Snowden (2016)

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Que Oliver Stone es uno de los patriotas que más ha hecho por su país a través de su cine es innegable. El cineasta ha sido capaz de plasmar a lo largo de su filmografía los eventos históricos más importantes de la historia norteamericana (desde el asesinato de JFK a la guerra del Vietnam pasando por la operación Cóndor patrocinada por Kissinger)  y descifrar la cara oculta de ellos El problema es que muchas ocasiones el concepto de patriotismo queda absorbido por ciertos sectores que al agitar las banderas (independientemente de que color sean) tratan de ocultar la realidad. Eso es lo que en numerosas ocasiones le ha pasado a Stone, quien ha sido tachado por sus propios compatriotas de “traidor”, simplemente por versionar la versión oficial de la historia que ha construido su país. Algo que como decía hemos podido comprobar a lo largo de su filmografía, y algo que ha vuelto a demostrar en su última película Snowden (Snowden, 2016),  una versión dramatizada del personaje real, Eric Snowden y su confrontación con la CIA y el gobierno norteamericano.

Snowden ha pasado a la historia por desvelar algo realmente terrorífico. Un programa auspiciado por el propio sistema de inteligencia norteamericano, que tenía (y seguramente tiene, puesto que como advierte el filme, una vez ha empezado a girar la rueda ya es muy difícil volver a pararla) la intención de espiar utilizando cualquier herramienta posible (activación de cámaras móviles, mensajes privados de redes sociales…) a ciudadanos de a pie, sin ningún vínculo con el terrorismo. Este hecho, que debió en su momento provocar una marejada política de primer orden, por vulnerar los derechos más básicos de los ciudadanos norteamericanos (en la propia carta magna se hallan) no acabó provocando más que una indignación que con el tiempo ha sido domada. Y precisamente el patriotismo de Stone lo encontramos en la denuncia que realiza la película mediante la figura de Snowden y que ya pudimos ver desarrollada en otros formatos, especialmente la serie de televisión, donde en contraposición con la deriva bélica y autoritaria que definitivamente ha tomado su país, Stone evoca el sueño de los padres fundadores, aquellos hombres influenciados por la ilustración y que crearon un país basado en las libertades. Las menciones son más que numerosas y transcurren de manera paralela al filme.

Desde luego, las intenciones son loables. Sin embargo, algunos críticos han aprovechado para afirmar el cliché de que a pesar de ello, la película es tibia y aburrida. Se podrá calificar a la película de muchas cosas, pero desde luego el término aburrido sobra totalmente cuando nos referimos a la película. Por lo menos se vuelve un concepto arrojadizo y tan subjetivo que carece de cualquier valor. Porque precisamente la película, a pesar de que se ajusta más o menos verídicamente a una biografía (aunque evidentemente hay dramatizaciones y varias licencias) mantiene un ritmo más que interesante. Aunque sí es verdad que para ello el director debe comprometer la propia narrativa de la película. La película es bastante caótica precisamente porque Stone al pretende dar dinamismo al montaje acaba confundiendo al espectador y a la propia historia. Así, la historia se inicia con un flashback y las idas y venidas con los diferentes momentos temporales serán continuas, sin que haya una justificación relevante. No es ni mucho menos que el hilo sea difícil de seguir, sino que Stone no ha conseguido el modelo perfecto para la película y las costuras se pueden ver.

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¿Conduce la película hacía una única postura? Otro de los clichés más extendidos cuando se crítica a Stone es el de la unidireccionalidad de sus películas, que pretenden enseñar al espectador una única realidad. A pesar de que en algunos momentos la película planea sobre esa frágil frontera (los buenos y malos de la película quedan quizá demasiado caricaturizados, caso del personaje que interpreta Nicolas Cage o el primer ayudante de la CIA que convierte a Snowden en un agente) el propio personaje protagonista da a entender que su única intención era revelar al mundo precisamente los métodos gubernamentales ocultos, y a partir de ahí que sea la propia población quien decida (o como bien sintetiza el personaje que adiestra a Snowden, los americanos no quieren libertad, quieren seguridad pero no han sido capaces de elegir entre ambas opciones). Y por cierto, lo que si resulta de agradecer es la propia desmitificación del presidente Obama que muestra la película, a quien se señala como uno de los responsables si bien no directos, si cómplices de la red tejida.

En aspectos técnicos la película cumple notablemente, aunque quizá se esperara un poco menos de academicismo por parte de Stone, quien ha intentado realizar una película apta para todos los públicos. Por otra parte, la interpretación de Josep Gordon-Levitt es sumamente creíble. El actor consigue ponerse en el papel del ex trabajador de la CIA y ser capaz de aguantar el reto  que supone sustentar un filme prácticamente en un sólo personaje.

 

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