Trainspotting 2 (2016)

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Difícil resulta calificar una película como Trainspotting 2 (Trainspotting 2, 2016) una película que resulta ser la secuela de la obra original que lleva el mismo nombre, y que se trata de una adaptación literaria de la obra de Irvine Welsh. Aunque la supuesta secuela sigue también una novela del mismo autor, como es “Porno”, en realidad Danny Boyle concibe la película como una retrospectiva-homenaje de la primera entrega. Es en definitiva, una mirada nostálgica hacia el pasado, desde una perspectiva contemporánea que gira los ojos a los turbios años noventa. Algunos tildarán a la película de secuela innecesaria, y si nos ponemos tiquismiquis hay que admitir que la película no aporta absolutamente nada al desarrollo narrativo, pero es que las intenciones del cineasta van muy lejos de querer añadir algo. Es más bien una compensación que a modo de epílogo de hora y media, que se sumerge en aquellos personajes tan carismáticos que en su día llegó a construir.

El argumento es aparentemente sencillo. Mark Renton, interpretado por Ewan McGregor, vuelve de Amsterdam a su ciudad de origen después del robo que cometió a sus amigos, cuando estos dieron un golpe donde consiguieron dieciséis mil libras. No todos se lo tomarán en un principio bien, pero en realidad es una excusa para que Boyle pueda desarrollar a unos personajes que no sólo siguen anclados en ese robo, sino en los años en los que la droga les destrozó. Muchos críticos afirmaron que la droga no era vista de una manera “crítica” en la película original, algo que no es del todo cierto. Sí que es verdad que la música nos mostraba las fechorías de Renton y su pandilla como algo divertido, e incluso el arquetipo de antihéroe (con el monólogo inicial por bandera) que se opone a la sociedad británica del momento (con Tatcher como símbolo de autoritarismo británico) tiene cierto atractivo para el público, pero en realidad, la estrategia de Boyle era muy parecida a la de Kubrick con su A clockwork orange (La Naranja mecánica, 1971). Es evidente que a pesar del magnetismo que ejercía el actor principal, Malcom McDowell, las intenciones de Kubrick distaban de la de incitar a la violencia y las violaciones. Pero aún así, Trainspotting 2 va mucho más allá, convirtiéndose en un anticlimax de principio a fin, porque su intención es describir precisamente la frustración.

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Lo más extraño de todo es que fondo y forma parecen ir por caminos totalmente distintos. El Danny Boyle que deberíamos habernos encontrado aquí es uno mucho más reposado, que en teoría fuera con la línea principal del filme. Porque Trainspotting 2 es, como ya hemos dicho, una vista atrás desde la supuesta madurez de unos personajes que han desperdiciado sus vidas no sólo por la droga, sino por haber nacido en un mundo que les dio la espalda. Nuestros personajes están mucho más calmados, la edad no pesa en balde para nadie. El propio Boyle nos los presenta de manera inteligente con la escena aparentemente anticlimax en la que Renton no llega a poner el disco de Iggy Pop (apenas llegamos a intuir que se trata de la canción icónica de Lust for Life). En este sentido, podemos defender al director británico, afirmando que no se ha vendido al fanservice. El que esperaba una secuela donde la droga, la diversión y en definitiva, se siguiera la estela de la primera película, habrá acabado totalmente decepcionado. Boyle entiende perfectamente que el fondo del filme es totalmente diametral al de la primera película, y la utilización de la música es una buena muestra de esa comprensión. No escuchamos ni siquiera un tema pegadizo, porque el mensaje ya no es el mismo que en la primera entrega. Ni siquiera cuando Renton habla sobre el discurso de “escoge” hay un atisbo de juerga o cachondeo, como si sucedía en la primera parte, sino que el discurso está lleno de amargura y desprecio por una sociedad a la que ya no sólo no entienden, sino que ni siquiera pueden encajar como simples marginados. Es por ese motivo que la puesta en escena resulta realmente difícil de entender, porque no casa absolutamente con lo que estamos viendo. Boyle rueda la película más revolucionado de lo que es su estilo habitual, y a cada momento nos encontramos con todo tipo de planos que intentan mostrar la pericia del cineasta detrás de las cámaras, pero que resultan ir totalmente en contra del mensaje que se está desarrollando. Sólo en el aspecto musical acierta el director.

En cuanto a la trama, el problema principal, es sin duda el personaje de Franco, que parece metido con calzador en la historia, con claros fines comerciales. Y en eso difiere de la primera entrega, donde Boyle era mucho más libre en una estructura que a duras penas seguía un hilo argumental. Sin embargo, parece que la trama de esta secuela tira por una narrativa más convencional, donde parece obligatorio colocar un desenlace que se ajuste con los cánones, y para ello sirve el personaje que interpreta Robert Carlyle, que es el “malo” de la película. Un desastre absoluto, porque además, la aparición del personaje de Franco en la trama principal interrumpe lo que se estaba desarrollando (la relación entre Mark, Simon y Spudd), y va en total perjuicio de la calidad general de la película.

Desgraciadamente, tampoco se consigue profundizar en otros personajes secundarios como Spudd y Veronika. El segundo además adolece de una innecesaria inclusión para aportar un toque romántico que sobrababa absolutamente y que sólo tiene una función en el filme, que se ve venir a leguas de distancia (una oportunidad, traición, etc…).

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