areces y el de Barea. Como si a pesar de tener más semejanzas en común en realidad fueran mucho más distantes a la hora de negociar, algo que no se sostiene demasiado y que en realidad obedece más a la resolución del filme (como decimos, basada en hechos históricos) que no a lo que se desarrolla entre ambos. Queda por ejemplo la secuencia de la prostituta con Areces, cuyo significado no queda demasiado claro.

Las interpretaciones de los actores principales son magistrales, especialmente la del protagonista interpretado por Ramón Barea, así como la aparición estelar del personaje de Carlos Areces. Y eso, en un filme que se puede clasificar a todas luces como una pieza minimalista se agradece. En efecto, el minimalismo, que también es la seña principal del cineasta (más por voluntad que por exigencias de producción, aunque en ocasiones ambas se entremezclan) es un elemento indispensable. Pocos personajes, pocos artificios, para una película que pretende hacerse un hueco en la filmografía española por tratar lo que acostumbramos a denominar un tema tabú.

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