Trainspotting 2 (2016)

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Difícil resulta calificar una película como Trainspotting 2 (Trainspotting 2, 2016) una película que resulta ser la secuela de la obra original que lleva el mismo nombre, y que se trata de una adaptación literaria de la obra de Irvine Welsh. Aunque la supuesta secuela sigue también una novela del mismo autor, como es “Porno”, en realidad Danny Boyle concibe la película como una retrospectiva-homenaje de la primera entrega. Es en definitiva, una mirada nostálgica hacia el pasado, desde una perspectiva contemporánea que gira los ojos a los turbios años noventa. Algunos tildarán a la película de secuela innecesaria, y si nos ponemos tiquismiquis hay que admitir que la película no aporta absolutamente nada al desarrollo narrativo, pero es que las intenciones del cineasta van muy lejos de querer añadir algo. Es más bien una compensación que a modo de epílogo de hora y media, que se sumerge en aquellos personajes tan carismáticos que en su día llegó a construir.

El argumento es aparentemente sencillo. Mark Renton, interpretado por Ewan McGregor, vuelve de Amsterdam a su ciudad de origen después del robo que cometió a sus amigos, cuando estos dieron un golpe donde consiguieron dieciséis mil libras. No todos se lo tomarán en un principio bien, pero en realidad es una excusa para que Boyle pueda desarrollar a unos personajes que no sólo siguen anclados en ese robo, sino en los años en los que la droga les destrozó. Muchos críticos afirmaron que la droga no era vista de una manera “crítica” en la película original, algo que no es del todo cierto. Sí que es verdad que la música nos mostraba las fechorías de Renton y su pandilla como algo divertido, e incluso el arquetipo de antihéroe (con el monólogo inicial por bandera) que se opone a la sociedad británica del momento (con Tatcher como símbolo de autoritarismo británico) tiene cierto atractivo para el público, pero en realidad, la estrategia de Boyle era muy parecida a la de Kubrick con su A clockwork orange (La Naranja mecánica, 1971). Es evidente que a pesar del magnetismo que ejercía el actor principal, Malcom McDowell, las intenciones de Kubrick distaban de la de incitar a la violencia y las violaciones. Pero aún así, Trainspotting 2 va mucho más allá, convirtiéndose en un anticlimax de principio a fin, porque su intención es describir precisamente la frustración.

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Lo más extraño de todo es que fondo y forma parecen ir por caminos totalmente distintos. El Danny Boyle que deberíamos habernos encontrado aquí es uno mucho más reposado, que en teoría fuera con la línea principal del filme. Porque Trainspotting 2 es, como ya hemos dicho, una vista atrás desde la supuesta madurez de unos personajes que han desperdiciado sus vidas no sólo por la droga, sino por haber nacido en un mundo que les dio la espalda. Nuestros personajes están mucho más calmados, la edad no pesa en balde para nadie. El propio Boyle nos los presenta de manera inteligente con la escena aparentemente anticlimax en la que Renton no llega a poner el disco de Iggy Pop (apenas llegamos a intuir que se trata de la canción icónica de Lust for Life). En este sentido, podemos defender al director británico, afirmando que no se ha vendido al fanservice. El que esperaba una secuela donde la droga, la diversión y en definitiva, se siguiera la estela de la primera película, habrá acabado totalmente decepcionado. Boyle entiende perfectamente que el fondo del filme es totalmente diametral al de la primera película, y la utilización de la música es una buena muestra de esa comprensión. No escuchamos ni siquiera un tema pegadizo, porque el mensaje ya no es el mismo que en la primera entrega. Ni siquiera cuando Renton habla sobre el discurso de “escoge” hay un atisbo de juerga o cachondeo, como si sucedía en la primera parte, sino que el discurso está lleno de amargura y desprecio por una sociedad a la que ya no sólo no entienden, sino que ni siquiera pueden encajar como simples marginados. Es por ese motivo que la puesta en escena resulta realmente difícil de entender, porque no casa absolutamente con lo que estamos viendo. Boyle rueda la película más revolucionado de lo que es su estilo habitual, y a cada momento nos encontramos con todo tipo de planos que intentan mostrar la pericia del cineasta detrás de las cámaras, pero que resultan ir totalmente en contra del mensaje que se está desarrollando. Sólo en el aspecto musical acierta el director.

En cuanto a la trama, el problema principal, es sin duda el personaje de Franco, que parece metido con calzador en la historia, con claros fines comerciales. Y en eso difiere de la primera entrega, donde Boyle era mucho más libre en una estructura que a duras penas seguía un hilo argumental. Sin embargo, parece que la trama de esta secuela tira por una narrativa más convencional, donde parece obligatorio colocar un desenlace que se ajuste con los cánones, y para ello sirve el personaje que interpreta Robert Carlyle, que es el “malo” de la película. Un desastre absoluto, porque además, la aparición del personaje de Franco en la trama principal interrumpe lo que se estaba desarrollando (la relación entre Mark, Simon y Spudd), y va en total perjuicio de la calidad general de la película.

Desgraciadamente, tampoco se consigue profundizar en otros personajes secundarios como Spudd y Veronika. El segundo además adolece de una innecesaria inclusión para aportar un toque romántico que sobrababa absolutamente y que sólo tiene una función en el filme, que se ve venir a leguas de distancia (una oportunidad, traición, etc…).

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Headsot (2016)

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La cinematografía de acción malaya está últimamente dejando sobre el terreno bastantes películas que han roto la barrera comercial local, para entrar en el mercado internacional. El caso más sonado fue el de The Raid: Redepmtion (Redada asesina, 2011) una coproducción ente Indonesia y Estados Unidos y dirigida por el director británico Gareth Evans. El caso es que la película fue un éxito (que contó con secuela y todo), a pesar de que el filme tenía numerosos agujeros en su argumento. Por no decir directamente, que este último no existía. A una escala reducida, lo de Indonesia recuerda al cine coreano y sus thrillers, que han sabido pulirse una “marca”.

Y con el último filme a la moda, Headshot (Headshot, 2016) nos encontramos con los mismos defectos, pero aún más amplificados si cabe, puesto que además del guión, la dirección es un desastre absoluto (la película está coodirigida entre Kino Stamboel y Timo Tjhajanto). Realmente no hay nada destacable en este subproducto que hace que las películas de Stallone y Schwarzenegger parezcan películas para intelectuales. Y esto, no es en absoluto una exageración.

Y es que el filme no tiene ningún sentido, desde el minuto uno en el que arranca. Vemos como un policía en una prisión se acerca a una celda de máxima seguridad, donde está encerrado un malo maloso. En cuestión de segundos se lía la marimorena, y ya podemos comprobar atónitos a que juega el filme. Probablemente observamos entonces el peor tiroteo filmado de la historia, por lo menos en cuanto a películas de corte “serio” se refiere. Si, es cierto que la película coquetea con el cine oriental de acción en el sentido de que por momentos no se toma en serio a si mismo, pero también es verdad que en líneas generales la película no va por ese camino. Volviendo al tiroteo, es absurdo se mire como se mire. Los personajes se pegan cuarenta tiros pero sangran lo necesario (pero tranquilos, que Gore tenemos para aburrir), mientras que los efectos especiales son lo más cantosos que se pueden ver (en serio, fíjense como se recrea con ordenador los impactos de bala). Luego, ver a los policías y a los presos disparandose en una cuadrícula de dos por dos, es de todo menos un buen augurio para lo que viene a continuación. La puesta en escena intenta tapar todos sus agujeros con ángulos excéntricos y disparatados que lo único que consiguen es ponernos nerviosos. ¿A qué viene ese plano firmado con grúa?

Y es que este inicio del filme no es una rara avis. La película sigue exactamente la misma “lógica” en cuanto a escenas de acción se refiere. Es decir, la espectacularidad forzada, la violencia…pero sin duda, lo que más destaca negativamente es una puesta en escena totalmente excéntrica, que no hace nada más que acrecentar la payasada de la propuesta. Todo lo que pueda parecer inverosímil tiene su cabida en Headshot. Ir a lo concreto sería un ejercicio sadomasoquista, pero poner algún ejemplo, podemos citar la secuencia del autobús, donde sin comerlo ni beberlo los malos se cargan a todo quisqui de manera gratuita, o la que tiene lugar en la comisaría, cuando nuestro protagonista se pone a repartir estopa a puñetazo limpio.

Entonces, sin que sepa el porqué, se nos pide una suspensión de la conciencia. Por parte de los seguidores del género se nos pide que olvidemos un marco referencial, que al fin y al cabo, esto es sólo un mero entretenimiento. Marco, que nunca perdonaríamos a otros géneros, sea romántico o comedia, incluso al cine de terror. Pero parece que en películas de acción hemos de olvidar todo lo referente a una lógica interna.

Hablar de argumento sería hacerle un auténtico favor al filme. Digamos que la película es un correcalles en el que todo está pensado para el lucimiento de la violencia. El malo que se libra de la cárcel (y que tiene todos los clichés que se le puedan añadir a un personaje de semejantes características) tendrá que enfrentarse a uno de sus secuaces, que ha perdido la memoria. Y ya está, ni más ni menos ese es el argumento del filme, en el que además se incluye una estúpida relación de amor, que más bien es un mcguffin para acelerar las escenas de acción.

En conclusión, para hacer una película de acción correcta, hay que tener talento. Y eso es precisamente lo que no tiene la obra. Para substituir la precaria imaginación se recurre a la sangre, el gore, la tortura, las artes marciales del mercadillo…elementos que los más avezados reconocen como trucos de baratija para tapar las carencias. El éxito resulta incomprensible, y quizá se deba a una sociedad que directamente busca en estas cintas de serie B una pornografía violenta. Precisamente por eso se pide una supensión de los elementos referenciales, porque aquí se ha venido a lo que ya sabíamos. Pero en serio, he visto secuelas de terror ochenteras con mejor argumento que esta bazofia.

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The Void (2016)

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Una clara elegía a Lovecraft, es lo que es precisamente The Void (The Void, 2016) una película estrenada en el festival de Sitges del pasado año y dirigida a medias entre Jermy Gillespie y Steven Kostanski. De producción canadiense, la película es una mezcla entre los filmes de terror de los años ochenta y un homenaje a la literatura del citado Lovecraft. Hay que añadir que la producción y la mayoría del reparto son canadienses, una cinematografía que si bien hasta ahora se dedicaba a producir a mansalva películas directas a un mercado menor, en la última década han sido capaces de perfeccionar la calidad de sus obras.

El argumento es sencillo, pero el filme no desvela sus intenciones de golpe, sino que se dedica poco a poco a ir soltando los entresijos de la trama. En realidad, uno de los grandes juegos de la película consiste en precisamente en ir sorprendiendo al espectador con diferentes golpes de efecto. Algunos bien intencionados, otros cogidos más con pinzas. El inicio de la película es de hecho la esencia misma del filme: Sin que sepamos porque, lo que parecen un par de psicópatas intentan matar a sangre fría a dos personas. Una de ellas consigue escapar, y se encuentra con un policía, nuestro personaje principal, interpretado por el actor canadiense Aaron Poole, quien lo llevará a un pequeño hospital que se encuentra en remodelación, y donde trabaja precisamente su exmujer, interpretada por Kathleen Munroe. A partir de ahí, la trama se complicará enormemente, tocando numerosos palos del género, incluyendo el fantástico y el thriller.

No es la dirección uno de los fuertes de la película. Ya al inicio de la obra se puede observar una cámara dubitativa, que en algunas ocasiones aborda de manera fallida a nuestros personajes siguiéndolos mediante cámara en mano. Una narrativa muy poco sólida que no encuentra su sitio ni tampoco sabe exactamente como ajustar la forma con el fondo, si exceptuamos algunas partes concretas del metraje. Es cierto que hay momentos a destacar, pero no están creados por la dirección, sino por la ambientación que aporta el maquillaje y los efectos especiales.

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Y es que uno de los puntos más decisivos del filme es sin duda los efectos especiales y el maquillaje. Esto puede sonar a priori contradictorio, pero en realidad estos dos elementos constituyen per ser una más que interesante parte clave del filme. La atmósfera del filme, que es el gran pilar en el que se sustenta la obra (a años luz del argumento) está constituida en estos dos pilares, de los que hay que hacer mención obligatoriamente. Especialmente por la recreación que consigue hacer el filme de algunas secuencias, y es que pocas veces se ha conseguido plasmar en la gran pantalla un panorama tan desasosegante como el que nos presenta el filme, especialmente en los últimos minutos del metraje, donde como bien dice una de las líneas del diálogo, nos encontramos ante el mismísmo infierno. Los cineastas, ayudados por un genial equipo técnico, son capaces de dar (por lo menos en gran medida) una atmósfera que inevitablemente recuerda a las obras de Lovecraft (desde los monstruos, pasando por el portal interdimensional, citando obligatoriamente las criaturas que parecen existir antes que el bien y el mal, como los primigenios, incluso algunas citas argumentales como la del Mad Doctor…), pero también parecen aparecer otros elementos populares. El hospital desierto recuerda a la saga de videojuegos de Silent Hill, así como el diseño de algunas de las criaturas que aparecen hacia el final.

 

Uno de los grandes problemas del filme es su superficialidad. A pesar de que los elementos del filme evocan a los grandes pilares del género fantástico, la película no es capaz de pasar de la cita. La profundidad no se vislumbra y desafortunadamente todo queda en un giñapo que como película de serie B sin pretensiones tiene su público y su funcionamiento, pero que deja la sensación de que se podría haber aspirado a un poco más.

En definitiva, una película obligatoria para los amantes del género, pero que no esperen una obra maestra, sino una obra artesanal hecha desde el amor a lo más nauseabundo. Hacia aquellos seres que estaban antes que Dios y el Diablo y de los cuales apenas podemos llegar a entender. El horror cosmológico os espera.

 

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La nueva Babilonia (1929)

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Новый вавилон (Nueva Babilon, 1929) se trata de una película soviética dirigida por Grigori Kozintsev y Leonid Trauberg. La película, utiliza un argumento histórico para servirse de plataforma ideológica. Como muchos otros filmes de la intelectualidad soviética del momento, la intención del filme es la mostrar los nuevos valores de la revolución soviética, utilizando el cine como herramienta. En este caso, el argumento nos traslada a la icónica fecha del 1870 (algo habitual en el cine soviético es la de rememorar y utilizar la historia como arma didáctica), durante la desastrosa (por lo menos para los franceses) Guerra Franco-Prusiana. No es casual que se elija este tema de la historia, puesto que dentro de la historiografía marxista tiene una importancia capital. Después de la derrota francesa, en París se estableció un gobierno que Marx calificó como el primer gobierno socialista de la historia (aunque entre otros historiadores socialistas coetáneos ha habido controversia en calificar a este gobierno como efectivamente socialista). Rápidamente fue aplastado por los poderes reaccionarios, que actuaron desde el sur de Francia como un rodillo. Obviamente la historia está contada desde una perspectiva contemporánea, y tiene una clara relación con la propia historia de la revolución soviética. Aún así, es una película interesantísima, quizá una de las últimas películas mudas en las que el lenguaje cinematográfico empleado resulta de un gran interés.

La historia se centra en un argumento aparentemente intimista, aunque de fondo la historia trata un acontecimiento histórico, como comentábamos. La comuna de París. El caso individual es el de una de las mujeres (atención porque el papel de las mujeres en el filme es bastante importante, tal y como remarca la secuencia en la que todas juntas se enfrentan a los soldados, intentando quitar los cañones apostados contra el propio pueblo; como importante fue el papel durante la propia revolución soviética) que mantiene una relación amorosa como uno de los soldados

La película bebe de manera evidente del cine y el montaje del director soviético Einsentein. La película combina un atrevido metraje que en los momentos más dramáticos demuestra un uso del montaje ejemplar. Por ejemplo, cuando el cineasta nos presenta a los soldados franceses siendo engañados por los líderes burgueses para que ataquen a su propio pueblo, es en ese momento cuando la película combina un acelerado montaje para acentuar la sensación de tormenta que está a punto de empezar y que puede palparse mediante el recurso empleado. Y a lo largo del montaje nos encontramos con numerosas secuencias parecidas, realmente el filme no tiene nada que envidiar a otras películas coetáneas.

La música es un elemento clave en el filme y una de sus grandes bazas. No en vano, la música la compone el mismísimo Shostakovich, uno de los referentes musicales de la primera etapa soviética (recordemos que el propio Shostakovich escribiría años más tarde una sinfonía durante la segunda guerra mundial, como oda a los defensores). Pero la banda sonora no se limita a una música programática que compone unicamente una música que acompaña a la historia, sino que en realidad juega un papel experimental muy interesante. Para empezar, la banda sonora pretende condicionar ideologicamente al espectador, siguiendo con la propuesta argumental. El mejor ejemplo de ello es la deformación que se realiza sobre el himno nacional francés. La película pretende presentar a los soldados como marionetas en manos de la burguesía, y el momento en que uno de los políticos suelta una soflama llena de nacionalismo pero vacía de contenido, es el momento en el que Shostakovich mezcla las notas del himno francés con las del can can de Offenbach, en una befa que resulta muy anticipada a su tiempo. En definitiva la película utiliza la música para denunciar el absurdo del nacionalismo, en contraposición con la lucha de clases.

En definitiva nos encontramos ante una obra que desafortunadamente es poco conocida pero que merece la atención de los más cinéfilos. Imposible rechazar un tándem en el que se mezcla lo mejor del cine soviético con Shostakovich.

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El mundo está loco, loco, loco (1963)

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It’s a Mad, Mad, Mad, Mad (World, 1962) se trata de una película cómica dirigida a principios de los años sesenta, una época fructífera para lo que sería tanto las nuevas maneras de hacer cine como para una comedia más fresca y alocada (recordemos el cine Beatle). El filme lo dirige Stanley Kramer, quien después de dos largometrajes de un calado mucho más profundo, como fueron Inherit the Wind (La herencia del viento, 1960) y Judgement at Nuremberg (¿Vencedores o vencidos?, 1961) se pasó a la comedia, que no había trabajado antes en su filmografía. Por cierto, del argumento del filme se haría una especie de remake, Rat race (Ratas a la carrera, 2001) aún más burdo y exagerado que el filme de Kramer (y eso que este ya bordea los límites permitidos). Con un presupuesto de Blockbuster de la época, la película recaudó, 26 millones de dólares, el suficiente dinero para convertirse en un éxito. La película cuenta con un reparto lleno de actores y humoristas que eran de lo más famoso en la época, desde Milton Berle, Sid Caesar, Jonathan Winters, Ethel Meman hasta Mickey Rooney, por citar sólo unos cuantos.

El argumento de la película es bastante sencillo. En los dos primeros minutos del metraje, somos testigos de un espectacular accidente en una carretera perdida en el lejano oeste americano. Pero no sólo el espectador es testigo, también lo son los protagonistas de la película, que detienen sus coches para intentar ayudar al hombre que se ha visto involucrado. Este, en los últimos estertores, les cuenta que hay un botín suculento que se encuentra escondido en un lugar…Evidentemente, nuestros protagonistas, en vez de aunar fuerzas, compiten por ser los primeros en encontrar el tesoro. Y eso es todo, lo demás carece de argumento y se imbuye de lleno en lo que sería la acción trepidante y las persecuciones más surrealistas, aderezadas de engaños y trampas. No hay realmente un hilo narrativo, sino que siguiendo los slapsticks más clásicos, la película es una sucesión de gags.

Se nota en todo caso, que el filme es puro Hollywood, en el sentido de que a pesar de que algunos críticos han aprovechado el filme para hablar sobre la condición humana (Y es cierto que la premisa principal puede dar pie a que se desarrolle en este sentido) en realidad la película es puro entretenimiento y humor, sin más pretensiones. No es casual, que el mayor referente del filme para provocar comicidad sea el slapstick (no en vano además aparece el propio Buster Keaton, uno de los padres del subgénero, en un pequeño cameo; también podemos citar las persecuciones de Mack Senett como un referente evidente de la película1) y no otro tipo de humor.

El problema principal del filme es que el metraje es desmesuradamente largo para la historia que nos quiere contar. Más de dos horas y media de película obligan a los guonistas a acabar abusando de ciertos tics que son totalmente repetitivos. Las persecuciones acaban agotando al espectador, y el humor bordea peligrosamente la imbecilidad. Ver por enésima vez un accidente o los tics exagerados e histriónicos de los actores puede resultar cansado.

Además, la película tiene diversas líneas argumentativas, y algunas funcionan más que otras. La trama de Spencer Tracy (en un papel cómico en el que no acaba de cuadrar) resulta bastante decepcionante, y no llega a causar ningún tipo de comicidad. Quizás porque el papel no está bien matizado, o porque el filme sale del slapstick durante sus intervenciones, pero no funciona en ningún momento. Otras sí resultan mucho más interesantes, como el gag del avión, las peripecias que sufren algunos grupos (como el inglés y su compañero) e incluso las secuencias finales, llegando todos juntos hacía el lugar donde está enterrado el tesoro.

En definitiva, El mundo está loco, loco, loco es una película que a pesar de que es un buen homenaje al cine mudo más cómico, no acaba de llegar a las más altas cimas que ese cine nos ofrecía. Es un entretenimiento estupendo, pero se queda lejos de las obras del propio Kramer, mucho más complejas. 

1BALIO, Tino, United Artist, Volume 2, 151-1978: The company that changed the film industry, Ed. University of Wisconsin, p.141, Wisconsin 2009

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Virgen a los 4o (2005)

 

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The 40-year old virgin (Virgen a los 40, 2005). Aquí es donde empezó todo, por lo menos si a la experiencia en la gran pantalla de Judd Appatow nos referimos. Un referente, nos guste o no, en lo que se refiere a la comedia popular y mainstream norteamericana se refiere. No sólo por su trayectoria cinematográfica, sino por la gran cantidad de actores y personajes que apareciendo en sus películas, han conseguido seguir un sello cercano al del propio Appatow (Seth Rogen, Jonah Hill..incluso el James Franco con su vis cómica) pero también llevándolo mucho más lejos y creando una nueva comedia. Todos, como es bien sabido, surgieron de la serie de televisión iconica, Freek and Geeks (Freek and Geeks, 1999) donde el propio Appatow (entre otros creadores, como Paul Feig) participó de su realización.

El título del filme no deja lugar a dudas, y es tan directo como el humor del mismo. El argumento parte de una premisa tan sencillísima como jugosa: Steve Carrell interpreta a un personaje que a pesar de tener cuarenta años, sigue siendo virgen. Todo es marca de la casa, sin duda alguna: Un argumento que parte de una cotidianidad a la que aparentemente se le añaden unas gotas de estridencia, pero que en realidad trata temas bastante comunes. El director siempre utiliza temas cómicos que le son muy cercanos al espectador y con los que puede conectar perfectamente. Por ejemplo, las reuniones masculinas (Hablando de masculinidad…¿Puede que Virgen a los 40 sea la versión masculina y freak de una película romántica?) que aparecen en el filme después de que el personaje que interpreta Steve Carell les cuente a sus compañeros el problema que tiene, pueden recordarnos cualquier charla cotidiana con los amigos. Está claro que a lo largo del metraje seremos testigos de la “aventura” del personaje principal por perder la virginidad.

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El humor del filme no está pensado para ser revolucionario ni siquiera “Molestar” en exceso. Sí, es cierto que el ratio de locuras y palabras malsonantes es bastante elevado. Pero el toque Appatow, está más que presente en esta, su primera cinta, que precisamente es el pilar de todo lo que vendría después. Y es que el cine de Appatow tiene un concepto bastante simple de comprender: Por más que la cáscara que envuelve a la película intenta ir a contracorriente y en cierta medida, ofender a cierto tipo de público, en realidad Appatow y sus argumentos románticos son más blandos que muchas de las películas que protagonizan actrices como Jennifer Aniston o Julia Roberts. La ternura y el mimo son más que obvios en la película. Secuencias como la de Carrell corriendo en bicicleta mientras suena la canción ochentera de Asia, The Heat of the Moment lo atestiguan. Aquí hay un adolescente que no ha crecido, y que a pesar de vestir chupa de cuero, en el fondo tiene buen corazón.

El problema es que a la película le sobra metraje que resulta a todas luces innecesario, porque no aporta nada a la película. Una vez se ha desvelado la broma, empieza a perderse frescura poco a poco, porque desde el primer minuto sabemos como va a acabar la película. ¿Por qué? Pues porque como ya hemos dicho, Appatow no es un rupturista. Sabe perfectamente como complacer al público medio (o quizá es que él mismo forma parte de ese público medio) y sabe que todo tiene que tener una historia con final feliz. Por ello, sabemos que desde el momento en que el protagonista conoce a la que evidentemente será la mujer de su vida, terminarán juntos. Sin embargo, la película estira estúpidamente las partes de comedia (que desde entonces ya no causan tanta comicidad, pues no dejan de ser una repetición de lo ya visto), con números que resultan aburridos y extenuantes. Además la obviedad es demasiado cargante. Por cierto, a la película se le nota el quehacer de Appatow dentro del ámbito televisivo con escenas donde el gag aparece rompiendo con la narración (Escenas de secundarios que teóricamente no aportan nada nuevo a lo que se está contando) y que en algunos momentos funcionan (especialmente en la tienda, y que en parte parecen recordar a otros filmes como Clerks de Kevin Smith) y en otros no.

Grandes actuaciones cómicas, tanto por parte del protagonista principal (genial como casi siempre, Carrell) como la de protagonista femenina, interpretada por Katherina Kenner y que forma la pareja comedida dentro del desorden generalizado que son los personajes masculinos del filme. Igualmente el elenco de amigos del personaje de Carrell también cuentan con un interesante papel (destacamos a Seth Rogen). Y por supuesto, magistral aparición de algunos secundarios, como el pequeño papel de Jonah Hill (una lástima que no tuviera una participación más duradera).

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Rogue One : Una historia de Star wars (2016)

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Dantesco espectáculo el que nos ofrece la última película basada en el universo de Star Wars (una saga moribunda artísticamente hablando, que se levanta como los zombies cada poco tiempo para remover los bolsillos de los espectadores) Rogue One: A star wars story (Rogue One: Una historia de Star Wars, 2016) Una película sin alma con el único propósito de hacer dinero. A pesar de que en parte se puede exculpar a su director, Gareth Edwards (la productora puso la tijera y se recortaron varias escenas) pero no es menos cierto que la película es un absoluto desastre.

Y eso, que parece que la película empieza bien, con algo que contar. El flashback nos introduce a la protagonista principal, e incluso se disfrutan las raíces westerniananas de las que hace gala la primera secuencia (de las mismas de las que bebe Malditos bastardos, con quien también la podemos comparar). Sabemos lo justo y necesario del personaje que interpreta (en prácticamente todo el metraje, exceptuando esta secuencia inicial) Felicity Adams. Sin embargo, no es más que un espejismo. La lírica de las primeras secuencias se convierte en cuestión de minutos en una montaña rusa de efectos especiales y guiños al universo Star Wars. Pronto, nos encontraremos con un fan service totalmente descarado, que lo único que pretende es vender, a costa de sacrificar lo que podría haber sido una historia más adulta (por momentos parece que se va a abandonar el tono Disney, pero en el fondo la película es igual de adulta que lo que eran los filmes de Lucas). Ver Rogue One es lo mismo que ver pintarse la pared de una casa, la más pura intrascendencia.

Una película de acción, que parece más destinada a promocionar algunos videojuegos de la propia franquicia de Lucas que no a establecer una historia. La película se podría haber contado perfectamente en treinta minutos. Puedo llegar a entender a todos aquellos entusiastas que gozaron de las escenas de acción, pero les remito a que vean la película tranquilamente en casa y la analicen con frialdad. Continua sucesión de tiroteos donde la pirotecnia se impone por encima de cualquier otro propósito. Por este motivo, importa poquísimo lo que le pase a los protagonistas. Que mueran o no nos produce la misma sensación que el fallecimiento de un enésimo stormtrooper (por no hablar de que el propio guión no es demasiado sutil en ocultar el futuro de los protagonistas). Si hago la pregunta…¿De qué va la película? Nadie sera capaz de responder. Hay tiros, bombardeos, algo de fuerza por aquí, referencias (obvisimas, incluso para alguien que no es un auténtico fanático, pero hasta yo recuerdo a los dos de la cantina de la primera entrega) pero no hay una auténtica historia detrás. Al servicio del fan como decíamos, con escenas tan innecesarias como la aparición de Darth Vader, que lo único que pretende es buscar el aplauso fácil (quizá la última secuencia esté algo más justificada).

Pero si ya no entiendo el Hype, lo que aún menos puedo entender es como un auténtico seguidor de la saga es capaz de aceptar el sacrilegio que se comete con Peter Cushing. Porque ya no estamos hablando de cine o no, estamos hablando de pura ética. ¿Cómo se puede faltar el respeto a la memoria de una persona de esta manera? Bueno, la respuesta es sencilla, dinero. Auténtica aberración, que además abre una puerta para futuras obras (con la propia saga ya se ha dicho que con Carrie Fisher no se haría, claro el cuerpo parece que está aún caliente…Pero…¿Qué diferencia hay?).

¿Qué las secuencias de acción están bien rodadas? Sí, era lo mínimo que se le podía exigir a la película. Pero muy lejos queda la magia de las películas originales. Si el episodio VIII era una reimpresión fotograma a fotograma del episodio V, en esta nos encontramos con una película dedicada por entero al género de acción, que se limita a conectar diversas secuencias de acción sin más. Y eso que apuntaba maneras.

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