Altered states (1980)

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Altered States (Un viaje alucinante al fondo de la mente, 1980; una de las traducciones más absurdas que se han dado en la historia de la historia del cine español) se trata de una extraña película dirigida por el siempre controvertido Ken Russell. No se puede clasificar el filme de ninguna de las maneras, porque la película transcurre por todos los géneros posibles (drama, aventuras, ciencia ficción, terror, comedia) de manera bastante aleatoria. De hecho, la propia idiosincrasia del filme es inexplicable, puesto que a pesar de que nos encontramos ante una película con claros tintes experimentales, la obra no renuncia a su comercialidad. Lo vemos en la propia narración del filme, que no deja de ser bastante ajustada a los cánones clásicos (introducción, nudo y desenlace).

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La película nos presenta a un personaje central sobre el girará prácticamente toda la historia del filme. Se trata de un afanado médico (interpretado magníficamente por William Hurt) que no está del todo satisfecho con su trabajo. A pesar de que tiene una posición estable y una mujer que le quiere (interpretada por Blair Brown), nuestro protagonista está totalmente obsesionado con un fin, encontrar la verdad última detrás de la vida. Para ello, nuestro personaje no duda en utilizar todos los medios posibles, incluido el coqueteo con las drogas y métodos “poco científicos”. En este sentido nuestro personaje puede evocarnos a otros célebres como el que plasmó en su obra literaria Honoré de Balzac, La busca de lo absoluto, donde el protagonista buscaba ni más ni menos la piedra filosofal, aunque para ello acabara perdiendo a todo lo que más preciaba.

Después de este arranque, y como decíamos, la película pasará por diversos géneros. Por ejemplo la aventura, cuando nuestro protagonista se dirige a México para probar una nueva sustancia alucinógena (siempre con fines “científicos”). Luego viene la ciencia ficción, cuando nuestro protagonista se transmuta en un experimento en un simio, en su intento por ir más allá del primer estado humano. Finalmente, en la última parte de la película se vira incluso hacía el terror, pero también con tintes de drama, pues siempre de fondo la película no deja de presentarnos una historia romántica entre un hombre obsesionado por su “destino” y una mujer obsesionada por un hombre que no le presta ninguna atención. Todo acabará confluyendo en un final ciertamente metafórico.

La conclusión final es obvia, y desde luego Ken Russell no es tan críptico como lo podría ser Stanley Kubrick. Si la vida no tiene ningún sentido último, si sólo existe la nada después de todo, quizá, el único remedio para el nihilismo más absoluto lo encontramos en el amor. Porque nuestro protagonista, después de haber sido capaz de trascender su propio cuerpo y convertirse en la materia primigenia antes del primer hombre (es decir, avanza en el experimento más allá del simio primitivo) y enterarse de que la verdad absoluta es una mentira, entiende que el amor es el único elemento redentor que es capaz de darle algo de sentido a nuestra ilógica existencia. Una conclusión que a pesar de que a priori puede parecer desilusionadora, esconde en realidad un más que interesante canto a la vida. A su manera, un viaje alucinante al fondo de la mente es una de las películas más románticas de la historia, aunque sea sui generis.

Se la ha comparado también con 2001: A space Odyssey (2001: Una odisea en el espacio, 1968) aunque la comparación no es del todo acertada. La película de Kubrick sólo utiliza la experimentación lisérgica en momentos concretos y con una intención bastante clara (narrativa), mientras que en la película las secuencias tienen una intención poética. Por otra parte, aunque ambas películas intentan aclarar conceptos filosóficos similares, difieren claramente en sus resultados. Como ya hemos dicho, la película de Russell acepta el legado nihilista de la propia vida y lo resuelve como el amor como una solución, mientras que la película de Kubrick opta por un nuevo renacer del hombre para superar la pesada carga de la muerte. En definitiva, la película de Russell es una obra atemporal, que se entronca con la propia raza humana y su idiosincrasia más profunda. En la obra[1] del célebre escritor Kenneth Muir se señala el paralelismo entre el personaje y la figura mitológica de Ícaro, porque como aquel, nuestro personaje pierde el sentido de su propia vida por culpa de una obsesión (además, ambos caen presa de sus propios inventos) así que ya desde la Antigua Grecia podemos evocar los antecedentes con los que se relaciona el filme.

Desafortunadamente, la imaginación de Russell parece agotada hacía el tramo final del filme, donde a pesar de que debemos encontrarnos con el clímax, el cineasta no es capaz de traducir en imágenes los conceptos que pretende transmitir (por ejemplo, el vacío existencial es un monstruo que causa más comicidad que miedo). Y es una auténtica lástima que está última parte del filme se convierta en unos fuegos de artificio que sean demasiado estridentes, porque sin duda rompen con lo anteriormente visto. La espectacularidad que proporciona Russell es más digna de una película comercial prototípica que de la sensibilidad antes mostrada. Por eso, en cuestión de “alucinaciones” las imágenes más impactantes se encuentran precisamente a mitad del metraje, cuando Russell elabora una poética perturbadora (en los inicios, nuestro personaje revive sus traumas relacionados con la crisis religiosa que sufrió de pequeño).

[1] MUIR, John Kenneth, Horror films of the 1980’s, Ed. McFarland & Company,  North Carolina 2007, p.63

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