Wonder Woman (2017)

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Wonder Woman (Wonder Woman, 2017) se trata del último estreno taquillero sobre una película de superhéroes, sólo que en esta ocasión hay dos factores fundamentales diferenciales. El primero de ellos, es que esta vez ha sido DC quien ha dado la campanada, después de haber realizado películas que aún siendo tremendamente taquilleras, fallaban en conseguir una buena acogida crítica, y el segundo que el protagonista principal de la película es una heroína, y no un héroe. Sobre esta cuestión ya se ha discutido ampliamente, y sinceramente no tiene demasiada historia el asunto. Que una mujer fuera una protagonista de acción en los años ochenta podía ser revolucionario, pero hoy en día es algo prácticamente anecdótico. Más atrevido incluso resulta pensar que reducir un personaje al uso de la fuerza bruta puede considerarse como un paso hacía el ideal feminista. Más allá de ello, me interesa remarcar otro aspecto que ha quedado prácticamente en segundo plano.

Lo que no se puede hacer es enrocarse en el escudo del entretenimiento y negar que el cine, como cualquier arte, tiene siempre un componente político. Y no era muy difícil hacer de Wonder Woman una película veraniega sin más pretensiones, pero hay un trasfondo político más que evidente en la película, que parece haber sido ignorada sistemáticamente por la mayoría de la crítica. En parte, porque la mayoría de esta es directamente anglosajona (y no van a tirar piedras contra su propio tejado) y por otra porque ya tenemos más que asumido que los buenos al fin y al cabo son los que ganan las guerras. Pero lo cierto, es que no puedes tomar el marco de la Primera Guerra Mundial con tanta importancia como lo hace el filme y realizar una caricatura de primer orden. La película está realizada descaradamente para el espectador medio, que desconoce por completo la historia real. Sólo así se puede explicar detalles que hacen sonrojar a cualquiera con un mínimo de entendimiento. El general alemán por ejemplo, es un calco de cualquier villano nazi de tras al cuarto, y es que por mucho que vista con los uniformes de la primera guerra mundial, en realidad subsiste una intención evidente de mostrar a los alemanes como una visión 1.0 del nazismo (atención a la escena de Lunderdoff, convertido por arte de magia en un nazi de la serie B riéndose con la doctora Frankestein después de soltar el gas). ¿Hacen esto a propósito? ¿Hay un odio antialemán entre los productores de Hollywood? En realidad, todo es más sencillo. La iconografía del filme elige el camino fácil, y abusa de los lugares que todo espectador puede reconocer. Sin más. Mucho más atractivo resulta para el espectador ver a alemanes nazis que siempre tienen una presencia estética fascinante en la pantalla.

Más allá de ello, la película se apoya en otros clichés absurdos, caso de la doctora Frankenstein alemana (¿Una parodia del Dr. Mengele?) o del caso del gas alemán (que en la Guerra fue utilizado sin reparos por ambos bandos). La explicación final de Ares no deja de ser una apostilla absurda, porque al fin y al cabo Ares sólo se pone de un bando (sí, es también un oficial británico, pero ni siquiera está personalizado, como si lo está Ludendorff, personaje histórico, además de que a Wonder Woman sólo se les ve cepillarse alemanes). Y una película que muestra un conflicto tan trascendental como la Primera Guerra Mundial como una lucha de bandos entre buenos y malos no puede más que dejar una sensación de estafa, por lo menos en mi caso. Pero incluso yendo más allá de eso, el propio conflicto en general aparece descrito de una simpleza tremenda: El personaje de Gal Gadot avanza mientras contempla una serie de soldados mutilados, exclama que horrror, mientras que el personaje de Chris Pine le responde que por eso están aquí. Y esa es exclusivamente la explicación de las motivaciones. Nos encontramos en una modernidad que alaba como modelo feminista una heroína que se dedica a acribillar sin piedad a personas que son tomadas como monigotes, pero somos incapaces de pedir a un filme, algo, ni siquiera un atisbo, de profundidad. Y no nos podemos escudar en la comercialidad, porque en los años del cine clásico, la comercialidad y la reflexión podían ir perfectamente de la mano.

Más allá de esto, la película deja bastante que desear. La Marvelización de la que ya se ha hablado se confirma en la película. No es que DC hubiera realizado obras maestras, pero podíamos observar como algunos de sus personajes mantenían obvios claroscuros. Algo de lo que carece totalmente el filme, véase cualquiera de los protagonistas principales, pero con especial atención al personaje de Ares, que mantiene uno de los diálogos más estúpidos del filme.

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