The Transfiguration (2017)

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The Transfiguration (The Transfiguration, 2017) ha sido una pequeña película que se ha convertido en revelación, especialmente en circuitos y festivales independientes. La película por ejemplo fue mostrada en el festival de Cannes del año pasado. Se trata además de la primera película que dirige el cineasta de Brooklynn Michel O’Shea. Seguramente la película le sirva de trampolín para futuras producciones.

El guión es bastante simple y lo firma el propio Michel O’Shea, cosa poco sorprendente teniendo en cuenta las cuestiones económicas de la película. La película se centra en un personaje afroamericano, un niño que no tiene ningún amigo y que se comporta de manera extraña. Ya desde la primera secuencia entendemos el porqué de su comportamiento, y es que parece ser ni más ni menos que un vampiro. Inteligentemente, el guión nos presenta una cara poco explorada de este hecho, y muy lejos de lo artificial, la película intenta mostrar lo que sería llevar el vampirismo como algo cercano a una enfermedad (como el propio VIH por obvias relaciones sanguinolentas). Es ahí donde se muestra más inteligente el guión. Sin embargo, la monotonía de su rutina (chupar sangre una vez al mes) se rompe cuando llega el personaje femenino que interpreta Chloe Levine, una niña que es nueva en el colegio y que rápidamente establecerá una relación más que de amistad con nuestro protagonista. Como digo, lo más interesante de la película está lejos de los debates vampíricos, sino más bien en el sentimiento de culpa así como la creación de alguna imagen ciertamente potente, caso de la primera imagen o algún ataque despiadado, que puede recordarnos la frialdad de Haneke. Me atrevería a decir que hay más de un guiño precisamente al director austríaco, más en concreto a la película Benny’s Video (El vídeo de Benny, 1992; por ejemplo el chico enseñándole un vídeo perturbador a otra persona, como si fuera algo natural, o la frialdad del protagonista ante sus víctimas).

The Transfiguration no es una película hecha para todos los públicos. Más bien el filme se dirige a todos aquellos amantes del género de terror, más en concreto a los conocedores y amantes del subgénero vampírico (para muestra tenemos secuencias como en la que podemos contemplar la videoteca de la que dispone el protagonista, con títulos tan célebres como Nosferatu o Lost Boys). Pero ojo, porque la película dista de ser un refrito, sino que más bien intenta enfocar la temática desde una óptica mucho más intimista, totalmente cercana al cine más independiente e incluso podríamos calificar, de autor.

La película opta por los silencios antes que por la acción. De hecho, las primeras frase tardan bastante en aparecer en el metraje. El problema, es que Transfiguration no acaba de acertar en su propuesta. La película no sabe demasiado bien que contar y se acaba tropezando en su propio hacer. No sabemos si la película simplemente quiere retratarnos el día a día de un “vampiro” en una sociedad contemporánea o explorar la enfermedad mental que parece que resulta más que evidente, pero que ha sido poco explorada por los críticos. Porque de “vampiro” el joven que interpreta Eric Ruffin tiene más bien poco (para empezar, no sufre ninguna de las debilidades clásicas, ni tampoco parece tener ningún poder especial) y parece mostrar evidentes signos de trastornos. Ya sea los extraños y macabros vídeos a los que dedica gran parte de su tiempo (incluso como ya hemos dicho, compartiéndolos en su primera cita con su futura novia) o su obsesión con las películas de vampiros. Además el guión tiene algún truco que condiciona bastante la película. ¿Para qué nos presentan la escena en la que el protagonista deja morir literalmente al joven que busca droga y luego nos lo muestran teniendo arrepentimientos?

Por cierto, el actor principal está bastante sosainas y su interpretación deja bastante que desear. De hecho, sin ir más lejos la protagonista femenina que interpreta Chloe Levine se come la pantalla en cada momento en el que comparten escena.

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