Señor, dame paciencia (2017)

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No, así no. No es este el camino para abrir una vía dentro del cine independiente español. Es más obvio que la película, Señor, dame paciencia (Señor, dame paciencia, 2017) bebe de homólogas norteamericanas, donde los referentes más claros son Little Miss Sunshine (Pequeña Miss Sunshine, 2006) o Juno (Juno,2007), pero desafortunadamente, lo que ha hecho el cineasta de Señor, dame paciencia ha sido seleccionar los peores defectos de la ola del cine independiente (utilización de una música ligera que crea intrascendencia en vez de ligereza, personajes que pretenden huir del arquetipo tradicional pero que acaban cayendo en el mismo pero en su versión Freak, intrascendencia revestida de profundidad…) en vez de fijarse en otros aspectos. Se agradece el esfuerzo y la interpretación de Jordi Sánchez, como el padre protagonista, (y poniendo ciertas pegas, como veremos a continuación), pero la voluntad no es suficiente para perdonar el filme que dirige Álvaro Díaz Lorenzo.

El argumento es bastante simple: Una familia debe afrontar el fallecimiento de la madre (interpretada por Verónica Forqué) y para ello deciden entregar las cenizas a su pueblo natal. El padre de familia, quien como ya hemos dicho, está interpretado por Jordi Sánchez, es de ideología conservadora, y se opone profundamente a sus hijos, que le han salido “rana”. Si a esto le añadimos que la película se ambienta en un pueblo de Andalucía, tenemos todos los clichés derivados de la moda de 8 Apellidos Vascos servida en una bandeja de plata.

Empecemos con el personaje que interpreta Jordi Sánchez. Esta claro que el actor es uno de los reclamos más evidentes de la película, y consigue con creces sobrepasar las expectativas, por lo menos en cuanto a interpretación se refiere. Sin embargo, el guión no acompaña en la creación de su personaje (bueno, en general esto sucede con todos y cada uno de los personajes) que no deja de ser un refrito del mismo personaje que tan popular ha hecho el actor, como es el del “rancio” de la serie de tele visión de “La que se Avecina”. Es decir, la película, se dedica a calcar una fórmula de éxito, con un personaje racista, homófobo y por supuesto, del Real Madrid. Un cliché fácil que si bien en la serie podía funcionar, aquí acaba cansando, en parte porque se ve venir, y en parte porque los chistes racistas y homófobos se acaban repitiendo sucesivamente. Y por si fuera poco, el discurso principal de la película es el mismo que el de la serie de televisión, esto es, enfrentarlo con un hijo suyo que es homosexual y que por supuesto, de primeras no es capaz de admitir. Pero para rizar el rizo, sólo hay que decir que precisamente el personaje que interpreta a su hijo homosexual es ni más ni menos que Eduardo Casanova, también conocido por interpretar a un homosexual en la otrora popular serie de televisión, “Aida”. Vamos, que los productores y guionistas, lo que se dice estrujarse el cerebro, no lo hicieron.

Pero todo esto podría haber sido salvado si la película hubiera destilado algo de profundidad, o por lo menos, personalidad, pero se trata de un fracaso de principio a fin. El guión continuamente se choca con la cuestión principal (primero se enfadan, luego se reconcilian, luego se vuelven a enfadar y así sucesivamente) y no sabe como desarrollarla, sino que este queda totalmente atascado. El desarrollo de personajes es un despropósito y se nota la intención de crear personajes cercanos al espectador (por ejemplo, la secuencia en la que graban un mensaje de voz en Whatssap de manera involuntaria) pero los resultados acaban por mostrarnos una retahíla de clichés que no por ser extravagantes consiguen huir de su cáscara. Los personajes están vacíos desde el primero al último. Los diálogos en vez de mostrarnos personajes adultos, parecen reflejar adolescentes en plena edad del pavo.

La música es otra de las piezas que no encajan. El cineasta emplea la banda sonora de una manera reiterativa, sin conseguir darle pausa a los personajes. No hay ningún diálogo asentado, en parte porque continuamente la música nos da la matraca y no deja respirar a las escenas. Un burdo intento de dar a la música el mismo valor que las otras películas independientes anteriormente citadas, pero que no consigue en ningún momento emocionar. Desafortunadamente se respira sobre el filme la influencia de los anuncios de cerveza tan típica de la época del verano en la que se estrena la cinta. Una lástima, porque el reparto ofrecía unas expectativas más altas.

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La balada del soldado (1959)

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Баллада о солдате (La balada del soldado,1959) dirigida por Grigori Chukhrai, se trata de una de las películas más icónicas de la Segunda Guerra Mundial del bando soviético, por la nueva perspectiva que ofreció, desde una posición que abandonaba el heroísmo de la época stalinista, para adentrarse en una visión mucho más intimista. De hecho, aunque se engloba a la obra dentro del género bélico, chirría bastante dicha clasificación, en cuanto todas las historias que nos cuenta la película rehuyen absolutamente de la narración de hechos bélicos, a excepción de unos pocos minutos iniciales. El deshielo se había iniciado hacia cuatro años antes, con la muerte de Stalin y una apertura que bajaba la presión impuesta años antes quedaba patente en todas las artes, incluida el cine.

La película se divide claramente en tres actos más un intenso prólogo. Ya podemos diferenciar al filme de otras películas con una narrativa más tradicional en lo que a contar historias bélicas se refiere. Lo importante en el filme no es el inicio y el final (de hecho, en el magnífico prólogo en el que vemos a la madre del soldado anunciar el no regreso de su hijo en la Guerra, ya se nos cuenta lo que es el desenlace del mismo) sino las tres historias que hay en el camino, y el sentido que cada uno de estos fragmentos ejerce sobre la historia principal.

Por una parte, tenemos la introducción. Se nos presenta la historia de nuestro personaje principal, un soldado soviético de la Segunda Guerra Mundial, que como nos cuenta su madre, falleció durante el conflicto. Después de esto, vemos a nuestro soldado en la que será la única escena de acción que contiene la película y que es a todas luces atípica dentro de lo que es el género bélico. Nuestro protagonista se enfrenta a dos tanques en lo que parece una secuencia sacada de una película cómica (con un plano grúa prácticamente imposible), y donde evidentemente al cineasta le interesa imprimir un tono de surrealismo y de parodia, que seguramente no habría sido posible realizar años antes durante el mandato de Stalin. Después de la hazaña bélica, a nuestro protagonista se le conceden días de permiso para que vaya a ver a su madre, y el eje narrativo de la película consistirá en el viaje que emprende nuestro protagonista hacia su pueblo.

El filme utiliza este recurso narrativo para contar las tres historias (que le sucederán al protagonista durante el viaje). La primera de ellas es la del soldado mutilado, al que parece que la suerte le ha abandonado y que en un primer momento renuncia a encontrar a su mujer de nuevo porque tiene miedo al rechazo. La Balada del soldado es una película que rehuye de las grandes historias y hazañas para centrarse en las historias bélicas más cotidianas. El tacto y la sensibilidad con la que se cuentan las historias es sin duda una de las huellas positivas que diferencian al filme de otras películas bélicas y somos testigos en este primer encontronazo. No es de extrañar que la segunda historia que se nos cuente sea precisamente una anécdota tan anti-heroica como real y cotidiana. En esta segunda historia se nos cuenta lo que sucede en las trincheras cuando el hombre parte a la guerra, y se trata de una historia de infidelidad de la que nuestro protagonista es testigo directo (dirigiéndose a dar saludos de un soldado del frente, se encuentra con que la mujer de este esta con otro, en una sutil secuencia en la que sólo oímos la voz del amante). Otro enfoque poco habitual en este tipo de filmes.

Y la tercera, tiene que ver con nuestro propio soldado, y la relación de afecto que se establece entre él y una polizona que se cuela junto a él en el tren militar, y de la que rápidamente nuestro protagonista queda prendado. Sin duda la historia más intensa de las tres, y que también está ligada con la segunda, en tanto en cuando la polizona en realidad ya tiene a un hombre que le espera. Nuestro protagonista se debate también internamente entre sus instintos más primarios y el deber (él mismo se muere de dolor al ver la infidelidad de la segunda historia, y no quiere en realidad convertirse en lo mismo que ha presenciado). Finalmente, la película opta por un desenlace que más que trágico, podríamos definir como totalmente natural. Seguramente en una película mediocre ambos serían felices y vivirían juntos hasta el final de sus días, pero aquí se busca el realismo antes que la epicidad.

Por comentar, uno de los planos más impresionantes que podemos observar durante el metraje es preparado por el cineasta a fuego lento. Se trata de la escena del tullido, del que no se da nunca la información básica (ha perdido una pierna en la guerra). Se nos presenta su drama, y es evidente que se trata de un tullido de guerra, aunque inteligentemente nunca se nos enseña sus heridas. La rabia y la frustración que nos presenta el personaje es capaz de llegar también al espectador y finalmente, es en un plano poético en el que la cámara capta la invalidez del protagonista, donde se nos muestra la unión final de la pareja, mientras les vemos avanzar, a duras penas, pero juntos finalmente.

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Uchenik (The Student, 2016)

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Uchenik (The Student, 2016; en el idioma original hay un juego de palabras entre Uchenik, que significa estudiante y Muchenik, que significa mártir y que anticipa bastante el tono del filme) se trata de una maravillosa sorpresa que ha tenido bastante éxito de crítica en diversos festivales europeos. Se puede citar por ejemplo el premio a mejor música que obtuvo en el Festival de Cine Europeo. Pero más allá de una película hecha para festivales, The Student es una película crítica que se atreve a poner en tela de juicio ciertos aspectos de la Nueva Rusia que se está construyendo actualmente, después de la caída de la URSS.

Realmente nos encontramos con una película meritoria, que es capaz de profundizar en los problemas de la Rusia contemporánea. Y es que es evidente de que desde cayó la URSS, la religión y el gobierno han ido de la mano, llegando incluso hasta las aulas (debate, que como podemos ver, no es exclusivo de España). Precisamente el filme pone en tela de juicio toda esta relación entre la iglesia y la escuela, de una manera muy inteligente. El guión inclusa llega a poner en competición a la ciencia contra el propio fanatismo.

Pero no sólo por este motivo nos encontramos con una película valiente. Uchenik también se atreve a incluir otros temas indudablemente candentes en Rusia, como es la homosexualidad. La película desarrolla este tema entre la relación que se establece entre el personaje principal, el predicador, y su discípulo. Obviamente, a nuestro discípulo poco le importa la teoría religiosa, sino que realmente está enamorado de su “maestro”. La película muestra inteligentemente esa relación destructiva, con la escena en la que literalmente es apaleado, una secuencia dura a todas luces, y en la que sin embargo sigue demostrando su fidelidad. La mirada, rompiendo estúpidos clichés, está lejos de ser homofóbica, sino más bien presentándonos un personaje lastimoso sobre el que se cierneuna evidente compasión sobre él.

Uno de los aspectos más conseguidos es sin duda la creación de un personaje que resulta tan magnético como odiable. Los discursos religiosos del protagonista principal pondrán contra las cuerdas a la profesora de biología, y es ahí donde la película empezará a variar su tono. De primeras la película entra dentro de lo que sería un marco más o menos real, aún dentro de lo estrafalario, con nuestro protagonista intentando reformar desde su punto de vista religioso lo que él considera incorrecto y obsceno (por ejemplo, el uso de Bikinis en las clases de natación) pero poco a poco la película va adaptando un tono mucho más surrealista que encaja perfectamente con el mensaje que pretende señalarnos el cineasta (así como con el humor negro): La religión como un camino fanático, que tiene su máxima lucha con la propia ciencia. Es una obviedad, pero muy bien llevada (y con un toque cómico de humor negro genial), la escena en la que se debate sobre la propia teoría de la evolución y que evidentemente nos hace recordar los negacionistas de la evolución que pretenden enseñar su absurda doctrina en algunos estados de los USA. El guión de Uchenik quiere señalarnos el peligroso camino que ha emprendido Rusia en los últimos tiempos, y que se ha incrementado con el conflicto en Ucrania.

Pero, también es innegable, como decíamos, citar el cierto magnetismo que provoca el personaje principal, y que quizá tiene sus raíces en la propia confianza que destila el personaje principal. En un diálogo que sostiene con uno de los monjes ortodoxos que trabaja en la escuela impartiendo clases de religión, el propio personaje principal pone de relieve la hipocresía de muchos aspectos de la iglesia (se le echa en cara al monje ortodoxo los lujos y las riquezas innecesarias de la iglesia) y nos demuestra que pese a la locura del personaje, hay un fanatismo ciego, en el que reside el poder del personaje. Un atractivo tan innegable como oscuro, y que nos puede recordar oscuras épocas pasadas…

A todo esto se le adereza una puesta en escena sólida, y un guión que explota muy bien los momentos cómicos, que le dan más empaque al filme y ayudan a neutralizar cualquier atisbo de tono lacrimogéno.

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Black Dynamite (2009)

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En el año 2015 se estrenaba por Internet un proyecto que si bien para el común de los mortales le podía sonar a chino, para los adictos al cine más ochentero, friki y punkie les colmó enormemente. Kung Fury (Kung Fury, 2015) se trataba de una autoparodia continua que hacía gala de su posmodernidad como elemento principal. La película nos escupía a la cara un relato en el que el mensaje era meridiano y secundario. Qué la película carecía de cualquiera interés narrativo era evidente. Sin embargo, la propia Kung Fury no era ni mucho menos una pionera en mezclar géneros y parodiarlos para el público que ya conoce estos códigos (cabe decir, que no demasiado sofisticados). En el 2009 ya había aparecido una película independiente (muy independiente, teniendo en cuenta el escaso presupuesto con el que se filmó), Black Dynamite (Black Dynamite, 2009) que utilizaba el mismo tono que Kung Fury, pero esta vez parodiando el subgénero de blaxploitation.

Efectivamente, Black Dynamite es una parodia con patas de lo que fue aquel subgénero que tenía a los protagonistas afroamericanos como personajes principales y que estaba precisamente dedicado a aquellas audiencias. Shaft (Las noches rojas del Harlem, 1971) y otras películas son las que hace continua alusión el filme. El filme de Scott Sanders (por cierto, ¿Se imaginan que habría pasado si el director de la película no hubiera sido afroamericano?) recopila escena por escena (de hecho, uno de los mayores problemas es que la película está demasiado fragmentada, porque el hilo es en realidad una sucesión de gags) todos los códigos y citas del subgénero.

El guión tiene numerosos problemas. Normal por otra parte, si tenemos en cuenta que se preparó en unas tres semanas. ¿El resultado? Un producto de fanservice que recopila los momentos más célebres del subgénero, pero que es incapaz de insuflarles una vida propia. Como enciclopedia la película funciona, pero como obra autónoma es incapaz de crear camino. Tenemos a las referencias sexuales, tan explícitas ( o más) como eran aquellas obras de los setenta, tenemos a nuestro protagonista, una caricatura del héroe de color, tenemos a Vietnam e incluso a Nixon, tenemos persecuciones e incluso citas al cine de acción oriental…Todo en una sóla cinta.

El problema principal es que Black Dynamite se cree más lista de lo que en realidad es. El romper con un eje narrativo normal, en definitiva, que el gag se imponga a la historia, condiciona totalmente la película. De igual manera sucedía con películas como Airplane! (Aterriza como puedas, 1980) o Top Secret! (Top Secret!, 1984), sólo que entonces había una diferencia crucial, y es que esas películas funcionaban porque tenían buenos gags, que hacían reír. En Black Dynamite se reconoce la ironía y el juego metacinematográfico, pero no acaba de funcionar como comedia. En cada secuencia el espectador va asimilando los diferentes referentes que el guión va colocando, pero no acaban de encajar, ni consiguen hacer sonreír al espectador más que en momentos contados. Porque una cosa es la carcajada y otra la mueca de sonrisa ante el reconocimiento de algo que ya tenemos interiorizado. Además, a la película se la nota artificial y forzada, en busca del meme fácil (el fast food del internet, y lo consiguió no en vano el lema de Black Dynamite que se repite aparece en ocasiones en algunos rincones de la red) sin más complejidades detrás. Una auténtica lástima.

Michael Jal White interpreta al actor principal, quien desde luego acapara el absoluto protagonismo de la función. No en vano, el filme es directamente una oda al arquetipo “Shaft”. Un James Bond a lo afro, que es capaz de conseguir absolutamente todo lo que se propone.

Donde si acierta el filme es en los aspectos técnicos. La fotografía de la película está rodada pensada exclusivamente para recrear el mismo ambiente de las películas de bajo presupuesto de los años setenta, y ahí está la cámara Super 16 Kodak con la que se ideó todo. El pego se nota, y ahí si es donde podemos decir que la película consigue el efecto de inmersión que deseaba el cineasta, pero se queda en global como una pieza manca.

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Friday the 13th II, III y IV.

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Como ya nos demostró Wes Craven con Scream (Scream, vigila quien llama 1996) y su secuencia inicial, totalmente referencial, Friday the 13th (Viernes 13, 1980) es una película icónica dentro del cine de terror, y más en concreto dentro del subgénero slasher, del que forma una parte importasíma en la cimentación de sus pilares. Eso sí, poca gente sabe que en la primera película Jason, el mítico asesino, sólo aparecía en una escena final y lejos de la iconografía con la que hoy se le conoce. Es muy interesante, porque el propio personaje ha trascendido a lo que fueron sus películas, todas y cada una de ellas (incluidas la original, que no deja de ser un refrito del Halloween de Carpenter realizado dos años antes) son obra cinematográficamente menores, y sin embargo, todos, incluso los que no han visto todas y cada una de las secuelas, reconocen al mítico asesino, que forma parte de nuestra cultura popular. De la primera película, la única dirigida por el propio Sean S. Cunningham, sólo merece destacar un plano subjetivo que en apariencia pretendía mostrarnos como en Halloween la visión del asesino, pero que en realidad era una trampa con la que jugaba el director

En realidad, la tetralogía inicial de Viernes 13 es la misma película rodada una y otra vez. Una auténtica lástima que nos encontramos con un reboot constante, que no sólo reaprovecha muertes, sino que además hace transcurrir toda la acción en el mismo sitio una y otra vez (el mítico campamento de verano). Claro que los productores no iban a cambiar de ubicación, teniendo en cuenta que Viernes 13 y sus secuelas se encuentran dentro de la sagas más rentables de la historia. El boom absoluto de los slashers en los años ochenta es lo que tuvo: películas con un presupuesto irrisorio y que sin embargo competían genialmente en taquilla. Es por este motivo que una vez fijado el canon, las sagas arriesgaran poco y fueran tan tercas en ofrecer lo mismo una y otra vez. Si algo ha funcionado….¿Para qué tocarlo?. Así que hay penas hay diferencias palpables entre las diversas películas producidas por Cunningham (quien como bien es sabido, antes se dedicaba a producir alguna que otra cinta pornográfica) y eso que hasta el primer impass de Jason (hasta su “aparente” muerte” ) hay más de cuatro películas. De hecho, reto a cualquiera que vea las cuatro primeras cintas del tirón e intente diferenciar unas de otras. Las únicas pistas que puede tener son, efectivamente, los atuendos de Jason (que aparece en la segunda película con un trapo en la cabeza, y ya sí, en la tercera, con su ahora icónica máscara de Hockey, lo que sería un leimotiv en las posteriores)

Después de una segunda parte ciertamente aburrida, donde sólo se salvaba un inspirado prólogo (del que el propio Craven recogería en la ya citada Scream) nos encontramos con una tercera donde nuestro protagonista adopta lo que sería uno de sus signos más reconocibles, como es la máscara de Hockey. Poco más a destacar, exceptuando el desastroso uso del 3d. Hay que recordar que este invento del demonio dista mucho de ser algo actual, y se trata de una antigua moda del séptimo arte que cada x tiempo tiene la desagradecida costumbre de volver a dar la lata. Pues bien, en Viernes 13 III parte, nos encontramos con un insistente uso de este tipo de efectos que vistos hoy en día resultan un tanto cansinos, con tanta repetición de ataques y lanzamientos de objetos a cámara, que cantan bastante a la legua.

La cuarta parte de la película es seguramente la más interesante de todas ellas, y sin duda es porque es la que más se distancia de la tediosa repetición que ofrecían sus antecesoras. Esta vez no nos encontramos con una final girl al uso, como había sucedido en las anteriores películas, sino que esta vez el protagonista es el niño que interpreta Corey Feldman.

La película parece diferenciar claramente el mundo juvenil con el infantil. Es en el juvenil donde se cometen “pecados”, es decir, escenas sexuales explicitas (esta cuarta parte ofrece bastante más carnaza de lo habitual en este sentido). Algo habitual en el slasher es representar la sexualidad como algo negativo (todo el que fornica acaba pagando su disfrute en sangre) y no está de más apuntar que algunos críticos han visto aquí un reflejo de la propia política conservadora de los años ochenta norteamericanos. En las primeras cuatro películas de Viernes 13 la situación aparece prácticamente calcada. Primero, la pareja en cuestión tontea. Luego viene la escena de desnudo. En tercer lugar, después del postsexo nos encontramos con que Jason se “venga” de los relajados jovencuelos. Sin embargo, nuestro protagonista aún no pertenece a ese mundo adulto (a pesar de que sexualmente empieza ya a demostrar su actividad, no en vano intenta mirar a sus vecinos al más puro estilo la Ventana indiscreta)

Es el aspecto metareferencial el único que como decía, es capaz de salvar una tetralogía que por lo demás resulta insufrible. El niño que interpreta Corey Feldman es un apasionado del cine de terror, y en su casa se encuentran numerosas máscaras de diversos mitos de la serie B. Este aspecto metareferencial, de personajes que saben como actuar dentro del propio filme y reconociendo sus pautas, sería tomado por el propio Craven años más tarde en numerosas de sus películas. Ciertamente, Viernes 13 debió de haber muerto con la cuarta entrega.

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Trainspotting 2 (2016)

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Difícil resulta calificar una película como Trainspotting 2 (Trainspotting 2, 2016) una película que resulta ser la secuela de la obra original que lleva el mismo nombre, y que se trata de una adaptación literaria de la obra de Irvine Welsh. Aunque la supuesta secuela sigue también una novela del mismo autor, como es “Porno”, en realidad Danny Boyle concibe la película como una retrospectiva-homenaje de la primera entrega. Es en definitiva, una mirada nostálgica hacia el pasado, desde una perspectiva contemporánea que gira los ojos a los turbios años noventa. Algunos tildarán a la película de secuela innecesaria, y si nos ponemos tiquismiquis hay que admitir que la película no aporta absolutamente nada al desarrollo narrativo, pero es que las intenciones del cineasta van muy lejos de querer añadir algo. Es más bien una compensación que a modo de epílogo de hora y media, que se sumerge en aquellos personajes tan carismáticos que en su día llegó a construir.

El argumento es aparentemente sencillo. Mark Renton, interpretado por Ewan McGregor, vuelve de Amsterdam a su ciudad de origen después del robo que cometió a sus amigos, cuando estos dieron un golpe donde consiguieron dieciséis mil libras. No todos se lo tomarán en un principio bien, pero en realidad es una excusa para que Boyle pueda desarrollar a unos personajes que no sólo siguen anclados en ese robo, sino en los años en los que la droga les destrozó. Muchos críticos afirmaron que la droga no era vista de una manera “crítica” en la película original, algo que no es del todo cierto. Sí que es verdad que la música nos mostraba las fechorías de Renton y su pandilla como algo divertido, e incluso el arquetipo de antihéroe (con el monólogo inicial por bandera) que se opone a la sociedad británica del momento (con Tatcher como símbolo de autoritarismo británico) tiene cierto atractivo para el público, pero en realidad, la estrategia de Boyle era muy parecida a la de Kubrick con su A clockwork orange (La Naranja mecánica, 1971). Es evidente que a pesar del magnetismo que ejercía el actor principal, Malcom McDowell, las intenciones de Kubrick distaban de la de incitar a la violencia y las violaciones. Pero aún así, Trainspotting 2 va mucho más allá, convirtiéndose en un anticlimax de principio a fin, porque su intención es describir precisamente la frustración.

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Lo más extraño de todo es que fondo y forma parecen ir por caminos totalmente distintos. El Danny Boyle que deberíamos habernos encontrado aquí es uno mucho más reposado, que en teoría fuera con la línea principal del filme. Porque Trainspotting 2 es, como ya hemos dicho, una vista atrás desde la supuesta madurez de unos personajes que han desperdiciado sus vidas no sólo por la droga, sino por haber nacido en un mundo que les dio la espalda. Nuestros personajes están mucho más calmados, la edad no pesa en balde para nadie. El propio Boyle nos los presenta de manera inteligente con la escena aparentemente anticlimax en la que Renton no llega a poner el disco de Iggy Pop (apenas llegamos a intuir que se trata de la canción icónica de Lust for Life). En este sentido, podemos defender al director británico, afirmando que no se ha vendido al fanservice. El que esperaba una secuela donde la droga, la diversión y en definitiva, se siguiera la estela de la primera película, habrá acabado totalmente decepcionado. Boyle entiende perfectamente que el fondo del filme es totalmente diametral al de la primera película, y la utilización de la música es una buena muestra de esa comprensión. No escuchamos ni siquiera un tema pegadizo, porque el mensaje ya no es el mismo que en la primera entrega. Ni siquiera cuando Renton habla sobre el discurso de “escoge” hay un atisbo de juerga o cachondeo, como si sucedía en la primera parte, sino que el discurso está lleno de amargura y desprecio por una sociedad a la que ya no sólo no entienden, sino que ni siquiera pueden encajar como simples marginados. Es por ese motivo que la puesta en escena resulta realmente difícil de entender, porque no casa absolutamente con lo que estamos viendo. Boyle rueda la película más revolucionado de lo que es su estilo habitual, y a cada momento nos encontramos con todo tipo de planos que intentan mostrar la pericia del cineasta detrás de las cámaras, pero que resultan ir totalmente en contra del mensaje que se está desarrollando. Sólo en el aspecto musical acierta el director.

En cuanto a la trama, el problema principal, es sin duda el personaje de Franco, que parece metido con calzador en la historia, con claros fines comerciales. Y en eso difiere de la primera entrega, donde Boyle era mucho más libre en una estructura que a duras penas seguía un hilo argumental. Sin embargo, parece que la trama de esta secuela tira por una narrativa más convencional, donde parece obligatorio colocar un desenlace que se ajuste con los cánones, y para ello sirve el personaje que interpreta Robert Carlyle, que es el “malo” de la película. Un desastre absoluto, porque además, la aparición del personaje de Franco en la trama principal interrumpe lo que se estaba desarrollando (la relación entre Mark, Simon y Spudd), y va en total perjuicio de la calidad general de la película.

Desgraciadamente, tampoco se consigue profundizar en otros personajes secundarios como Spudd y Veronika. El segundo además adolece de una innecesaria inclusión para aportar un toque romántico que sobrababa absolutamente y que sólo tiene una función en el filme, que se ve venir a leguas de distancia (una oportunidad, traición, etc…).

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Headsot (2016)

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La cinematografía de acción malaya está últimamente dejando sobre el terreno bastantes películas que han roto la barrera comercial local, para entrar en el mercado internacional. El caso más sonado fue el de The Raid: Redepmtion (Redada asesina, 2011) una coproducción ente Indonesia y Estados Unidos y dirigida por el director británico Gareth Evans. El caso es que la película fue un éxito (que contó con secuela y todo), a pesar de que el filme tenía numerosos agujeros en su argumento. Por no decir directamente, que este último no existía. A una escala reducida, lo de Indonesia recuerda al cine coreano y sus thrillers, que han sabido pulirse una “marca”.

Y con el último filme a la moda, Headshot (Headshot, 2016) nos encontramos con los mismos defectos, pero aún más amplificados si cabe, puesto que además del guión, la dirección es un desastre absoluto (la película está coodirigida entre Kino Stamboel y Timo Tjhajanto). Realmente no hay nada destacable en este subproducto que hace que las películas de Stallone y Schwarzenegger parezcan películas para intelectuales. Y esto, no es en absoluto una exageración.

Y es que el filme no tiene ningún sentido, desde el minuto uno en el que arranca. Vemos como un policía en una prisión se acerca a una celda de máxima seguridad, donde está encerrado un malo maloso. En cuestión de segundos se lía la marimorena, y ya podemos comprobar atónitos a que juega el filme. Probablemente observamos entonces el peor tiroteo filmado de la historia, por lo menos en cuanto a películas de corte “serio” se refiere. Si, es cierto que la película coquetea con el cine oriental de acción en el sentido de que por momentos no se toma en serio a si mismo, pero también es verdad que en líneas generales la película no va por ese camino. Volviendo al tiroteo, es absurdo se mire como se mire. Los personajes se pegan cuarenta tiros pero sangran lo necesario (pero tranquilos, que Gore tenemos para aburrir), mientras que los efectos especiales son lo más cantosos que se pueden ver (en serio, fíjense como se recrea con ordenador los impactos de bala). Luego, ver a los policías y a los presos disparandose en una cuadrícula de dos por dos, es de todo menos un buen augurio para lo que viene a continuación. La puesta en escena intenta tapar todos sus agujeros con ángulos excéntricos y disparatados que lo único que consiguen es ponernos nerviosos. ¿A qué viene ese plano firmado con grúa?

Y es que este inicio del filme no es una rara avis. La película sigue exactamente la misma “lógica” en cuanto a escenas de acción se refiere. Es decir, la espectacularidad forzada, la violencia…pero sin duda, lo que más destaca negativamente es una puesta en escena totalmente excéntrica, que no hace nada más que acrecentar la payasada de la propuesta. Todo lo que pueda parecer inverosímil tiene su cabida en Headshot. Ir a lo concreto sería un ejercicio sadomasoquista, pero poner algún ejemplo, podemos citar la secuencia del autobús, donde sin comerlo ni beberlo los malos se cargan a todo quisqui de manera gratuita, o la que tiene lugar en la comisaría, cuando nuestro protagonista se pone a repartir estopa a puñetazo limpio.

Entonces, sin que sepa el porqué, se nos pide una suspensión de la conciencia. Por parte de los seguidores del género se nos pide que olvidemos un marco referencial, que al fin y al cabo, esto es sólo un mero entretenimiento. Marco, que nunca perdonaríamos a otros géneros, sea romántico o comedia, incluso al cine de terror. Pero parece que en películas de acción hemos de olvidar todo lo referente a una lógica interna.

Hablar de argumento sería hacerle un auténtico favor al filme. Digamos que la película es un correcalles en el que todo está pensado para el lucimiento de la violencia. El malo que se libra de la cárcel (y que tiene todos los clichés que se le puedan añadir a un personaje de semejantes características) tendrá que enfrentarse a uno de sus secuaces, que ha perdido la memoria. Y ya está, ni más ni menos ese es el argumento del filme, en el que además se incluye una estúpida relación de amor, que más bien es un mcguffin para acelerar las escenas de acción.

En conclusión, para hacer una película de acción correcta, hay que tener talento. Y eso es precisamente lo que no tiene la obra. Para substituir la precaria imaginación se recurre a la sangre, el gore, la tortura, las artes marciales del mercadillo…elementos que los más avezados reconocen como trucos de baratija para tapar las carencias. El éxito resulta incomprensible, y quizá se deba a una sociedad que directamente busca en estas cintas de serie B una pornografía violenta. Precisamente por eso se pide una supensión de los elementos referenciales, porque aquí se ha venido a lo que ya sabíamos. Pero en serio, he visto secuelas de terror ochenteras con mejor argumento que esta bazofia.

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