Perro blanco (1981)

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La última película norteamericana de Samuel Fuller, White dog (Perro blanco, 1982) es un golpe bastante impactante a una sociedad norteamericana imbuida de racismo. No es de extrañar que la película tuviera numerosos problemas para su estreno. De hecho, la película fue tildada de racista (ironía en su máximo esplendor) y fue estrenada internacionalmente en Francia. No fue hasta la década de los años 2000’s en que la película consiguió una distribución en formato DVD. Visto hoy en día no sorprende el revuelo causado, puesto que nos encontramos ante una película que rompe con cualquier tibieza posible, y que encara un tema que a día de hoy aún no está resuelto, mucho menos treinta años atrás. Por este motivo, nos encontramos ante un título bastante desconocido, también en España, puesto que la distribución internacional del filme ha sido pésima. Y eso, que hay un director reconocido detrás…

La película está basada en la obra literaria del francés Romain Gary, con el mismo título del filme. Durante una travesía en coche, una mujer que trabaja como actriz de cine (interpretada por Kristy McNichol) atropella a un precioso perro, puramente blanco. Como parece que nadie se hace cargo de dicho animal y viendo el terrible futuro que le espera, la actriz decide adoptarlo. Sin embargo, pronto se dará cuenta de que el animal ha sido domesticado para atacar a la gente de raza negra.

La inteligencia del filme la encontramos en el toque de Fuller. En otro director, probablemente la película se habría convertido en una especie de Cujo (Cujo, 1983; rodada precisamente sólo un año más tarde que Perro Blanco, ¿Casualidad?) es decir, en una mera excusa para presentarnos secuencias de acción y terror consistentes en tener a nuestro perro blanco devorando todo a su paso. Sin embargo, Fuller le otorga otro valor a la cinta. Las metáforas del filme convierten la obra en un duro alegato contra el racismo. El Perro blanco no deja de ser una alusión a una sociedad que ha crecido con el odio en su interior, y que es incapaz de borrar dicho odio, porque lo lleva incrustado prácticamente en su genética. Inteligentemente, hacia la mitad de la película el guion del filme traspasará el protagonismo humano (porque Perro Blanco no es una película de personajes, sino más bien una disección de arte y ensayo que sin embargo tiene muy claro que el entretenimiento es un pilar fundamental) de la actriz que interpreta McNichol al personaje afroamericano que interpreta Paul Windfield, que es un educador de animales y que pretende reeducar al animal para que deje de atacar a los negros.

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La película adopta pues un rumbo diferente en la segunda parte, de la que se sirve el cineasta para diseccionar unos miedos que son en realidad los mismos que azotaban a la sociedad americana de los años ochenta. ¿Es posible detener el odio? ¿Es posible reinvertir un proceso histórico como el que ha llevado a la sociedad americana a mantener unas relaciones de odio con una parte de sus propios habitantes? Las secuencias de la reeducación están magistralmente rodadas y son sin duda alguna los puntos más álgidos del filme (tanto el actor como el animal parecen conectar de una manera mágica). La lucha entre la bestia y el hombre (entre la civilización y la barbarie) parece que tienen un final feliz, que sin embargo se trata de una ilusión (y aquí Fuller rompe con la obra literaria original). A pesar de que nuestro animal ha podido curarse en su manía contra la raza negra, el odio es superior y ataca indistintamente a otra persona. Fuller es conciso y pesimista hasta la extenuación, una vez se ha iniciado el proceso de la educación hacía odiar al semejante, esta no se puede detener. ¿Significa entonces, qué sólo podemos cortar de raíz?

La escena clave, o por lo menos el clímax más potente de la película es el definitivo encuentro de la protagonista con el auténtico propietario del perro. Durante toda la película, desde que somos conocedores de que el perro ha sido adiestrado como una arma de ataque contra los negros, se cierne una sombra oscura que inteligentemente Fuller y el guion del filme tratan de ocultar. Sin embargo, siempre se respira en el ambiente de la película el posible propietario. ¿Quién sería capaz de un acto tan criminal como pervertir la belleza de un animal tan noble? No somos capaces de olvidarnos,  puesto que además aparece numerosamente citado (como es obvio) por los personajes del filme. Así que cuando aparece, realmente el efecto es devastador, tanto para la protagonista como para el espectador. La concepción de que el auténtico criminal es un aparente anciano que además está acompañado de sus dos nietas resulta demoledora. Hasta la imagen aparentemente más enternecedora puede resultar ser un criminal. Las apariencias son sólo eso, apariencias. La belleza de las dos nietas es comparable a la del perro blanco, que sin embargo guardaba tanta violencia en su interior.

Como nota obligatoria, la banda sonora la firma Ennio Morricone, y ello se nota. Nada más empezar el filme somos testigos de dicho hecho, cuando una potente melodía nos introduce en la película. Entonces, y sin saber quién había realizado la música, uno ya se da cuenta que se encuentra ante una potente y magnética composición. El leimotiv de la película se irá repitiendo y conseguirá crear una atmósfera perfecta, que navega entre el terror y el drama (sin tomar partido por ninguno de los dos géneros).

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