Gaslight (1940)

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Gaslight (Gaslight, 1940) es una producción británica realizada en plena Segunda Guerra Mundial y dirigida por Thorold Dickinson, conocido más por ser el primer profesor universitario que impartió la asignatura de cine que no por sus propias películas. Es posible que a más de uno le suene el título, y es que efectivamente la película está basada en la obra de teatro de Patrick Hamilton, que cuatro años más tarde retomaría el director George Cukor para hacer su propia versión, y que desde luego es más conocida que esta pieza.

Siendo honestos tengo la versión de Cukor demasiado difuminada en la memoria como para poder realizar comparaciones sólidas. Sin embargo, los defectos de versión saltan a la vista sin ser especialmente críticos (en el sentido peyorativo de la palabra). El argumento, conocido por muchos es el siguiente: Una pareja se muda a una casa de lujo, donde años atrás hubo un cruento asesinato. Mientras se instalan, parece como que la mujer empieza a perder la cabeza, escondiendo cosas de las que a priori parece no recordar nada. En realidad, se trata de una treta del marido, que pretende que su mujer pierda la cabeza para poderse quedar él sólo con toda sus posesiones.

Los problemas de Gaslight son más que evidentes. No hay ni una sola escena en términos de puesta en escena que sea remarcable, y la imaginación de los responsables de la factura carece de gracia. Las escenas que en principio deberían causar un impacto emocional están francamente mal llevadas. El cineasta abusa de una dirección teatral, que da todo el peso a la interpretación de los actores. Está claro que pesa que al fin y al cabo sea una adaptación de una pieza de teatro,

Si por algo resulta interesante Gaslight, es por la magistral interpretación que realizan dos de sus actores. Me refiero concretamente al que actúa como protagonista masculino Anton Wallbrook por un lado, y por el otro Cathleen Cordell como Nancy en el papel de criada. Wallbrook realiza una interpretación notable, sobre la que se asienta toda la película. Está claro que la puesta en escena, que está construida siguiendo fielmente el cánon del teatro en el que se basa la obra ayuda a que el actor resplandezca, pero también él pone de su parte. No sólo con su entonación, sino especialmente con su gestualidad, que consigue casi sin pronunciar demasiadas palabras definirnos a su personaje: Un hombre sin escrúpulos, que resulta totalmente odiable al espectador porque sólo tiene un objetivo en mente: hacerse rico. La película alcanza cotas de gran cine precisamente cuando el actor se compenetra con Cathleen Cordell, quien como decía interpreta el papel de criada. La película entonces, muestra una carga erótica sin igual, teniendo en cuenta el año de producción de la cinta, inicios de la década de los años cuarenta. El flirteo que realiza el personaje a espaldas de su mujer está perfectamente llevado por ambos actores, por una parte el galán que abusa de su situación social y privilegiada, y Nancy por su parte utiliza su innegable atractivo para cautivar a su “amo” y que traga con todo con tal de escalar en el escalafón social. En definitiva, al ser una película que bebe excesivamente del mundo teatral, funciona casi exclusivamente cuando se producen estas secuencias de química.

Pero si esta dupla resulta el lado positivo el filme, por el otro nos encontramos con la decepcionante interpretación de la protagonista principal, Bella, interpretada por Diana Wynyward, así como secundarios como el investigador. Wynyward es incapaz de transmitir las auténticas sensaciones de locura e inestabilidad mental que requieren el personaje. Más bien, en su peripatético viaje hacia la locura, se nos regalan escenas inesperadamente cómicas. Por otra parte, el personaje del investigador es el contrapunto del erotismo citado. Más bien, se trata de un personaje dibujado de manera pseudocómica, con tal de tratar de aliviantar carga dramática, pero sin resultados efectivos.

En definitiva, una película que podría haber sido mucho más notable de haber contado con un reparto mejor y un director a la altura. Pero para ello ya tenemos la versión de Cukor, claro.

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