Yo tenía 19 años (1968)

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Ich War Neunzehn (Yo tenía 19 años, 1968) se trata de una película bélica ambientada en la segunda guerra mundial, y dirigida por el cineasta alemán Konrad Wolf, quien trabajó durante gran parte de su carrera en la Alemania democrática (esta película está de hecho producida allí). La obra esconde en realidad una nada disimulada autobiografía del propio Wolf, puesto que la memoria del cineasta y la del propio personaje protagonista se acostumbran a fundir en una sola.

Y es que Wolf, al igual que el personaje protagonista, huyó de la Alemania Nazi hacia tierras soviéticas. Allí, además de figurar en algún papel pequeño como protagonista secundario en alguna película, el director estudiaría después de la segunda guerra mundial en el instituto cinematográfico de Gerasimov) pero antes, combatió con 17 años, en el lado soviético durante tan terrible conflicto. Como nuestro personaje central, el protagonista se ve envuelto en una guerra en la que regresa a su patria natal, pero contemplando los horrores que ha producido la barbarie humana. De hecho, la película también cuenta la figura real de Vladimir Gall, amigo de Wolf, quien realizó unas negociaciones (que aparecen descritas en la película) que salvaron cientos de vidas.

Como es lógico, el argumento se centra en las aventuras del protagonista, y el hilo narrativo no es realmente sólido, sino que va cambiando a medida que lo hacen las escenas y los recuerdos de nuestro protagonista. Quizá podemos citar el avance de las tropas soviéticas como el hilo conductor del filme, que se detiene en algunos momentos para hacer hincapié en hechos relevantes en los que el cineasta pretende hacer mención a algo.  De hecho, la película tiene una estructura narrativa que recuerda precisamente a las memorias de una persona relatando una historia (como si esta a veces rectificara, no siendo tan precisa como una fuente escrita). Y no lo digo sólo por recursos como los subtítulos que aparecen a lo largo de la película y que nos describen lo que históricamente está pasando mientras nuestros protagonistas siguen su parte de la guerra, sino por la propia esencia del filme, que parece diluirse entre los fantasmas de la guerra.

Para este recurso el cineasta se sirve principalmente de la confusión narrativa, así como de algunas secuencias que en el fondo están soterradas de un humor negrísimo y que le dan un toque casi surrealista a la película y también con una mixtura entre preocupación y cotidianeidad de la que el espectador, como los protagonistas del filme, es incapaz de discernir (numerosas secuencias en las que de repente todo se derrumba), y el horror de la guerra vuelve a hacernos caer en la situación en la que se desenvuelve la acción.

La película tiene su mayor baza en el potente alegato pacifista que presenta y es capaz de desarrollar a lo largo de su trama. Muchas de las secuencias, que parecen intrascendentes, esconden en realidad una clara intención metafórica. La guerra es un sinsentido absoluto, que, aunque parece transcurrir en la cotidianeidad, alberga un horrible interior. Para ello el guion se sirve de diversas “muertes” que le dan al filme un sentido trágico, y que están bien relatas y administradas. Nuestro protagonista las evoca y nos hace partícipes de su propia tragedia.

También hay que señalar que la película muestra algunas reticencias entre la propia URSS y la Alemania Democrática. Antes habría sido difícil encontrar una película que reflejará un atisbo de duda sobre la liberación de Berlín, y aunque desde luego, Wolf es totalmente crítico con los nazis, también hay alguna secuencia que nos presenta los claroscuros de la barbarie. Es por ejemplo el tema de la violación, que, si bien no aparece de una manera totalmente definida, si tiene un papel destacable en el filme. Tampoco los alemanes aparecen descritos como auténticos seres sedientos de sangre, e incluso con los oficiales nazis el director muestra una mirada más llena de compasión que de venganza.

La fotografía en blanco y negro aporta una plasticidad más que interesante al filme. Algunas secuencias presentan un interesante uso de ellas, como la entrada de los soviéticos en la fortaleza alemana, donde se nos presenta los claroscuros, en cierta medida simbólicos que se relacionan con la propia decadencia nazi en los últimos compases de la guerra (además es en este momento cuando uno de los oficiales condecora a un chiquillo por su actuación en el campo de batalla, una salvajada que el filme describe como algo natural).

Quizá, la propuesta no ha sido capaz de llegarme personalmente, porque la propia esencia del filme la hace huidiza. La puesta en escena tampoco es uno de los puntos fuertes del filme. La película no tiene ninguna secuencia que sea realmente impactante, aunque puede que esto se deba al propio planteamiento del cineasta, que pretende construir una película más personalista que épica.Por eso el filme puede sorprender a los que estén habituados a las películas bélicas tradicionales. Incluso podríamos decir que el filme se aleja de filmes europeos, como podría ser la también alemana Die Brucke (El Puente, 1959). La guerra es un marco que sirve para la memoria, más que un escenario donde existen los héroes.

 

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