¡Arriba Hazaña! (1978)

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A pesar del gran éxito que tuvo ¡Arriba Hazaña! (¡Arriba Hazaña!, 1978)[1] en el momento de su estreno, a día de hoy el filme ha quedado totalmente ignorado. Pudiera ser que este destierro se deba a que el director del filme, José María Gutiérrez Santos apenas pudo labrarse una carrera cinematográfica sólida (sólo cuenta con tres títulos en su trayectoria contando con esta) pero también hay que indicar que ¡Arriba Hazaña! Es una película fácil de olvidar. Porque al igual que muchas otras películas de la transición, tocan una llaga que a muy pocos les interesa abrir.

La película se puede leer de dos maneras. Una de ellas, la tradicional, es analizar el filme como una denuncia de la enseñanza religiosa. Sin embargo, quedarse sólo con esto sería un tremendo error, pues la película va más allá, elaborando una clara metáfora política (en ocasiones, como veremos más adelante, demasiado burda) del régimen franquista hasta la transición democrática.

La película que adapta la novela de José María Vaz de Soto, nos presenta una serie de jóvenes que viven semirecluidos en un colegio de curas. Ahí se encuentran con el férreo mandato de un cura, interpretado por Fernando Fernán Gómez, que intenta implantar unos métodos militares a los muchachos, utilizando la represión en todo momento. Por otra parte, el director del colegio, interpretado por Héctor Alterio, trata de utilizar otros métodos más suaves, que se basan en el pacto con los estudiantes.

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Sin embargo, los estudiantes, liderados por algunos de los jóvenes más mayores, como los que interpretan Andrés Isbert, Iñaki Miramon o Enrique San Francisco, empiezan a tomar conciencia de su situación, y a unirse como colectivo. Su respuesta será una escalada de violencia que parece no tener límites.

La lectura política es bastante evidente. El personaje de Fernando Fernán Goméz representa la autoridad del franquismo y sus métodos más represivos. Este personaje no tiene miedo en castigar a la clase entera, aunque hayan inocentes entre ellos, si con ello consigue castigar al culpable (método totalmente contrario al del personaje de Héctor Alterio). Sin embargo la película no tiene reparos en utilizar la brocha gorda (una de sus constantes habituales) para definir a los personajes. Es el caso de este mismo personaje, que aparece en clase con ni más ni menos que el libro de la Legión en sus manos. Como si el espectador no hubiera entendido por si sólo los aires militaristas que envuelven a este personaje.

La traza gruesa y cierta condición maniquea también aparece en los propios protagonistas. No ya sólo resulta inverosímil ciertos personajes de estudiantes, que realizan discursos totalmente fuera de su alcance, sino que la película parece simplificar el conflicto dividiendo en bandos. Sólo hay una escena que nos puede hacer pensar algo diferente en este aspecto (los Estudiantes agrediendo a uno de los suyos, cosa que por cierto les reprocha el nuevo director) pero no resulta demasiado concluyente.

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Y Finalmente, llega la democracia. No hace falta ser demasiado suspicaz (y aquí la película vuelve a caer en una simplificación, tomando al espectador por tonto) para ver que el último de los directores interpretados por José Sacristán es una clara alusión a Adolfo Suárez. Físicamente ya vemos que tiene bastantes diferencias con sus predecesores, pues se trata de un tipo joven, que incluso viste de manera diferente a como lo hacen los curas. Pero además, al igual que la transición, propone un claro diálogo con los estudiantes. Por si fuera poco, la película aún va más allá en su investigación política, aludiendo a la transición como un período poco dulce, que tuvo sus contradicciones. En este caso, los antiguos alumnos que fueron expulsados para que se pudiera llegar al diálogo, nunca son reinsertados. En España, fue una transición que heredaría durante largo tiempo dejes del propio Franquismo.

Ciertamente el filme introduce algunos elementos graciosos, que además tienen una significación especial. El Anarquista interpretado por Enrique San Francisco, un auténtico personaje en todos sus sentidos, o los eslóganes escolares para escoger delegados, que no dejan de ser los mismos eslóganes que se utilizaron durante la transición democrática.

Un punto totalmente en contra del filme es su pobre factura. La Fotografía no sólo parece hecha de manera aleatoria, sino que no busca ningún trasfondo más allá de un anémico verismo.

[1] José María Caparrós Lera,  El cine español de la democracia: de la muerte de Franco al “cambio” socialista (1975-1989), Ed. Anhtropos, Madrid 1992, pp. 158. Este libro, que forma parte de lo que podemos considerar como historiografía tradicional sobre el cine de la transición, también realiza una lectura negativa del filme.

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