007: Alta tensión (1987)

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The Living Daylights (007: Alta tensión, 1989; una traducción muy a la española, todo sea dicho) es una de las películas de la saga Bond más olvidadas. En parte, porque forma parte de una dupla de películas (la otra es License to Kill) interpretada por uno de los Bonds menos conocidos, Timothy Dalton (sólo superado en su escasa popularidad por el australiano George Lazenby). La película no es realmente terrible como cinta de acción, y Timothy Dalton le dota una interesante personalidad a su personaje (diferente a la de los anteriores Bonds), pero al filme le pesa una segunda mitad absolutamente soporífera, que hunde totalmente la película en la mediocridad. Por otra parte, la película consiguió una recaudación aceptable, en Estados Unidos (y más en UK), lo que rompe un poco con el tópico de película “maldita”.

El argumento no es realmente complejo. Nuestro Bond se embarca en una aventura por Centroeuropa que le pondrá en la pista de una peligrosa conspiración de la KGB, que pretende eliminar a todos los espías que se encuentren en su camino. Después de varios viajes por Europa (algo que también es una de las señas de identidad de la saga), nuestro protagonista llegará al mismísimo Afganistán, donde deberá enfrentarse a las tropas soviéticas. No lo hará sólo evidentemente, sino que en todo momento contará con la ayuda de la “chica Bond”, personaje arquetípico que no puede faltar en cualquier película de la saga. En este caso, el personaje es una chelista checoeslovaca, interpretada por Maryam d’Abo. Nos encontramos, desafortunadamente, con otro caso de mujer florero, que apenas tiene un peso crucial en la película, más allá de lucir palmito, a excepción quizá del último tramo que transcurre en Afganistán.

Lo cierto es que además, se nota que con Timothy Dalton se inauguraba una nueva etapa mucho más seria (más incluso que la que encarnaba Sean Connery), y el Bond socarrón y jocoso que encarnaba Roger Moore deja paso a un espía con una licencia para matar que no dudará en usarla. Que es la última película antes de la caída de la Unión Soviética se nota en el filme (además, hemos de recordar que en aquellos momentos finales de la década de los ochenta, la política del Reino Unido era totalmente contraria a la de la URSS) porque recupera el espíritu político de las primeras películas.

Efectivamente, los malos vuelven a ser los rusos, aunque con algunos matices. Parece que la película es sólo especialmente crítica con la intervención soviética en Afganistán. De hecho, no era la primera vez que el cine occidental se hacía eco de dicha guerra, y hemos de citar aquí las célebres películas de la saga Rambo (más en concreto, la tercera entrega). Porque si Rambo era una oda (literalmente según el filme) que defendía a los muyahidines, aquí nos volvemos a encontrar con que nuestro espía secreto se pone en contacto y apoya a dichos grupos armados contra la invasión soviética. Algo que no deja de ser más que bochornoso en estos tiempos que corren, donde somos testigos de las consecuencias políticas que tuvo aquel apoyo al fundamentalismo islámico. Al igual que en la saga de Stallone, en 007: Alta tensión, los rebeldes afganos son presentados como “luchadores de la libertad”, y las referencias religiosas que profesan son totalmente aligeradas, con lo que apenas queda descrito el extremismo de estos personajes.

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Pero más allá de connotaciones políticas, lo cierto es que el problema principal del filme es esta segunda parte en Afganistán, que no pega ni con cola con el resto del metraje. La primera intervención de Bond en la película, con la ya mítica introducción propia de la saga, es buena (que no excelente) y levanta las suficientes expectativas como para poder hacernos creer que nos encontraremos ante una correcta película. Sin embargo, el Bond de Afganistán no deja de ser una ensalada tradicional de tiros, sin ton ni son, donde los efectos pirotécnicos se imponen a cualquier lógica.

Y la obra no tiene demasiados defectos en los que se supone que es el ámbito principal en el que juega la película. Las secuencias de acción funcionan en su mayoría, como es el caso de la introducción, o las que tienen lugar en la nieve, con persecuciones en su mayoría bien rodadas. Por otra parte, nos encontramos con los elementos habituales de la saga, la aparición de Q y sus artilugios de última tecnología, así como los vehículos de alta gama. Nada demasiado destacable, ni para bien ni para mal.

Finalmente hay que añadir que Timothy Dalton cumple como Bond. Aporta un toque mucho más oscuro al personaje (aunque eso quedaría más patente en la segunda entrega de Dalton como Bond, en Licencia para matar) que sirve para añadir nuevos matices en comparación con otros actores. Resulta una lástima que el actor no pudiera encarnar más veces el personaje, porque nos dejó con la duda de si hubiera sido capaz de convertirse en uno de los Bonds más icónicos.

 

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Shocker, 100.000 voltios de terror (1989)

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Shocker: No More Mr. Nice Guy (Shocker 100.000 voltios de terror, 1989) se trata de una curiosa película de terror dirigida por el maestro del horror, Wes Craven, que trata de relatarnos la historia de una lucha mortal entre dos personajes, un joven adolescente y un psicópata venido de ultra tumba. A pesar de que se trata de una película resultona, en el momento de su estreno no consiguió despertar el interés del público, y no fue hasta tiempos más actuales en los que la película ha conseguido el estatus de película de (semi) culto.

El argumento, es un poco enrevesado si lo comparamos con otros filmes de terror. Nuestro protagonista, interpretado por Peter Berg, es un adolescente típico, cuya pasión es el rugby. Sin embargo, en un entrenamiento se golpea fuertemente la cabeza, y ojo con esto, adquiere una conexión (sin que sepamos porque) con un asesino en serie, Horace Pinker (interpretado estupendamente por Mitch Pileggi). Nuestro joven es capaz de adivinar los futuros crímenes del asesino, y a partir de ahí despega toda la trama…

No nos encontramos ante una mala película, pero el problema es que a Wes Craven se le ven las intenciones a leguas. Porque Shocker, 100.000 voltios de Terror, no deja de ser un intento de emular de manera descarada lo que el propio cineasta había conseguido años antes, con el estreno de A Nightmare on Elm Street (Pesadilla en Elm Street, 1984). Y es que los paralelismos entre el mítico Krueger y Horace Pinker, son más que evidentes. El personaje que interpreta Mitch Pileggi, de Shocker es prácticamente un calco, que Craven perfila al igual que Krueger como un asesino en serie icónico, que continuamente intercala toques cómicos en sus frases. Sin embargo, todo el filme huele a un deja vú continuo (por ejemplo, hay algunas partes en las que al igual que con Krueger, la película juega mezclando la fantasía con la realidad), y el guión no consigue llegar al nivel de las mejores películas de Craven.

Al igual que en Pesadilla en Elm Street, el cineasta añade numerosas notas de humor, que aligeran la película y que si bien pueden resultar chocantes para cierto tipo de público, a la mayoría de aficionados al terror les encantará. Es cierto que buscar lecturas sobre la complejidad de algunas secuencias es un tanto absurdo (algunos han visto una crítica a la televisión en el tramo final, algo que me parece una exageración interpretativa), pero algunas son realmente delirantes, caso de los últimos diez minutos, donde Craven pierde el oremus y nos presenta una lucha entre los dos personajes principales por diferentes canales de televisión, en un absurdo que no requiere lógica, sino todo lo contrario.

Lo que está claro es que a diferencia de otros filmes de terror de la década, Shocker, 100.000 voltios de terror es un filme original. Quizá eso fue una de las cosas que produjo su olvido, inmerecido por otra parte. Podríamos calificar la película como un Slasher, pero hay ciertas diferencias que nos deberían inducir a pensar que hemos de tener cuidado con esta etiqueta. Para empezar, la estructura del filme, la cual es realmente extraña, pues la introducción se alarga prácticamente una hora, y lo que en teoría es el nudo (por lo menos, así es como apareció publicitado en su momento) empieza bastante tarde. Por otra parte, el personaje “bueno” del filme, no es una Final Girl, como es lo habitual en él subgénero, sino que nos encontramos ante un personaje protagonista masculino (aunque sí es un adolescente). Además, el Body Count no aparece definido con precisión, en cuanto no hay un grupo de personajes secundarios a los que Horace Pinker va eliminando uno a uno (aunque si hay momentos de escabechina entre secundarios). Parece como si Craven hubiera tratado en su momento de redefinir las reglas del género, pero no acabara de rematar en su intento.

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La película tiene sus momentos y la mano de Craven se puede notar en algunas secuencias, por ejemplo, en la presentación del filme, que ya delata las intenciones “cañeras” del filme. De hecho, la banda sonora de la película es una parte fundamental de la pieza, y le da una esencia singular, con numerosos temas de metal que por parte de Craven pretenden servir a la creación de un malvado, totalmente reconocible (y para ello, añadirle un género de música en concreto, muy en boga a finales de los años ochenta, parecía lo más adecuado).

En definitiva, Schoker, 100.000 Voltios de terror no es un mal filme, pero se queda a medio gas y es evidente que Wes Craven falló en su objetivo principal, que era el de crear un icono del terror que se pudiera comparar con la que hasta entonces era una de sus mejores creaciones, como Freddy Krueger.

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Jason y los Argonautas (1963)

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Seguramente, por lo que conocemos actualmente el filme que firmó Don Chaffey, Jason and The Argonauts (Jason y los Argonautas, 1963) no es por su gran trama, ni por la puesta en escena de su director, ni siquiera tampoco por las interpretaciones de sus actores (ahí está por ejemplo como actor principal, en el papel de Jason, el hoy en día olvidado Todd Armstrong) sino por los efectos especiales, que fueron diseñados por el célebre técnico en efectos especiales, Ray Harryhausen y que se convirtieron en su momento en un icono del cine de serie B. Viendo el filme ahora pueden parecer un tanto desfasados, pero guardan, sin duda, un carisma especial. El filme tuvo un éxito de público considerable y en nuestro país la película no se distribuyó hasta el 1981, con prácticamente veinte años de diferencia, porque la sucursal de la Columbia había clausurado en el 1964[1].

La película, que sigue la estela de los filmes coetáneos italianos del género Péplum, se ambienta en una edad mítica, que se inspira vagamente en el mundo mitológico griego (la obra sigue más o menos el texto de Apolonio de Rodas), pero que se toma en realidad numerosas licencias para hacer el producto más comercial. El caso más claro lo encontramos en el personaje de Hércules, que aparece en el filme en un cóctel extraño, que tiende a mezclar diversos elementos dispares. Tampoco es que sea una grave afrenta, puesto que no estamos hablando de una película histórica, sino que simplemente Chaffey escoge esta carcasa porque luce mejor para las auténticas intenciones del filme, que no son más que las del puro entretenimiento. El filme, como decíamos, está hermanado con los productos italianos que se estaban realizando paralelamente, sólo que en este caso la producción es británico-americana, y eso se nota bastante en la estética del filme, mucho más cuidada que en otras.

La película se basa en la leyenda de Jasón y los Argonautas, y la película nos presenta el viaje del héroe en busca del Vellocino de oro, aunque con algún elemento particular (como ya hemos dicho, la inclusión de un Hércules, que en el filme aparece como un hombre adulto y de aspecto envejecido). En realidad el filme de Chaffey es una película de aventuras de tomo y lomo, que no hay porque negar que tiene algunos momentos de evasión realmente buenos. Eso sí, para ello antes deberemos entrar en sintonía con la propuesta.

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Pero sí, aquí la estrella principal es Ray Harryhausen y los modelos que elaboró que aparecen en la película, y que no son pocos. Desde el titán Talos, las arpías (quizás estas son las que hoy en día puedan parecer más desfasadas), o los míticos esqueletos, que por otra parte están reaprovechados del filme The Seventh Voyage (Simbad y la princesa, 1958), las pequeñas criaturas de Harryhausen llenan completamente la pantalla.

Por lo demás, nos encontramos ante una película que se disfruta pero que se queda a medio gas. La película sigue la estructura de otras películas de aventuras, donde los hechos se van acumulando, en una especie de ir superando las cada vez más grandes adversidades, como si por tener una suma de múltiples monstruos y criaturas aumentara la calidad de la obra. Además, el final del filme es demasiado apresurado, y se cierra de golpe y porrazo, justo después de que Jason ponga pies en polvorosa ante los esqueletos de Harryhausen.

Al ser una película descaradamente dirigida al entretenimiento, poco se puede rascar más allá de la capa superficial de efectos especiales que envuelven Jason y los Argonautas. De hecho el propio argumento del filme oculta los hechos trágicos que aparecían en la mitología original, entre Jason y Medea, porque obviamente romperían con el tono principal. Resulta interesante destacar el papel del rey, que pérfidamente trata de enviar lo más lejos posible a Jason, o el de los Dioses ante Jason, pero incluso este último, en parte por la propia interpretación del actor, aparece como un carácter flojo y soso, del que la obra no consigue sacar ningún beneficio. Todo el carisma se debió quedar en los efectos de Harryhausen, porque lo que es nuestro héroe tiene una clara falta de atractivo.

Por cierto, a diferencia de películas como contemporáneas, como la versión de Troya (Troya, 2004), de Wolfang Petersen, tiene el inteligente detalle de utilizar a los Dioses como realmente aparecían en obras mitológicas como la propia Ilíada, donde Zeus y los demás miembros del Olimpo juegan con los humanos, como si piezas de un juego de mesa se tratarán.

[1] DE ESPAÑA, Rafael, La Pantalla Épica: Los héroes de la antigüedad vistos por el Cine, Ed. T&B, Madrid 2009, p.278

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La Vida privada de Sherlock Holmes (1970)

 

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The Private life of Sherlock Holmes (La Vida privada de Sherlock Holmes, 1970) es en líneas generales, una oportunidad desaprovechada, que como indica el título de la película, nos presenta una historia protagonizada por el mítico personaje creado por el británico Arhur Conan Doyle, Sherlock Holmes. La película ya tuvo sus problemas en el momento de su producción, y parece que a Wilder no le dejaron explayarse artísticamente en demasía, además de tener varios problemas con el montaje, que fue mutilado por los productores, quienes trataron de montar el filme de una manera totalmente comercial y arruinando la visión personal de Wilder. De hecho al propio cineasta no le haría demasiada gracia hablar del filme el resto de su vida.

Hay dos partes bastante evidentes en el filme, y que se además se distinguen cualitativamente con suma facilidad. La primera de ellas, de menor duración, parece claramente atribuible a Wilder, en cuanto demuestra una potente personalidad, que va más allá del puro cine convencional y de entretenimiento, al que teóricamente asignamos cuando vemos una película del detective. Desgraciadamente, en la segunda mitad, la película se vuelve anodina e intercambiable con las decenas de filmes que también se basan en el personaje británico, e incluso peor a muchas de estas, porque la historia que presenta el filme carece de interés (el guión nos presenta una historia totalmente original y le falta la garra de algunas historias más célebres de Doyle, como El Sabueso de los Baskerville).

Porque parece claro, que el personaje de Holmes tiene unas connotaciones muy interesantes y diferentes a las que los filmes más prototípicos nos tienen acostumbrados en esta primera mitad. No nos encontramos un caso a resolver por parte de nuestro investigador demasiado llamativo, sino más bien al contrario, Wilder pretende desmitificar al personaje mostrándonos su cara más privada, lejos de las historias detectivescas y tratando de resolver menudencias (por ejemplo, pretenden que haga ni más ni menos que un hijo a una bailarina rusa). Por eso en parte causó tanta aversión en su momento, porque ver a Holmes haciendo el payaso en su casa con su siempre fiel amigo Watson, no parecía algo muy elegante para el público británico. Pero además, la película insinúa una homosexualidad latente en el protagonista, que rechaza a una mujer mientras siembra dudas ante su relación con Watson, al que no le dice ni que no ni que sí. Y también se nos presenta un Holmes que parece tener una adicción a la droga, algo que a pesar de que sí aparecía en las obras originales, era comúnmente ocultado en los filmes.

Sin embargo, la segunda mitad del filme tira todo lo conseguido por la borda, creando una historia estúpida donde incluso el guión añade unas notas de folclorismo vergonzoso, como es la historia de Nessie y el viaje a Escocia. Todo lo que hasta el momento había sido un humor que funcionaba en muchas direcciones, se convierte en rutinario. Sentimos incluso lástima por Holmes, porque el guión pretende desmentir lo anteriormente comentado y tratar de juntarlo con la protagonista femenina, a pesar de que ambos personajes no tienen química.

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También hay que decir que a pesar de que Robert Stephens hace una buena interpretación, el espectador no puede olvidar a Basil Rathbone, quien siempre quedará en la memoria como el Sherlock Holmes cinematográfico por excelencia. Como el fiel Watson tenemos a Colin Blakely. En realidad Wilder no quería a caras conocidas para los papeles y principales, y entre los secundarios podemos citar al incombustible Cristopher Lee. Por otra parte, el personaje femenino que interpreta Geneviéve Page no tiene una historia más allá del cliché del de dama de la época.

La película está eso sí, lo suficientemente bien ambientada y la historia recreada como para que sea disfrutable durante su montaje, ni que sea como pasarratos. Si el espectador consigue aislarse de esta segunda mitad del metraje y hacer oídos sordos a los diálogos, podrá disfrutar de unos bonitas imágenes decimonónicas, tanto de postales Escocesas (incluyendo al monstruo Nessie) como de alguna imagen más llamativa del Londres Victoriano, asediado por la niebla, sin duda la imagen más bella del filme.

La Vida privada de Sherlock Holmes es una película que podría haber dado mucho más de sí. Le falta garra, un guión que no tratara de obviar el material literario original y que los responsables de producción no hubieran malmetido haciéndose pasar por lo que no son directores. Ver a Holmes y Watson hacer el pazguato proporciona algún momento jocoso, pero de Dios siempre se espera algo más.

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La calle sin sol (1948)

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A pesar de que hoy en día sólo conocemos a Rafael Gil por los esperpentos casi apologéticos del régimen franquista realizados durante su última etapa, lo cierto es que en su filmografía encontramos algunas obras interesantes, que, paradójicamente, van en mejoría a medida que nos retrotraemos más en el tiempo. Una de sus mejores películas es La Calle sin sol (La calle sin sol, 1948), rodada pocos años después del fin de la segunda guerra mundial. Sin embargo, gran parte del mérito del filme no sólo recae sobre Gil, sino también sobre Miguel Mihura, una de las figuras artísticas españolas más importantes del siglo pasado, quien realizó el guión de la película, a pesar de que no llegó a firmarlo[1].

La película nos presenta a un personaje de origen francés, Mauricio, interpretado por Antonio Vilar, que llega a Barcelona después de haber huido de su país, Francia, no sé sabe muy bien porque. A su llegada en Barcelona, se instala en un hostal, donde conoce a una joven, interpretada por Amparo Rivelles, de la que rápidamente se enamora. Sin embargo, se produce un trágico asesinato en la ciudad, y parece que las pruebas incriminan a nuestro extranjero.

Existen dos géneros que cohabitan en el filme, el drama con tintes románticos y el cine negro. Por una parte, la relación de amor que se establece entre los dos personajes protagonistas y que aparece retratada según los cánones de la época. Vista hoy en día se nota que Mihura parece inspirarse en los diálogos en ciertos aspectos de la comedia romántica sofisticada del momento (se nota Capra en el ambiente), con dos personajes aparentemente ingenuos, aunque también es cierto que esto lo podemos decir especialmente por el personaje femenino (pues el personaje de Vilar tiene varias sombras, que parece planear sobre él y que son puestas por el guión para crear cierto suspense). Y por supuesto, nos encontramos con un filme que apuesta por el cine negro, ya desde el argumento, que presenta dentro de la propia trama, los elementos prototípicos como el crimen, un presunto culpable y una investigación policial, aunque todo ello pasado por la coctelera española de Rafael Gil (para comprobar que es una visión castiza, sólo hace falta comprobar el personaje del policía que sigue al asesino).

Y los aspectos de cine negro de la Calle sin Sol, son realmente jugosos. Podemos citar varios. Por ejemplo, el inicio del filme parece claramente inspirado en filmes del estilo, mostrándonos la huida de nuestro protagonista por Francia. Pero también con la ambientación del filme, porque a pesar de que transcurre en Barcelona (o se supone que transcurre, porque en realidad muchos escenarios huelen a kilómetros a estudio) la película se ambienta en un barrio de mala reputación (el barrio chino). De hecho el propio título de la película hace referencia a la calle principal de la película, donde el sol sólo llega a pasar durante un tiempo minúsculo, lo que es una clara metáfora.  Por no hablar también de la propia trama de la obra, con claros tintes detectivescos o el juego de suspense que nos hace dudar de la inocencia de nuestro personaje protagonista.

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A pesar de la época, hay varias reflexiones que se pueden enlazar con la situación política del momento, no sólo española, sino europea. Nuestro protagonista en realidad está huyendo de las consecuencias devastadoras de la guerra, y de hecho está misma aparece mencionada en diversos momentos de la película. La película radiografía bastante bien todo este ambiente de posguerra, tanto mundial como local, por lo menos hasta donde permitía la censura. Los claroscuros del personaje masculino contrastan enormemente con la luminosidad de la protagonista femenina (por otra parte, mucho más desdibujada, siguiendo los estereotipos del momento, más simple), que parece siempre guardar un oscuro secreto. La narrativa del filme, que sirve también para incrementar el suspense y generar dudas en el espectador, también ayuda a crear una telaraña intrigante en torno a su figura.

Si el tono general de la película evita relacionarse con lo peor del cine español de la época, no se puede decirse lo mismo del final, que es totalmente folletinesco. Parece como si la película se viera en la obligación de tener que señalar a unos culpables (más en la línea ideológica del régimen; como lo es el personaje del pobre) para tener una vía de escape frente a lo que ya resultaba “peligroso” del resto del filme. Pero lo cierto es que la secuencia de la pelea y el incendio están resueltas de manera bastante burda, y además rompen con el tono de la obra.

[1] MOREIRO, Prieto Julían, Miguel Mihura: humor y melancolía, Ed. ALGABA,  Madrid 2004, p. 264

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Entre Copas (2004)

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Sideways (Entre Copas, 2004) se trata de la película que lanzó definitivamente a la fama al cineasta Alexander Payne, quien ya había presentado sus credenciales con una película de tono parecido, About Schmidt (A propósito de Schmidht, 2004; donde también se reflexionaba sobre el paso del tiempo con un personaje con aura de fracasado, sólo que con una edad generacional más de la que aquí nos atañe). Entre Copas consiguió numerosas nominaciones y premios, entre los que podemos destacar el Oscar que obtuvo por mejor guión adaptado o el globo de oro a mejor película. En su tiempo, el filme que no era considerado como una gran super producción (los actores son solventes, pero no tienen el nombre de grandes estrellas de Hollywood, con lo que podríamos denominar en un principio al filme con la etiqueta de Indie, aunque en realidad es una mezcla inteligente de ambos tipos) consiguió levantar bastante revuelo. A diferencia de A propósito de Schmidt, donde Payne escribía él mismo el guión, Entre Copas está basada en la novela de Rex Pickett.

El concepto es aparentemente sencillo (Low concept) y no hay nada demasiado complejo, demasiado ficcional, en el filme. Eso sí, desde luego Entre Copas no es una película al uso. De hecho puede dejar descolocado a más de uno, que espere una película ágil o lo que entra dentro de lo conocido como “entretenida”. Más bien la película opta por un tono realista, que haciendo un símil con el propio argumento de la película, es como un vino que se toma su propio tiempo de maduración, para ofrecer la mejor selección posible.

El argumento es el siguiente: Paul Giamatti interpreta a un hombre divorciado, escritor fracasado, quién tiene a un amigo, interpretado por Thomas Haden Church, actor de segunda fila, que se va a casar en breves. Como despedida, los dos deciden realizar un viaje, que si bien en principio debería ser tranquilo, dedicándose sólo a beber vino de bodega en bodega y jugar al golf acabará convirtiéndose en algo bastante movido.

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La película sabe adaptarse a diferentes tonos, tal y como la vida misma. Del drama a la comedia, indistintamente (llegando a culminar con éxitos en las dos facetas). La película se sirve del género del road movie para ofrecer, como es habitual, un viaje transformador, que cambia la vida de los dos personajes, pero también como una pequeña odisea contemporánea. Decía antes que el filme no emplea la ficción y lo cierto es que la obra se apega tremendamente a la realidad, o mejor dicho, todo lo que disecciona el filme tiene un paralelo en la vida cotidiana del espectador.

Parece que la película, o quizá la novela en que está basada, se adentra en una etapa que podríamos denominar como de encrucijada vital. Nuestros protagonistas, que están dejando ya atrás su última juventud, se enfrentan a retos decisivos, que son los que marcarán el resto de sus vidas. Por una parte tenemos a nuestro protagonista, que se encuentra asfixiado en un mundo contemporáneo del que no comprende (de ahí sus rencillas con la actitud de su amigo, incluso intuimos algo de envidia, pues a él no le salen bien sus envites amorosos) y con el fantasma de la novela rondando constantemente…Claramente nuestro personaje se enfrenta contra la última oportunidad (según él) de pasar a la historia de la literatura, de ser algo más que un simple ser más en la tierra (véase la secuencia en la que termina hablando sobre el suicidio). Por otra parte tenemos al personaje que interpreta Thomas Haden Church quien tiene un dilema en el ámbito moral, pues se casa la semana que viene y no tiene demasiado claro su futuro (por no hablar de que tiene una moral mucho más laxa que su amigo). Además podemos incluir también a personajes secundarios, como las dos mujeres que en el fondo tienen bastante en común, pues ambas han superado una ruptura y no saben cómo enderezar sus vidas. Además, esta encrucijada tiene consecuencias también en el receptor, que comprenderá mucho mejor la película si ha pasado o lo está haciendo por unas circunstancias similares a las que cuenta el filme. Porque en definitiva, la película aborda la crisis de los cuarenta con todos los arquetipos dentro (pero no como meros clichés, sino bien desarrollados, incluso los personajes secundarios).

En los aspectos técnicos Payne y su equipo cumplen con solidez, siendo totalmente lógico con el tono de la película, y casi nunca siendo más estridente que el filme en su papel de director. Eso no quiere decir que el cineasta no sepa cuidar sus escenas, sino que podríamos decir que a pesar de la bella construcción de varias escenas, la cámara pasa siempre inadvertida. Pongamos por ejemplo el inteligente montaje que existe cuando el personaje que interpreta Giamatti le cuenta a su ligue lo que han venido a hacer en realidad. O las escenas finales en las que se desenvuelve la trama.

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Berberian Sound Studio (2012)

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Berberian sound studio (Berberian sound studio, 2012) se trata de una película de terror que homenajea, aunque muy a su manera, al subgénero nacido en Italia, el Giallo, con una película ciertamente curiosa. La película está dirigida por Peter Strickland y recibió numerosos premios y nominaciones en diversos festivales como Sitges o los British Independent Awards (en este último el filme consiguió el premio al mejor director y al mejor actor, Toby Jones).

Cuando uno lee el argumento del filme se da cuenta rápidamente del homenaje al cine que demuestra la obra (primero al cine en general y después al giallo en particular). Toby Jones (quien realiza una buena interpretación, quizá porque el guión pide un personaje que se ajusta muy bien a sus capacidades) es un técnico de sonido, especializado en cine, que recibe una oferta para trabajar en una película aparentemente de autor en Italia. Sin embargo, pronto se da cuenta de que se ha metido en una película de terror, y además parece que no quieren pagar a nuestro técnico, que sin embargo, acepta sumiso trabajar en la película.

Berberian Sound Studio es una película extraña, imposible de describir con palabras. Es cierto que el argumento es un homenaje al Giallo, pero el desarrollo de la película y sobre todo la técnica cinematográfica no recuerdan demasiado al género, a excepción de algún momento que evoca el cine de Dario Argento. Lo cierto es que la película de Strickland tiene más puntos en común con una obra de autor que pretende deconstruir y homenajear a partes iguales.

También se ha especulado bastante con el significado de la película. Como decíamos el argumento no es convencional y la película plantea numerosos interrogantes. Quizá incluso se pueda decir que va demasiado lejos en su estilo y el final es demasiado precipitado y pretencioso. Pero aún así puede observarse como la película plantea una clara evolución de nuestro personaje, que poco a poco va cambiando su personalidad. Al principio de la película, el personaje que interpreta Toby Jones es un técnico con una personalidad volátil e incapaz de enfrentarse a sus problemas. De hecho la película juega un poco con los estereotipos étnicos y culturales. Los personajes italianos son mucho más compulsivos, mientras que nuestro personaje, de origen británico, se encierra en sí mismo y es incapaz de comunicarse positivamente. El filme emplea numerosos ejemplos para consolidar este discurso: El billete de avión, que a pesar de que debe ser reembolsado, nuestro personaje no es capaz de que le devuelvan el importe (y lo marean de allí para allá con una burocracia muy típica del sur de Europa), el estilo de dirigirse personalmente a nuestro protagonista, que se siente continuamente intimidado, las múltiples fiestas en las que él no participa e incluso la dependencia emocional que tiene con su madre, a la que le escribe varias cartas…Pero a medida que avance el filme, nuestro personaje se irá latinizando. Y lo que es más importante, además también irá recogiendo esa maldad que es la misma que se encuentra en la película que están montando. Cuando comienza a rodar la película, él  ni siquiera sabe que se trata de una película de terror, y se queda horrorizado (valga la redundancia) cuando se da cuenta del material que tiene entre manos. La secuencia que ejemplifica todo esto es la de los efectos especiales con las sandías. Pero a poco el personaje se irá endureciendo, y llegará hasta el punto de convertirse en un ser sin escrúpulos, como su jefe, y haciendo todo lo posible por conseguir sus objetivos. Lo cierto es que media película es Toby Jones, que realiza una gran interpretación y consigue mostrar con acierto los dos perfiles distintos de su personaje. En definitiva, el argumento de la película mezcla correctamente dos historias (la del protagonista y la de la propia película, relacionada con la brujería y por lo que se puede intuir con varios discursos relacionados con el machismo de la época que se relacionarán con el propio presente) que llegan finalmente a confluir en el final de la película en una historia única.

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Y también habíamos citado a Argento, y a pesar de que la trama parece no tener demasiada relación, estéticamente si nos encontramos con algunos puntos en común. Por ejemplo, a Strickland le gusta jugar con imágenes poderosas, incluso diríamos que estridentes (Aunque nadie puede ganar a Argento en estridencia, y para ello sólo debemos recordar Suspiria) como aquella del cartel de Silenzio que se repite continuamente, o la de los objetos, normalmente alimentos, que son utilizados para realizar sonidos. La paleta de colores es utilizada de manera inteligente para, igual que Argento (aún que a una escala diferente) mostrar una discordancia terrorífica cuando le conviene al cineasta.

Por cierto, inteligentemente el filme no nos muestra ni un fotograma de la película que están montando, sino que únicamente el filme se sirve de los sonidos para crear una atmósfera terrorífica. Y lo cierto es que el filme lo consigue bastante bien, pues numerosas secuencias consiguen sugestionar al espectador, especialmente cuando deben de producir algunos de los efectos de sonido.

 

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