El cartero siempre llama dos veces (1946)

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The Postman Always Rings Twice (El cartero siempre llama dos veces, 1946) se trata de una de las películas más icónicas del conocido cine negro hollywoodiense de los años cuarenta.  Icónicas sí, pero esto no significa que de las mejores. La obra fue dirigida por Tay Garnett, un cineasta tan prolífico como menor, que en su haber tiene esta película como la más destacable y de largo. Y no creo que sea precisamente por casualidad. De El Cartero siempre llama dos veces se han dicho cosas maravillosas, así que un buen ejercicio de reflexión sería analizar el filme desde otra óptica.

El guion es puro cine negro, con sus vicios y sus virtudes. Nuestro protagonista, interpretado por John Garfield, es un trotamundos que no tiene un lugar fijo en la vida, hasta que un buen día encuentra una oferta de trabajo que le parece interesante (aunque no precisamente por el sueldo). Le contrata el dueño de una gasolinera-restaurante (interpretado por Cecil Kellaway, quien por cierto está por encima de Garfield en cuestiones interpretativas) aunque nuestro protagonista, por lo que se queda realmente en el trabajo es por la presencia de la mujer del dueño, interpretada por Lana Turner, de quien queda prendado desde el primer momento en que la ve. Pronto surgirá el amor. Aunque… ¿Realmente es amor lo que sienten ambos personajes? Si creemos que así es, lo cierto es que el mensaje de la película resulta aún más estúpidamente moralista, porque el castigo a la infidelidad tiene un papel fundamental, a pesar de que del personaje que interpreta Turner difícilmente podríamos decir que alguna vez estuvo enamorada de su marido. La femme fatale, el idilio prohibido, la voz en off, el crimen, la avaricia desmesurada (con su Hybrys correspondiente) …todos los ingredientes del cine negro están presentes en el plato, así que no merece la pena ir comentándolos de manera individual.

Y es que una de las cosas que más falla en El cartero siempre llama dos veces es su puesta en escena. Podemos aguantar por ejemplo el recurso de la Voz en off, relatada por el personaje masculino de la película (interpretado por John Gardfield) que nos presenta la historia desde prácticamente el final (pero sin desvelar nada del argumento) pero más hiriente resulta la incapacidad del cineasta para crear un clímax o alguna secuencia realmente atractiva. Pongamos por ejemplo uno de los que debería ser el momento culminante, como es el primer intento de asesinato. El ridículo de la escena produce prácticamente comicidad más que otra cosa, entre la cara de Garfield y el gato colándose por la escalera, la película no es capaz de crear la tensión necesaria. Y como esta secuencia, nos encontramos diversas a lo largo del metraje.

El guion tiene también algunas fallas bastante notables, y es que la película no sabe exactamente como cerrarse. Las secuencias del juicio parecen indicar un cambio de tercio interesante, pero pronto son substituidas para añadir otras escenas igualmente desconcertantes (el chantaje, que es resuelto de manera bastante burda). La mixtura de géneros no está del todo elaborada.

Nótese como la censura y el código moral eran un elemento indispensable en la época. Desde el momento en que los protagonistas deciden comentar tan salvaje crimen, uno ya sabe que el destino que les aguarda no puede ser otro que el más funesto. Y es que los censores del momento no podían permitir que una película mostrara como una acción negativa tenía su recompensa. En otras películas del género negro, como White Heat (Al rojo vivo, 1949), la resolución a este problema era literalmente “morir con las botas puestas” (donde en cierta manera se luchaba precisamente contra el código moral impuesto), mientras que en el filme de Tay Garnett la decisión por la que se opta es totalmente la contraria. Aquí es donde el filme pretende terminar de ligar (de manera un tanto infructuosa) las dos vertientes que se han ido desarrollando, como es el drama romántico y el cine negro. El final del filme no deja de ser un ajuste de cuentas con la justicia (ambos criminales pagan con su vida el crimen que cometieron y por el que no fueron castigados durante el juicio) donde se le intenta dar una pátina idealista al guion (para más inri, con la absolución del cura). Al final, todos pagamos por nuestros crímenes, una moralina demasiado vistosa que va en consonancia con una película de la que difícilmente oiríamos hoy en día si no fuera por la mítica interpretación de Lana Turner.

Sí, Lana Turner, de la que se puede decir que la película es enteramente suya. Desde el primer momento en que la vemos (como la ve, también Garfield), sabemos que ella es la mujer. A lo largo del metraje su carácter aparece bien desarrollado, con lo que somos capaces de apreciar la insatisfacción del personaje (que si bien puede sentir un cariño por su marido, desde luego no siente pasión) así como las ansías de prosperar económicamente, incluso aunque estás choquen principalmente con cualquier moral básica. Incluso, la actriz es capaz de darle un giro al rol de la femme fatale, llegando a dotarlo de una simpatía, humanizando a un personaje que hasta entonces resultaba odioso. Sí hay cierta moralina en la película queda en parte contrarrestada con la valiente y potente femineidad que muestra el personaje de Turner.

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