Círculo (2015)

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Circle (Círculo, 2015) es probablemente la peor película del año 2015, si exceptuamos pseudoproducciones Asylum y demás morralla de serie Z. La película, que ha pretendido ser vendida internacionalmente como cine independiente, es en realidad un aborto cinematográfico que no tiene reparos en aparentar ser un pastiche de diferentes películas, entre las más obvias, Cube (Cube, 1997) de Vincenzo Natali. Los responsables de parir (cinematográficamente hablando) dicho engendro son Aaron Hann y Mario Miscione, quienes además son también los responsables del guion.

Y es que los primeros minutos del filme pueden ser realmente de lo peor que se ha visto en el género de la ciencia ficción (el filme también toca el palo del terror). Para empezar, porque el guion del filme, no contempla ni en un solo segundo, la gilipolllez argumental que tiene que afrentar el espectador. La situación es la siguiente: Sin comerlo ni beberlo, una serie de personajes se encuentran en un escenario lleno de luces rojas. Las primeras situaciones estrambóticas y literalmente increíbles aparecen pronto. Lo lógico sería que los personajes intentarán moverse del sitio en el que se encuentra, ni que sea por una mera cuestión de lógica psicomotriz (aparecen encajados como si se tratara del juego de Twister). Pero en vez de ello, los personajes se despertarán lentamente de un extraño sueño, y empezarán a darse cuenta de que están completamente encerrados en una extraña sala, donde en el centro se encuentra una máquina letal que los va aniquilando uno a uno. Como digo, las antinaturalidad será la principal culpable del desastre del filme. Y es que las ideas originales son relativamente fáciles, pero plasmarlas en secuencias creíbles es algo mucho más complejo.

A partir de ahí, la película sigue ridículo tras ridículo, y lo digo especialmente por la antinaturalidad con la que los personajes reaccionan. La situación hipotética que presenta el guion necesita ser tratada con sutileza, pero en vez de ello, los personajes empiezan a chillar histéricos y a comportarse de la manera más idiota posible. En estos primeros quince minutos uno ya se da cuenta de que lo que le sigue va a ser más de lo mismo, un filme que no aporta absolutamente nada al género y que sigue repitiendo las mismas premisas que uno tiene ya en la cabeza. Los personajes arquetípicos van apareciendo con suma facilidad: El personaje blanco y adulto que pretende sobrevivir a toda costa, aunque para ello se convierta en una figura totalmente amoral, personajes que se sacrifican por el bien del grupo (atención a la muerte del adolescente, seguramente lo más patético que se haya visto jamás) y un sinfín de clichés que los guionistas no tienen pudor a repetir. La película nos lega momentos cómicos para una buena temporada: La abuelita vengándose con su “fuck you” el viejo banquero que pretende sobrevivir a toda costa, la dosis latina que no podía faltar en la película, los efectos especiales de la máquina…

Los paralelismos con Cube van especialmente ligados con la estética. Pero decir que la película que firman Aaron Hann y Mario Miscione tiene parecidos con Cube sería en realidad una afrenta. Digamos que más bien se trata de un mal reflejo de la estética de la película de Natali. Los decorados intentan emular el contenido postmoderno de la película canadiense, pero sin éxito. Hasta las animaciones y ruidos con los que cuenta la película parecen añejos, fijémonos por ejemplo en cómo va desapareciendo la gente eliminada. Ni siquiera se puede decir que el presupuesto del filme se invirtiera en los actores, visto el nivel interpretativo de muchos de ellos.

El guion, como decíamos, es más que problemático. Y creo que la razón fundamental es bastante obvia: Los cineastas tienen miedo a plantear algo tan simple como la representación del juego de Mafia al que básicamente la película copia (mírese la Wikipedia para ver las reglas del juego, que son prácticamente las mismas que muestra el filme). Y como no quieren presentarnos un juego al estilo Mafia, tienen que inventarse una serie de recursos que intentan asemejarse a la ciencia ficción pero que son totalmente ridículos. Dejar en suspense las cosas siempre acostumbra a ser un punto a favor, más cuando hablamos del género del thriller y el terror, pero es que realmente la película presenta situaciones totalmente inexplicables. ¿A qué se supone que están jugando los marcianos? ¿Por qué hay la necesidad de una bola “mágica” que es capaz de fulminar a todo aquel que se cambie de sitio”? Realmente las posibilidades eran para hacer una película de diez, pero no se ha aprovechado el potencial de la idea.

Y para concluir, podríamos citar el propio final del filme, un final que recuerda, por pésimo, al de una película también reciente, como es 10 Cloverfield Lane (Calle Cloverfield 10, 2016). Y es que parece que a los guionistas de Hollywood les den una paga extra por enmerdar los minutos finales de sus películas. Es el caso del filme, que en sus últimos minutos pretende bajar aún más el listón, mostrándonos una secuencia adicional que no sólo no aportan nada, sino que intentan darle un giro final al filme con estrepitosos resultados.

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Víctima (1961)

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Victim (Víctima, 1961) es una película hija de su tiempo. Inglaterra, años sesenta. El Free Cinema se respira en una sociedad engañosa que en algunos aspectos aún parece evocar la época victoriana más hipócrita. Una generación de jóvenes cineastas (conocidos como los Young angry men y que provienen muchos de ellos del mundo del teatro) se ponen a dirigir una serie de películas que tienen precisamente la intención de romper con los códigos morales de su época. En este sentido, van pasos más allá que la Nouvelle vague francesa. Utilizan el cine como un arma poderosa. Cierto es que Basil Dearden, director de Víctima no era un director ni joven ni novel cuando realiza la obra. En su trayectoria contaba ya con numerosos títulos y más de veinte años de experiencia. Pero sin lugar a dudas, cuando uno ve Victim se da cuenta de que el cineasta se dejó influenciar, y para bien, de los “jóvenes airados”. Además de tener un potente impacto sociológico, la película también recibió la admiración de la crítica británica, así como la nominación a dos premios BAFTA.

La película presenta un tema ciertamente delicado (como todas las películas relacionadas con el Free Cinema) como es la homosexualidad. Aunque viendo la película hoy en día nos pueda parecer una locura, lo cierto es que la homosexualidad estaba penada por ley en la Inglaterra de los años sesenta. Nuestro protagonista, Dick Bogarde (quien, por cierto, después que otros actores rechazaran actuar él aceptó el papel lo que le granjeó un prestigio extra) es un respetuoso hombre de la alta esfera inglesa, cuya vida es aparentemente excelente. Trabaja como fiscal y se encuentra felizmente casado, hasta que se ve envuelto en un extraño incidente con la policía, que destapará unas heridas del pasado…

Una de las virtudes del guion es el tratamiento de cine negro y suspense que se le da a toda la película. El tema de la homosexualidad no se desvela hasta más adelante, y eso es porque inteligentemente la primera parte de la película (que además juega a ocultar lo que está sucediendo detrás de los diálogos) tiene un tono moderno de thriller que el cineasta lleva perfectamente. A partir de uno de los desenlaces, el registro del filme variará, y es entonces cuando el guion mostrará su parte más dramática. Es decir, cuando la primera parte ya nos ha enganchado en la trama, es el momento en que el filme arranca realmente su alegato contra la criminalización de la homosexualidad.

Se ha criticado también la puesta en escena del filme, y aunque quizá Dearden, por su propia formación intrínseca no sea tan rompedor como sus compañeros del Free Cinema (Lindsay Anderson, Tony Richardson y otros) es injusto decir que la película es totalmente plana. Para muestra tenemos los primeros veinte minutos iniciales, que son los más dinámicos sin duda de toda la película. La primera secuencia es una buena muestra de ello, cuando se nos presenta al personaje que sin que sepamos su motivo, emprende una huida desesperada. El blanco y negro juegan en estos primeros minutos un importante papel en la creación de una atmósfera agobiante, unido a la confusión que produce al espectador no estar enterándose de lo que está sucediendo, puesto que como ya he dicho, no es hasta el segundo tercio del filme que no se descubre el pastel.

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Lo más reseñable del filme es que tuvo un impacto sociológico positivo en la Inglaterra del momento. Creo, sinceramente, que es el mejor elogio que se le puede hacer a una obra de arte. Cuando esta es capaz de influir para bien a una sociedad. Porque con el estreno de Víctima, se consigue reflejar una realidad que muchos trataban de evitar pero que seguía latente. Años después del filme y su papel en la concienciación de la homosexualidad como algo humano la ley que prohibía las relaciones entre hombres quedó suspendida. Sólo las grandes películas son capaces de hacer avanzar a una sociedad y el filme nos presenta de manera muy compleja, con numerosos puntos de vista.

La interpretación de Bogarde es realmente magistral, y se entiende perfectamente las elogiosas críticas que recibió en su momento, tanto por aceptar un papel tan comprometido como por el resultado final. El personaje que interpreta es uno de los más interesantes del filme entero, por el retrato psicológico que despliega. Si en un primer momento pretende huir de toda responsabilidad, al enterarse de una trágica noticia empezará un proceso que le llevará a afrontar sus propios miedos, y que el cineasta hace extensible a muchos miembros del colectivo que deciden ocultar sus sentimientos por las represalias (más teniendo en cuenta el contexto en el que se firma el filme). No es menos interesante el personaje femenino que interpreta Sylvia Sims, quien encarna a una mujer que descubre que gran parte de su vida ha sido una mentira. Como introduce bien la película, las leyes contra la homosexualidad no sólo afectan a la libertad individual de las personas, sino también infringen daño a terceros. Es significativo que el argumento de la película parezca en ocasiones equidistante con el tratamiento, ya que en realidad la extorsión y el chantaje al que hace referencia el filme resultan realmente más punibles que no el tema principal.

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Altered states (1980)

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Altered States (Un viaje alucinante al fondo de la mente, 1980; una de las traducciones más absurdas que se han dado en la historia de la historia del cine español) se trata de una extraña película dirigida por el siempre controvertido Ken Russell. No se puede clasificar el filme de ninguna de las maneras, porque la película transcurre por todos los géneros posibles (drama, aventuras, ciencia ficción, terror, comedia) de manera bastante aleatoria. De hecho, la propia idiosincrasia del filme es inexplicable, puesto que a pesar de que nos encontramos ante una película con claros tintes experimentales, la obra no renuncia a su comercialidad. Lo vemos en la propia narración del filme, que no deja de ser bastante ajustada a los cánones clásicos (introducción, nudo y desenlace).

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La película nos presenta a un personaje central sobre el girará prácticamente toda la historia del filme. Se trata de un afanado médico (interpretado magníficamente por William Hurt) que no está del todo satisfecho con su trabajo. A pesar de que tiene una posición estable y una mujer que le quiere (interpretada por Blair Brown), nuestro protagonista está totalmente obsesionado con un fin, encontrar la verdad última detrás de la vida. Para ello, nuestro personaje no duda en utilizar todos los medios posibles, incluido el coqueteo con las drogas y métodos “poco científicos”. En este sentido nuestro personaje puede evocarnos a otros célebres como el que plasmó en su obra literaria Honoré de Balzac, La busca de lo absoluto, donde el protagonista buscaba ni más ni menos la piedra filosofal, aunque para ello acabara perdiendo a todo lo que más preciaba.

Después de este arranque, y como decíamos, la película pasará por diversos géneros. Por ejemplo la aventura, cuando nuestro protagonista se dirige a México para probar una nueva sustancia alucinógena (siempre con fines “científicos”). Luego viene la ciencia ficción, cuando nuestro protagonista se transmuta en un experimento en un simio, en su intento por ir más allá del primer estado humano. Finalmente, en la última parte de la película se vira incluso hacía el terror, pero también con tintes de drama, pues siempre de fondo la película no deja de presentarnos una historia romántica entre un hombre obsesionado por su “destino” y una mujer obsesionada por un hombre que no le presta ninguna atención. Todo acabará confluyendo en un final ciertamente metafórico.

La conclusión final es obvia, y desde luego Ken Russell no es tan críptico como lo podría ser Stanley Kubrick. Si la vida no tiene ningún sentido último, si sólo existe la nada después de todo, quizá, el único remedio para el nihilismo más absoluto lo encontramos en el amor. Porque nuestro protagonista, después de haber sido capaz de trascender su propio cuerpo y convertirse en la materia primigenia antes del primer hombre (es decir, avanza en el experimento más allá del simio primitivo) y enterarse de que la verdad absoluta es una mentira, entiende que el amor es el único elemento redentor que es capaz de darle algo de sentido a nuestra ilógica existencia. Una conclusión que a pesar de que a priori puede parecer desilusionadora, esconde en realidad un más que interesante canto a la vida. A su manera, un viaje alucinante al fondo de la mente es una de las películas más románticas de la historia, aunque sea sui generis.

Se la ha comparado también con 2001: A space Odyssey (2001: Una odisea en el espacio, 1968) aunque la comparación no es del todo acertada. La película de Kubrick sólo utiliza la experimentación lisérgica en momentos concretos y con una intención bastante clara (narrativa), mientras que en la película las secuencias tienen una intención poética. Por otra parte, aunque ambas películas intentan aclarar conceptos filosóficos similares, difieren claramente en sus resultados. Como ya hemos dicho, la película de Russell acepta el legado nihilista de la propia vida y lo resuelve como el amor como una solución, mientras que la película de Kubrick opta por un nuevo renacer del hombre para superar la pesada carga de la muerte. En definitiva, la película de Russell es una obra atemporal, que se entronca con la propia raza humana y su idiosincrasia más profunda. En la obra[1] del célebre escritor Kenneth Muir se señala el paralelismo entre el personaje y la figura mitológica de Ícaro, porque como aquel, nuestro personaje pierde el sentido de su propia vida por culpa de una obsesión (además, ambos caen presa de sus propios inventos) así que ya desde la Antigua Grecia podemos evocar los antecedentes con los que se relaciona el filme.

Desafortunadamente, la imaginación de Russell parece agotada hacía el tramo final del filme, donde a pesar de que debemos encontrarnos con el clímax, el cineasta no es capaz de traducir en imágenes los conceptos que pretende transmitir (por ejemplo, el vacío existencial es un monstruo que causa más comicidad que miedo). Y es una auténtica lástima que está última parte del filme se convierta en unos fuegos de artificio que sean demasiado estridentes, porque sin duda rompen con lo anteriormente visto. La espectacularidad que proporciona Russell es más digna de una película comercial prototípica que de la sensibilidad antes mostrada. Por eso, en cuestión de “alucinaciones” las imágenes más impactantes se encuentran precisamente a mitad del metraje, cuando Russell elabora una poética perturbadora (en los inicios, nuestro personaje revive sus traumas relacionados con la crisis religiosa que sufrió de pequeño).

[1] MUIR, John Kenneth, Horror films of the 1980’s, Ed. McFarland & Company,  North Carolina 2007, p.63

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Perro blanco (1981)

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La última película norteamericana de Samuel Fuller, White dog (Perro blanco, 1982) es un golpe bastante impactante a una sociedad norteamericana imbuida de racismo. No es de extrañar que la película tuviera numerosos problemas para su estreno. De hecho, la película fue tildada de racista (ironía en su máximo esplendor) y fue estrenada internacionalmente en Francia. No fue hasta la década de los años 2000’s en que la película consiguió una distribución en formato DVD. Visto hoy en día no sorprende el revuelo causado, puesto que nos encontramos ante una película que rompe con cualquier tibieza posible, y que encara un tema que a día de hoy aún no está resuelto, mucho menos treinta años atrás. Por este motivo, nos encontramos ante un título bastante desconocido, también en España, puesto que la distribución internacional del filme ha sido pésima. Y eso, que hay un director reconocido detrás…

La película está basada en la obra literaria del francés Romain Gary, con el mismo título del filme. Durante una travesía en coche, una mujer que trabaja como actriz de cine (interpretada por Kristy McNichol) atropella a un precioso perro, puramente blanco. Como parece que nadie se hace cargo de dicho animal y viendo el terrible futuro que le espera, la actriz decide adoptarlo. Sin embargo, pronto se dará cuenta de que el animal ha sido domesticado para atacar a la gente de raza negra.

La inteligencia del filme la encontramos en el toque de Fuller. En otro director, probablemente la película se habría convertido en una especie de Cujo (Cujo, 1983; rodada precisamente sólo un año más tarde que Perro Blanco, ¿Casualidad?) es decir, en una mera excusa para presentarnos secuencias de acción y terror consistentes en tener a nuestro perro blanco devorando todo a su paso. Sin embargo, Fuller le otorga otro valor a la cinta. Las metáforas del filme convierten la obra en un duro alegato contra el racismo. El Perro blanco no deja de ser una alusión a una sociedad que ha crecido con el odio en su interior, y que es incapaz de borrar dicho odio, porque lo lleva incrustado prácticamente en su genética. Inteligentemente, hacia la mitad de la película el guion del filme traspasará el protagonismo humano (porque Perro Blanco no es una película de personajes, sino más bien una disección de arte y ensayo que sin embargo tiene muy claro que el entretenimiento es un pilar fundamental) de la actriz que interpreta McNichol al personaje afroamericano que interpreta Paul Windfield, que es un educador de animales y que pretende reeducar al animal para que deje de atacar a los negros.

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La película adopta pues un rumbo diferente en la segunda parte, de la que se sirve el cineasta para diseccionar unos miedos que son en realidad los mismos que azotaban a la sociedad americana de los años ochenta. ¿Es posible detener el odio? ¿Es posible reinvertir un proceso histórico como el que ha llevado a la sociedad americana a mantener unas relaciones de odio con una parte de sus propios habitantes? Las secuencias de la reeducación están magistralmente rodadas y son sin duda alguna los puntos más álgidos del filme (tanto el actor como el animal parecen conectar de una manera mágica). La lucha entre la bestia y el hombre (entre la civilización y la barbarie) parece que tienen un final feliz, que sin embargo se trata de una ilusión (y aquí Fuller rompe con la obra literaria original). A pesar de que nuestro animal ha podido curarse en su manía contra la raza negra, el odio es superior y ataca indistintamente a otra persona. Fuller es conciso y pesimista hasta la extenuación, una vez se ha iniciado el proceso de la educación hacía odiar al semejante, esta no se puede detener. ¿Significa entonces, qué sólo podemos cortar de raíz?

La escena clave, o por lo menos el clímax más potente de la película es el definitivo encuentro de la protagonista con el auténtico propietario del perro. Durante toda la película, desde que somos conocedores de que el perro ha sido adiestrado como una arma de ataque contra los negros, se cierne una sombra oscura que inteligentemente Fuller y el guion del filme tratan de ocultar. Sin embargo, siempre se respira en el ambiente de la película el posible propietario. ¿Quién sería capaz de un acto tan criminal como pervertir la belleza de un animal tan noble? No somos capaces de olvidarnos,  puesto que además aparece numerosamente citado (como es obvio) por los personajes del filme. Así que cuando aparece, realmente el efecto es devastador, tanto para la protagonista como para el espectador. La concepción de que el auténtico criminal es un aparente anciano que además está acompañado de sus dos nietas resulta demoledora. Hasta la imagen aparentemente más enternecedora puede resultar ser un criminal. Las apariencias son sólo eso, apariencias. La belleza de las dos nietas es comparable a la del perro blanco, que sin embargo guardaba tanta violencia en su interior.

Como nota obligatoria, la banda sonora la firma Ennio Morricone, y ello se nota. Nada más empezar el filme somos testigos de dicho hecho, cuando una potente melodía nos introduce en la película. Entonces, y sin saber quién había realizado la música, uno ya se da cuenta que se encuentra ante una potente y magnética composición. El leimotiv de la película se irá repitiendo y conseguirá crear una atmósfera perfecta, que navega entre el terror y el drama (sin tomar partido por ninguno de los dos géneros).

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La fiesta de las salchichas (2016)

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La sensación final después de ver Sausage Party (la fiesta de las salchichas, 2016) es de incredulidad absoluta. Uno no sabe cómo afrontar lo que ha presenciado. Aunque después de ver los créditos y comprobar quienes estaban involucrado en el proyecto, se comprende mucho más la gran broma que supone esta “simpática” cinta. Porque en muchas ocasiones oímos la etiqueta de película de animación “para adultos” pero sin duda, los hombres que crearon This is the End (Juerga hasta el fin, 2016) han tratado de llevar dicha expresión hasta unos nuevos límites.

Evan Goldberg, Seth Rogen, Jonah Hill son los responsables de la historia cómica que desarrollan los directores de animación Conrad Vernon y Greg Tiernan. Lo que nos encontramos en esta ocasión es una película que está muy cerca del mismo sentido del humor de Juerga hasta el fin, sólo que en esta ocasión los responsables han coqueteado con el género de animación. Pero la fórmula sigue siendo la misma: gamberrismo, guiños a la cultura popular, humor inteligente, negro y zafio (y tonto) combinado a la vez. El argumento no deja de ser el más propicio para que los guionistas puedan explayarse: En un tranquilo supermercado, los alimentos (que tienen vida al estilo Toy Story) celebran la llegada y la selección de los humanos (Dioses a los que adoran) de la comida, porque no saben que destino les aguarda. En esas, nuestros protagonistas (una salchicha y un panecillo de Hot dog) esperan ansiosamente el día en que por fin podrán estar juntos.

Como decía, el término de animación para adultos llega a su máxima cota. De hecho, gran parte de la gracia del filme radica precisamente en la ruptura de tabús que acomete el filme a cada minuto. Para empezar, el lenguaje que emplean los protagonistas está de lleno de palabras malsonantes (los motherfuckers están a la orden del día y parece que los guionistas ganan un dólar por cada vez que lo usan). Pero también nos encontramos con secuencias que podríamos calificar de violentas (teniendo en cuenta la violencia que se puede ejercer hacía una salchicha) y que en realidad forman parte de la gran broma que supone la fiesta de las salchichas. El gore produce más risa que asco, teniendo en cuenta las circunstancias en las que se producen dichas secuencias. Y por supuesto, y como hace implícitamente referencia el título, el sexo también tiene una carga importante en la película. La tiene directamente desde los protagonistas, que no dejan de ser obvios símbolos sexuales (masculino y femenino, una salchicha y un panecillo con forma de vagina), pasando por algunas secuencias que directamente nos presentan una orgía entre productos alimenticios. Incluso se presenta el lesbianismo, aunque no acaba de cuajar la cosa.

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Pero también, es evidente que a un nivel muy simple, la película contiene una carga filosófica. Desde Platón a Nietzsche. Es obvio que el mito de la caverna de la Platón aparece representado en el filme (parecido a una manera similar como ocurría en otra película de animación, La Lego película) pero me gustaría hacer hincapié en la reflexión más Nietzscheana que hace la película, en concreto uno de los temas que el filósofo alemán legó a la posteridad (y que ha estado sobeteado y mal interpretado por doquier) como es el tema del súper hombre. Efectivamente, y aunque parezca mentira, nuestro protagonista es un súper hombre. O mejor dicho, una súper salchicha. En un primer momento, la película nos presenta una sociedad que cree en un Dios (o dioses, monta tanto tanto monta) y que acepta sus leyes. Dichas leyes están sujetas a un control estricto de la sexualidad y la moralidad (por ejemplo, nuestros protagonistas principales no pueden mantener contacto antes de la liberación, porque eso podría “enfadar a los dioses). Según la filosofía de Nietzsche, nos encontramos evidentemente ante un disfraz de la moral cristiana, que ata a la sociedad en una podredumbre moral. Pero la transición no es fácil. Como ya anticipaba el alemán, antes de poder dar el paso hacia el súper hombre, el que reniega de la religión se convertía entonces en la persona más triste sobre la tierra. Eso es exactamente lo que le sucede a nuestro protagonista principal, que una vez ha descubierto la cruda realidad, divaga y se queda totalmente aislado. Finalmente, consiguen matar a los Dioses (en la película además transcurre de manera literal) y no es casual la escena final que tanta polémica ha causado en la crítica. La orgía del supermercado puede también interpretarse como la liberación final de los antiguos preceptos morales. Y por supuesto, es la gracieta final, que utilizan los creadores de la obra poder reírse en la cara de todos aquellos que consideran el filme de “mal gusto”.  Dicho esto, ¿Quiere decir que la película sigue paso por paso la doctrina Nitzscheana y qué solo puede verse siguiendo esta interpretación? Lo que queda claro después de haber visto el filme es que lo gamberro puede también esconder dentro de sí un espíritu adulto, y que no debe menospreciarse un filme por su aspecto superficial.

Aun así, la película tiene también deficiencias claras. Rizar el rizo continuamente acaba provocando también un agotamiento que puede notarse especialmente hacia la mitad del metraje, cuando las ideas se van agotando y la trama queda ciertamente embarullada. En ese momento, los guionistas no saben como hacer avanzar el metraje de forma fresca, y nos acabamos encontrando con un nudo rutinario y un tanto insulso. El destierro de nuestro protagonista por los diversos mundos puede acabar hartando, aunque en líneas generales nos encontramos con una simpática (para los que tienen una mente retorcida) cinta de animación.

 

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No Respires (2016)

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Don’t Breathe (No Respires, 2016) se trata del último gran éxito del terror del pasado año. La película la dirige Fede Álvarez, célebre por haber realizado el remake de la mítica película de género, Evil Dead (Posesión infernal, 1981) de Sam Raimi. No es casual, puesto que Fede Álvarez es uno de los directores fetiche del norteamericano, y su carrera tiene en gran parte un punto de partida en el mecenaje del cineasta. La película ha sido alabada por parte de la crítica, aunque en realidad tiene algunos agujeros bastante importantes, que hacen que en algunos momentos la película no sea cien por cien disfrutable.

Inevitablemente y a título personal la película me recuerda a otra cinta de terror que también ha sido estrenada en este recién fallecido año, como es The good neighboor (the good neighboor, 2016). Sin embargo, esta película, mucho menos conocida, esconde en su interior un discurso mucho más interesante que la película de Álvarez. Al igual que el argumento de No Respires, la película trata también temas similares, pero no se queda en la superficie del género, sino que es capaz de crear un discurso que va más allá de la simple tensión . En  the good neighboor, los miedos claustrofóbicos eran aprovechados para desarrollar un giro de guion final que utilizaba el miedo como un experimento para diseccionar los auténticos terrores contemporáneos (que en realidad, poco tienen que ver con los psicópatas tradicionales). Eso no ocurre en el caso que nos ocupa. Nos encontramos con una película disfrutable, cierto, pero que no deja de ser un producto artesanal sin más alma e interés que el de conseguir unas semanas en lo más alto de la taquilla.

No Respires nos presenta una película con un argumento convencional, y que como decía, parece que está ciertamente de moda en estos últimos años. De hecho, deberíamos plantearnos si más allá de una simple moda, el subgénero de Home Invasion esconde algo más. Porque quizá, la efectividad de la mayoría de sus propuestas puede relacionarse con nuestros propios miedos internos. El caso es que la película de Álvarez se atañe al Home Invasion, aunque con una pequeña vuelta de tuerca, puesto que si en la mayoría de películas los protagonistas “buenos” son los personajes que son atacados por los invasores, en este caso es al contrario, los protagonistas son un trío de ladrones que se meterán directamente en la boca del lobo. Y por supuesto, simpatizamos más con los ladrones que con lo que se encuentra dentro de la casa, aunque el guion de No Respires lo pone bastante fácil en este aspecto, con lo que tampoco podemos hablar de que se traten de crear dudas en el espectador, sino que el filme guía de manera bastante clara (de hecho, será una de las equivocaciones del filme, obligarnos a elegir mediante la definición de un personaje “malo” demasiado exagerado).

Más allá de esta pequeña vuelta de tuerca que encontramos en el filme, el resto de la película es lo que todos esperamos desde el momento en que nuestros protagonistas entran en la casa. Se ha citado la pericia de la puesta en escena, y lo cierto es que Álvarez, como ya había demostrado con anterioridad en el remake de Posesión infernal , donde fue capaz de crear momentos de enjundia vuelve en esta ocasión a darnos un filme que tiene grandes momentos de tensión (especialmente los que juegan con el aparente defecto físico de cierto protagonista), pero que a costa de ellos sacrifica bastante la lógica interna.

El problema principal es que el guion no se sostiene por ningún lado. La película intenta aprovecharse de la ceguera del enemigo para explotar algunas secuencias y una nueva forma de terror, y es algo que produce resultados en momentos concretos. Pero si nos ponemos serios y analizamos el filme fríamente nos encontramos con auténticas tonterías que se encadenan una detrás de otras.  Por ejemplo, el momento de la inseminación es realmente absurdo. Cierto que el guion pretende destacar ciertos elementos grotescos (a raíz del hallazgo de cierta mujer a mitad del metraje) pero la absurdez de la decisión del “malo” de la película a semejante acción provoca más risa que otra cosa. Y con estas podemos citar otras secuencias que más que a una lógica interna responden a las inquietudes de la película al crear de tratar un “monstruo” que se pueda contraponer a los tres ladrones. Pero no, el personaje que tiene que crear desasosiego es absurdo a todas luces, porque es tan exagerado que resulta ridículo. Sus motivaciones pretenden provocar asco en el espectador, pero son más involuntariamente cómicas que otra cosa.

Los arquetipos también son bastante evidentes en el filme. Los personajes responden a prototipos que cumplen con los cometidos más obvios en este tipo de filmes el más reconocible de todos: la carnaza (se ve desde el primer momento quien es el personaje que sólo cumple como trozo de carne). Sorprendentemente nos encontramos con pocas muertes pero el director suple esta espinosa cuestión con personajes que resucitan continuamente a pesar de haber recibido las de Caín. Y por supuesto, una especie de final girl (Jane Levy) que no acaba de convencer, aunque quizá la interpretación de la actriz que interpreta al personaje es de lo más rescatable del filme, después de ciertos momentos de tensión.

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Robocop 2 (1990)

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Muchísimas fueron las personas que directamente no entendieron las motivaciones de Paul Verhoeven cuando realizó la ya mítica película Robocop (Robocop, 1987). Así que aun más controversia produjo la secuela de esta película, producida tres años más tarde, y dirigida por Irvin Kershner (el director de la mítica El Imperio contraataca). Cierto que Robocop 2 (Robocop 2, 1990) no está a la altura de su antecesora, pero lo que hemos de dejarnos hoy en día es de minusvalorar una película que de no haber sido por otras circunstancias (ajenas a la película) se la habría considerado de culto.

Sí, no está Verhoeven. ¿Significa esto que la película es una mera copia pensada únicamente para hacer dinero? Lo cierto es que la secuela que dirige Kershner tiene un alma propia, que le da su propia singularidad. Seguramente, porque hemos de tener en cuenta que en el proyecto participó el célebre escritor de cómics Frank Miller, quien le dio un toque totalmente personal. Sólo hay que ver las numerosas salidas de tono que nos presenta la película. Los que la han visto recordarán para siempre el violinista contorsionista, sin duda, aunque son constantes.

Robocop, la primera película, nos mostraba un Detroit que podía estar sumido en la corrupción y en la delincuencia, pero mantenía una cierta dignidad. Sin embargo, la historia que nos presenta Kershner va mucho más allá, tanto estéticamente como temáticamente. Para empezar hay que remarcar que la Detroit que tenemos delante de nuestros ojos es muchísimo más oscura. De hecho, puede incluso intuirse la influencia de la Gotham que tan sólo un año atrás había presentado Tim Burton, con su Batman (Batman, 1989). Detroit tiene algo de cómic, pero no de esos tebeos sesenteros que no pretendían romper ninguna barrera moral, sino todo lo contrario, de los cómics gamberros por los que los adolescentes eran capaces de hacer enfadar a sus padres. El tono alocado y suicida de estas historietas aparece también reflejado en la propia película, desde los momentos humorísticos (que no son pocos y pretenden en todo momento mostrarnos que la película no va en ningún momento en serio), pasando por el lenguaje empleado o incluso con uno de los protagonistas, que es un niño (aunque de armas tomar, de hecho el film rompe con la idea preconcebida de que no puede haber un niño haciendo de malo). Las bandas callejeras, la corrupción, la Detroit que nos presenta la secuela está igual de bien pensada (o quizá en este aspecto, mejor incluso) que la de la primera entrega. Y es seguramente, porque es donde se nota más la mano de Frank Miller. Quizá, donde también pudo trabajar más libremente. Por no obviar que la película carga sus tintas contra la corrupción empresarial (nuestro malvado es un empresario que pretende destruir la esfera pública para hacerse con todo el poder de la ciudad). Una hipérbole a priori exagerada pero que en realidad está totalmente en sintonía con la Detroit real (y si no, veamos en que se ha convertido actualmente).

Los problemas que ha tenido Robocop 2 son varios. Para empezar que es una secuela. Y ya se sabe que se pueden perdonar las sagas (aunque como todos sepamos, en algunos casos son interminables) pero no las secuelas. Pero desafortunadamente, también nos encontramos con muchos problemas internos.

El montaje no acaba de funcionar. La historia parece avanzar a trompicones y da la sensación o de que bien metieron tijera, o cortaron las alas a la creatividad. El tercio final de la película con la pelea entre Robocop y Caín resulta demasiado extenso en comparación con lo que realmente se está contando. Las secuencias de acción se eternizan y parecen no finalizar nunca.  Además, aunque la película pretende disimular lo que es mediante numerosos golpes de humor (que ojo, algunos son tremendamente efectivos) en realidad la historia no deja de ser bastante convencional (en cuanto a trama nos referimos) y no es capaz de desarrollar la multitud de cuestiones que podría haber explotado.  En realidad, el envoltorio de Robocop 2 supera con creces a lo nos enseña en su interior.

También la película tiene bastantes problemas con el diseño de efectos especiales. Por aquel entonces se estaba probando el go motion, y la película abusa de este recurso en exceso, provocando que medio tercio final del filme sea en realidad un tedioso espectáculo de estos FX, que para más Inri, vistos hoy en día resultan un tanto dantescos.

 

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