The good Neighbor (2016)

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The Good Neighbor (The Good Neighbor, 2016) se trata de una película que merece ser analizada, porque a pesar de que leyendo la sinopsis del filme podríamos pensar que nos encontramos ante una película más de terror dirigida para adolescentes, en realidad tenemos delante a una pequeña joya que con el paso del tiempo será reivindicada como película de culto. ¿Por qué? Porque  el filme que dirige Kasra Farahani tiene numerosas lecturas, y se trata de un filme que utiliza la plataforma del terror para hablarnos sobre temáticas complejas, y que además están bastante relacionadas con el mundo contemporáneo y sus problemas más acuciantes. La película no está del todo rodada mediante el recurso del found footage, sino que recurre a diversos formatos (por ejemplo, las escenas del juzgado están rodadas de distinta manera a las del metraje normal).

Dos jóvenes deciden emprender un extraño (e ilegal) experimento. Uno de ellos procede de una rica familia y pone el dinero necesario para comprar un sistema de cámaras y equipos. El experimento consiste en analizar la conducta de una persona delante de diversas intervenciones físicas (hechas por los aparatos electrónicos). La analogía con el cine de terror es más que evidente. Nosotros somos testigos de una intra película del género, que en realidad es un montaje (puertas que se abren, aparatos de música que se encienden solas…).  Presenciamos las reacciones que tendría una persona normal ante fenómenos paranormales, aunque sabemos que en realidad es todo una farsa (y aún así la película consigue momentos de tensión). Hay un doble juego bastante interesante de comprobar.

Pero la película también reflexiona sobre la falta de valores y la influencia de las comunicaciones y la sobre información en las jóvenes generaciones. Nuestros dos protagonistas se creen prácticamente Dioses, y a lo largo del filme veremos cómo no se detienen en ningún momento. Y sin embargo, sus fundamentos para actuar como actúan se basan únicamente en prejuicios. Por otra parte, la película se centra especialmente en uno de estos jóvenes, que tiene como una intención oculta dentro del experimento. No es casual que el medio youtube y los youtubers aparezcan mencionados, y sólo tenemos que mirar la última secuencia de la película, que resulta más que esclarecedora, para darnos cuenta de la conclusión a la que llega el filme. El mal no reside en donde acostumbramos a creer.

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El punto más flaco del filme ha sido el coqueteo que realiza la película con las trampas. Se ha tachado a la obra como una película que no tiene reparos en emplear numerosas maniobras donde todo está permitido para conseguir los objetivos. Sin embargo, eso sería bastante injusto, porque The Good neighbor deja varias pistas a lo largo del filme, con lo que el giro final no se sucede de la noche a la mañana, sino que se va labrando a lo largo de todo el metraje, y que de hecho coincide con las propias dudas que vamos teniendo. Para ello es necesario destripar el argumento: La película nos presenta a un personaje atormentado que vive con el rencor de la muerte de su mujer. Se afirma que simplemente el personaje está loco y actúa como un psicópata, y sin embargo, la actitud del personaje queda matizada en numerosos momentos. Por ejemplo, cuando el protagonista se lía a hachazos con la puerta, no lo hace por un acceso de ira, sino que como se nos presenta al momento seguido en un flashback, la puerta estaba ya estropeada cuando vivía con su mujer (que intenta cerrarla y le comenta a su marido que no funciona). O la música, que se repite continuamente y que evoca al personaje a su amada y a una noche en concreto. Es decir, nada es dejado al azar. Quizá la única pega es que el desenlace explica demasiadas cosas que seguramente habrían quedado mejor antes de la resolución final.

Nada es casual en el filme. No es casual que ya desde un primer momento tengamos ciertas reservas con los personajes protagonistas. El guión nos presenta a los dos jóvenes como unos adolescente antipáticos, que ya desde la primera secuencia juegan a ser Dios. Incluso el filme remarca a uno de ellos, que sólo busca la diversión a toda costa. Así pues, el guión ya nos está avisando desde un primer momento, que no es oro todo lo que reluce, ni mucho menos.

James Caan realiza una interpretación realmente increíble, que es capaz de captar los diversos matices que exige el guión de él (los dos personajes que habitan en esa casa). De los dos jóvenes actores podemos decir prácticamente lo mismo.

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Los 28 Hombres de Panfilov (2016)

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28 panfilovtsev (los 28 hombres de Panfilov, 2016) se trata de una película rusa producida con presupuesto estatal, que trata de recuperar el mito soviético (bastante célebre en el país) de una compañía de soldados soviéticos que durante la batalla de Moscú hicieron frente a numerosas brigadas blindadas alemanas (en una proporción exagerada). La historia detrás de la película navega entre el mito y la realidad, aunque el filme se queda de lejos con la versión oficial soviética.

La película sigue sin duda alguna la senda que ha seguido en los últimos tiempos el cine bélico ruso, que tratar de emular al norteamericano. Los tiempos de películas como Letyat zhuravli (Cuando vuelan las cigüeñas, 1957) han quedado bastante atrás. Ahora el trasfondo humano ya no importa, y sólo queda la acción. Producción rusa, pero apenas hay diferencias entre la película que nos ocupa y otros productos corrientes que cada año produce Hollywood. De hecho el gusto es quizá incluso demasiado norteamericano, en cuanto a se trata de una ensalada de balas que no tiene pausa durante más de una hora.

A destacar positivamente sólo podemos señalar la recreación de escenarios e incluso idiomas que utiliza el filme, en cuanto nos presenta una compañía de soldados heterogéneos (en el filme el ruso y el ucraniano se mezclan a veces indistintamente) de diferentes procedencias. La recreación bélica está bastante lograda y arrasa por millares a anteriores películas rusas con mucha más fama, caso de Leningrad (Leningrado, 2009). En este sentido no hay aspectos que chirríen y la inmersión en el momento bélico es más que notable. Sólo hay que comparar los tanques del filme con los aviones de la anterior película citada. En temas de vestuario, armas, todo parece mostrar un nivel de producción más que notable.

La película se centra totalmente en el mito. Y lo más curioso es que el cineasta sabe perfectamente lo que hace en cada momento. Es decir, cuando nos presenta a los héroes por un lado y a los malos por otro, lo hace de manera totalmente deliberada. De hecho, la propuesta es difícil de entender. No es que los alemanes aparezcan definidos como seres malvados, si no que directamente no aparecen ni perfilados. Y por si fuera poco, la película los presenta a consciencia de manera no individualizada. Nunca vemos su rostro, porque siempre van tapados de cara. Y ni siquiera se nos presenta una escena desde su punto de vista (las únicas secuencias en este sentido nos presentan la vista interior de los tanques y son más para el deleite de las vistas que por otro motivo). De hecho, cuando hablan los alemanes lo hacen en su lengua y sin siquiera subtítulos, con lo que aún queda más evidenciado el proceso de automatización que realiza la película. No es de extrañar que pueda que en algunos momentos la película pueda recordar incluso a sagas de ciencia ficción como Star Wars. De cierta manera, los soldados imperiales de la mítica saga se comportaban de la misma manera que lo hacían los alemanes en esta, sin moverse, sin hablar, sin que nos importe la historia que tienen detrás. Cuando uno de ellos cae en acción (y no son pocos), no deja de ser un clon más que cae sin que importe al espectador.

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Pero claro, el problema es que una cosa es hacer ciencia ficción y otra una película histórica (por mucho que esta sea más mítica y legendaria que otra cosa). Y cuando al enemigo se le convierte en un mero cacho de carne, lo cierto es que el rechazo se convierte en notable. El heroísmo se convierte en una prueba de fuego para aquellos que se vean totalmente ajenos al mito (es decir, el filme está producido y pensado únicamente para ser consumido dentro de la propia Rusia) y que acabarán hastiado de tantos clichés mil y una veces vistos en el género, como frases lapidarias y últimos gestos heroicos antes de que los soldados (soviéticos, claro) suspiren por última vez.

Total, que después de una primera parte interesante, donde vemos la vida cotidiana de la guerra, nos encontramos con una hora y media de metraje sobre tiros, tanques, granadas, gente gritando y disparando. Un espectáculo palomitero que únicamente sorprende por no haber sido estrenado en verano. En conclusión, el filme se convierte en una película de consumo interno, que no merece la pena si el espectador no está muy interesado en el mito que refleja la película o en comprobar a qué velocidad caen los alemanes delante de las metralletas rusas.

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I am a Hero (2015)

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I am a Hero (I am a Hero, 2015) se trata de una curiosa película dirigida por Shinsuke Sato y que tuvo una cierta resonancia en el festival de Sitges del año pasado, logrando el premio del público y los mejores efectos especiales. Nos encontramos ante una película controvertida, que a pesar de que puede ser clasificada como cine de Zombies, es un soplo de aire fresco al género. La película toma el humor como combinación intrínseca al terror, y consigue una singularidad especial, que la convierte prácticamente en única. Mucho más salvaje, por ejemplo, que Zombies Party (Shaun of the Dead, 2004), quizá menos graciosa en conjunto, pero también más crítica.La película está basada en el manga que dibuja y escribe el japónes Kengo Hanazawa.

La película nos presenta a nuestro protagonista, un dibujante frustrado de manga, que es la viva imagen de la mediocridad. Con una novia que le odia y un reconocimiento que nunca llega (nuestro protagonista atesora un octavo premio de hace quince años como si fuera su obra magna), el personaje que interpreta Yô Ôizumi se verá sorprendido por una infección vírica que convierte a la gente en seres parecido a los zombies. Como podemos ver en la descripción que hace el filme del personaje, i am a Hero hace bastante hincapié en la presión por parte de la sociedad para convertirnos siempre en lo que los estándares actuales consideran como un “triunfador”. Nuestro protagonista es precisamente lo contrario, un fracasado. Esta tendencia impuesta por el mundo contemporáneo, que es aún más acentuada en el mundo nipón, queda puesta del revés por la película. Nuestro protagonista deberá enfrentarse a sus miedos para convertirse en un ser capaz de afrentar su propia vida.

images (5).jpgHabía una crítica en Filmaffinity que comparaba el filme con otras películas  del subgénero Zombi y hablaba sobre la gran cantidad de  obras que se están haciendo en los últimos años. No es de extrañar el porqué y sólo hace falta ver i am a hero para comprobarlo. El Zombie puede utilizarse, como un elemento terrorífico más, o como bien ideó Romero, su progenitor, con una carga crítica adicional hacia la sociedad contemporánea. La película japonesa es totalmente deudora del cine de Romero, y más en concreto, Dawn of the Dead (Zombi, 1978). Al igual que en la película de Romero, la de Shinsuke Sato transcurre también durante parte del metraje en un centro comercial (incluso con alguna que otra escena excesivamente similar a la de Romero). La originalidad del filme reside en el aspecto innovador que introduce Shinsuke en el Zombi. Esta vez los zombies (o mejor dicho, infectados) son capaces de hablar, aunque su vocabulario es reducido y se limita simplemente a las palabras que siempre tenía en mente el difunto (dicho de otra manera, los diversos mantras del mundo contemporáneo). Algo que no sólo sirve como herramienta cómica en manos del director, aunque valga comentar que tiene un potente efecto en varias escenas, sino también como herramienta crítica. En algunos casos, las palabras de los muertos hacen referencia al subconsciente colectivo contemporáneo, que queda al descubierto para el escarnio del cineasta.

 

Desde la puesta en escena hasta los efectos especiales, lo cierto es que I am a Hero impresiona. Convence, como no se había visto en una cinta de estas características desde hacía tiempo. Porque estamos más que acostumbrados  a la casquería barata  y a películas que debido a sus flojas puestas en escena acaban resultando horribles. Pero en el caso que nos ocupa, nos encontramos con una película que tiene escenas muy bien elaboradas. Pocas veces nos hemos adentrado en un mundo apocalíptico tan lúcido y I am a hero consigue ese efecto. Creo que podemos hablar sin tapujos de la mejor escena justo cuando empieza el caos y nuestro protagonista sale a la calle. En ese momento, la película alcanza unas cotas magistrales. El conjunto funciona, desde las dosis de humor cómico que el cineasta va introduciendo (nunca sin pasarse, de tal manera que siempre nos preocupa nuestro personaje) hasta el majestuoso e impresionante uso de la cámara. Un tour de forcé que lamentablemente no tendrá continuación.

Porque la segunda mitad de la película es realmente más predecible y agotadora. Como viene siendo habitual en el género, el cineasta recoge la máxima de el hombre es un lobo para el hombre, y acaba haciendo un producto que se ve venir desde el primer momento en que nuestro personaje llega al campamento. A partir de entonces la película no se vuelve un absoluto desastre, pero sí que pierde esa chispa de creatividad que venía arrastrando desde el principio para convertirse en “una más”. Además el supuesto clímax no acaba de convencer del todo.

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Negociador (2015)

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Hace cinco años, el estreno de una película como Negociador (Negociador, 2015) hubiera resultado más que polémica. Sin embargo, lo cierto es que la película ha pasado totalmente desapercibida. ¿Significa esto que hemos progresado como sociedad, capaz de cicatrizar nuestros propios traumas? Sin ninguna duda, en parte sí. El fantasma del terrorismo vasco parece formar parte ya del pasado. Y eso en parte explica la acogida tibia que ha recibido la película de Borja Cobeaga. Pero también hemos de añadir que el filme que dirige el mismo director,  a priori cosa sorprendente, de Pagafantas (Pagafantas, 2009) ha pasado totalmente inadvertida por cartelera, porque ha gozado de una repercusión mínima en los medios, al no contar con un aparato propagandístico detrás. Así que siempre nos quedará la incógnita de saber las ampollas que habría levantado la película en otro contexto. En todo caso, Cobeaga toca un tema complejo de una manera singular, algo que como mínimo merece un visionado.

El caso es que Cobeaga viene demostrando lo que ya se presentía en sus primeras obras. No se trata de un simple comediante que ha venido para hacer reír a la gente. Todas sus películas tienen un trasfondo mucho más complejo. Sucedía en la denostada Pagafantas y sucedió también en No Controles (No Controles, 2010). Cobeaga es más que un simple Appatow que cae en el humor socarrón y se imbuye de la tontería postadolescente. Quizá por eso, No Controles tuvo una acogida tan nefasta que le retiró como director prácticamente de la gran pantalla durante más de cuatro años. Pero con Negociador, el cineasta ha dado un paso necesario en su carrera, acercándose a la política, eso sí, desde una óptica totalmente personal, que no esconde unas cargas de humor (totalmente negro y ácido, poco comparable con el resto del panorama nacional) malintencionado.

La película está basada en hechos reales, aunque el guión se hace suya la historia que hay detrás. Nuestro protagonista, interpretado por Ramón Barea, es ni más ni menos que una máscara del político José Eguiguren, quien fue el responsable del acercamiento con la banda terrorista ETA, durante el período del 2005 al 2006 (durante el célebre acercamiento político en época del presidente Zapatero). Durante la corta duración del metraje (menos de una hora y media de película) seremos testigos de las infructuosas relaciones que se mantuvieron entre los representantes del bando español y los de la banda armada.

La película empieza con un fuerte puñetazo al estómago, retratando una secuencia que aunque define bien el ambiente vasco que algunas personas tuvieron que sufrir, puede perfectamente extrapolarse a cualquier situación política parecida (ya sea desde una óptica u otra). Precisamente, una de las señas de identidad del filme es la de despojar de simbolismos y señales el filme, tratándolo de hacer universal (para más inri, tenemos la secuencia en que se confunde a nuestro protagonista con un terrorista). Como esta secuencia habrá alguna que otra a lo largo de la película, aunque lo cierto es que Negociador conquista más por su atmósfera lenta y cocinada cuidadosamente. Cobeaga se dispara en el pie una vez más si pensamos en términos puramente crematísticos. Ahora bien, para su trayectoria se trata de un filme que apuesta en la buena dirección.

Cierto es. Negociador no es redonda. La preocupación del cineasta por no levantar polvareda innecesaria ha acabado dotando al filme de una suavidad excesiva. El filme acaba languideciendo en una segunda parte que en realidad resulta innecesaria. Además el discurso se queda embrollado por ciertos detalles que no quedan demasiado claros, y que intentan añadir una pátina de pretenciosidad que no pega nada bien con el tono general de la película. Me refiero especialmente a la relación que pretende mostrarnos el guión entre el personaje de Areces y el de Barea. Como si a pesar de tener más semejanzas en común en realidad fueran mucho más distantes a la hora de negociar, algo que no se sostiene demasiado y que en realidad obedece más a la resolución del filme (como decimos, basada en hechos históricos) que no a lo que se desarrolla entre ambos. Queda por ejemplo la secuencia de la prostituta con Areces, cuyo significado no queda demasiado claro.

Las interpretaciones de los actores principales son magistrales, especialmente la del protagonista interpretado por Ramón Barea, así como la aparición estelar del personaje de Carlos Areces. Y eso, en un filme que se puede clasificar a todas luces como una pieza minimalista se agradece. En efecto, el minimalismo, que también es la seña principal del cineasta (más por voluntad que por exigencias de producción, aunque en ocasiones ambas se entremezclan) es un elemento indispensable. Pocos personajes, pocos artificios, para una película que pretende hacerse un hueco en la filmografía española por tratar lo que acostumbramos a denominar un tema tabú.

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Hardcore Henry (2015)

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Que finalmente íbamos a tener una ¿película? como Hardcore Henry (Hardcore Henry, 2015) estaba más que cantado. Era la deducción obvia, analizando el camino que está siguiendo la industria de los videojuegos y del cine, de lo que iba a pasar. Seguramente, en un futuro se analizará la obra como un antecedente claro de lo que será la inmersión virtual. Ahora bien, esto no significa ni de lejos que nos encontremos con una correcta producción. Más bien al contrario,  como filme fracasa estrepitosamente y como proyecto innovador no tiene ningún aliciente demasiado especial. En realidad se trata de una astracanada tan extravagante como el origen de su coproducción, ruso-americana.

Todo el filme está rodado en primera persona. Esto tampoco es una novedad demasiado sorprendente, teniendo en cuenta que estamos ya más que acostumbrados a las películas que utilizan el recurso del found footage como excusa para presentarnos el punto de vista de la primera persona. El género de terror se ha lucrado de este modelo en exceso en los últimos años, como cualquier aficionado al cine sabrá (en parte por el coste tan barato que permite este modelo). ¿Dónde están las diferencias pues, entre Hardcore Henry y cualquier película que emplee el Found Footage? La película que dirige Ilya Naishuller está conscientemente realizada como si se tratara de un videojuego. Es decir, el “cineasta” abandona cualquier posibilidad narrativa, y juega la baza de la emoción, el vértigo e incluso la participación del espectador. Rompe con la delgada línea que las películas de terror del género iban imprimiendo para ir un paso más allá. Se nos hace más partícipe presentándonos un personaje que inevitablemente hace referencia al espectador. El mundo de los videojuegos está patente tanto en la idea principal como en homenajes constantes. De hecho, el inicio del filme parece un guiño más que evidente a la mítica saga de Half-Life.

Porque hablar del argumento en Hardcore Henry se antoja como mínimo complicado. En realidad se trata de un shooter con tintes de ciencia ficción. Hasta el sentido del humor está emparentado con los videojuegos. Nuestro (nosotros) protagonista es una especie de hombre medio máquina, que ha sido reconstruido para convertirse en un super soldado. Sin embargo, no tiene (tenemos) ningún recuerdo del pasado. Por ello, seremos perseguidos incansablemente por centenares de paramilitares rusos. La acción tiene lugar en Moscú, y la película emplea gran parte del metraje a mostrarnos el paisaje urbano de la ciudad, como una postal virtual contemporánea. Algo que por otra parte es de lo mejor que tiene la película, puesto que al menos no resulta tan vomitivo como las ensaladas constantes de tiros.

Como digo, Hardcore Henry anuncia gran cantidad de filmes que ya empiezan a desarrollarse con la tecnología Oculus rift y similares. Ahora bien, en este caso nos encontramos ante un proyecto fallido, que cualquier amante al cine no puede más que aborrecer. Primero, porque el filme se desentiende de cualquier uso inteligente, para optar por el camino fácil, la acción pura y dura. Y segundo, porque el filme no acaba de materializar sus intenciones. Es decir, se presiente que el cineasta ha querido ir un paso más allá del cine de terror, pero el esfuerzo ha resultado inútil, puesto que no nos encontramos ni ante una película, ni ante un videojuego. Sino un híbrido inhabilitado para hacer sentir al espectador.

De todas maneras, incluso en la realización el filme flojea en sus propósitos. La película acaba repitiendo los esquemas de una manera redundante y pasada la primera media hora inicial, la película se vuelve completamente monótona y tediosa, sólo salvada por el interés momentáneo (y más por curiosidad que por calidad). Por si fuera poco, la acción, que es el eje básico en el que se sustenta la película, tampoco está lo suficientemente bien rodada, y como en muchas otras películas del género, acaba volviéndose mareante.

Como bien decía un profesor de la universidad, el cine parece dirigirse hacia el estado primitivo en el que se formó, con Mélies a la cabeza. El cine de antes, que prescindía de una narrativa elaborada y compleja, y al que solamente le interesaba la imagen, así como el impacto emocional del espectador. Hardcore Henry no inventa nada, sino que es un paso más en este camino que el siglo XXI está recorriendo. Un paso más como lo fue la masificación del 3D en las salas de cine, el uso extensísimo del found footage en el cine de terror o la simplificación del argumento en todos los géneros, en pos de la música y la imagen.

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Aleksander Agin. Ilustrador y artista ruso.

1817-1875. Dibujante e ilustrador. En el año  1834 ingresó en la academia de arte de San Petersburgo, donde cursó estudios de historia de la pintura con K.P. Briolloba (Karl Briulov). Finalizó sus estudios en el 1839, pero no se dedicó a la pintura. Ilustró literatura contemporánea, entre los que destacan Gogol, Turguénev, Panaeva y otros.

Su obra principal son las 100 ilustraciones de Almas muertas, de Gogol. Fueron realizadas colectivamente con el pintor y grabador E.E Bernardsckim. 72 ilustraciones fueron publicadas en el 1847 (cinco años más tarde de la primera publicación de la novela original), y el resto en el 1892.

La psicología social, las costumbres y los caracteres cotidianos, así como la claridad que transmite Agin con sus efigies forman parte de su sello. Estos dibujos fueron la obra más reconocida del artista.

Posteriormente recibió muy pocos engargos, sólo ilustraciones de revistas. Empobrecido, en el 1853 se mudó a Kiev, donde dio clases en el cuerpo de cadetes. Incluso, debido a las circunstancias económicas se vio obligado a trabajar en el teatro como maquillador y accesorista, pero siguió sufiendo penurias. Al final de su vida, fue llamado por el mecenas y coleccionista Basili Tarnobski, en su palacio de Kachanovka, donde finalmente moriría el 1875.800px-Agin_nozdrev.jpg

Nosdrev. Ilustración realizada para la obra Almas muertas de Gogol, 1846-1847.

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PliushkinIlustración realizada para la obra Almas muertas de Gogol, 1846-1847.

Traducción realizada de la obra : VV.A.A, Enciclopedia de pintores rusos, XIV-XX. Ed. Olma Press, Moscú 1999.

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Roger y yo (1988)

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Hoy en día prácticamente todo el mundo occidental ha oído hablar de Michael Moore, pero lo cierto es que cuando se enfundó su chándal y se empeñó en hacer un documental entrevistando al mandamás de la General Motors, Roger Smith , allá por el final de la década de los años ochenta, sobre un tema que le atañía personalmente, como fue el despedido masivo de tres mil trabajadores en la pequeña ciudad de Flint donde él vivió, aún no sabía que estaba haciendo historia dentro del cine documental. El cineasta llegaría a crear un subgénero dentro del cine documental que hoy en día ha sido y es copiado por numerosos documentalistas, programas de televisión y cualquiera que pretenda con un pequeño equipo cinematográfico mostrar una visión crítica sobre un tema. En nuestras propias fronteras podemos hablar del célebre periodista Jordi Évole, de quien uno deja de acordarse a medida que avanza el metraje del filme y Michael Moore inicia su tanda de preguntas que a priori, por su tono y modo parecen inofensivas, pero que en el fondo guardan un tono jactancioso.

Roger and me (Roger y yo, 1988) se trata de una pequeña joya. Es cierto que la figura de Moore se ha ido ensombreciendo con el paso del tiempo y el estreno de sus últimas obras. En parte, por las críticas de ciertos sectores conservadores de los Estados Unidos, que ven en el cineasta una figura peligrosa a la que hay que como mínimo, ignorar. En parte también, porque el propio estilo de Moore ha ido evolucionando hacía una cierta demagogia. Pero su primera obra, es capaz de aunar a cualquier detractor, precisamente porque la fórmula Moore se demuestra en este filme como una forma fresca de hacer cine. En Roger y Yo las tendencias políticas del espectador dan totalmente igual. El documental es perfectamente compatible con cualquier opción política, en parte por el tono didáctico del cineasta, y también porque Moore se hace el ingenuo en numerosos momentos.

Como ya comentábamos, el documental se centra en la deslocalización de la fábrica de la General Motors en la ciudad de Flint. Algo que forma parte de la propia vida del cineasta, quien vivió en la ciudad y tenía numerosos familiares directos trabajando en la propia fábrica. A lo largo del documental seremos testigos de dos caminos vitales que recorre Moore. Por una parte Moore pretende contactar con Roger Smith, y lo persigue en varias partes del país (siempre recogiendo negativas por parte de su equipo) mientras que el segundo camino nos muestra al director documentando muchos aspectos de la decadencia de Flint después del despido masivo. Ahí se comprimen diversas secuencias: desahucios, muchas entrevistas a habitantes de la ciudad (desde afectados a privilegiados), información documental…

Una de las señas que harían más identificativas a Moore en un futuro, como es el sentido del humor, ya aparece de manera más que significativa en esta cinta. El cineasta sabe que está tratando un tema realmente espinoso y duro. No en vano, a lo largo de la película somos testigos de secuencias tremendamente duras, como desahucios e incluso algún que otro crimen. Sin embargo, el cineasta lejos de mostrar los hechos con una denuncia habitual, pretende darle una patina de humor cínico a la película. De tal manera, que el resultado es aún más demoledor. Sí, el espectador puede sonreír ante los asombrosos desahucios de los que es testigo (entre el ayudante del Sheriff, personaje cómico por su propia apariencia y las estrambótica situaciones que presenciamos, como mínimo se producen varios momentos humorísticos). E incluso sentir auténtico vértigo con otras secuencias que directamente parecen increíbles, caso de las estatuas humanas que son contratadas por los ricachones de Flint para que adornen sus fiestas. Pero una vez pasa la risa nerviosa, la falsa carcajada, al espectador sólo le queda un sentido de rabia enorme. Esa actitud, es precisamente la que seguramente sintió Moore con todo el proceso de la deslocalización de la fábrica, y es exactamente el sentimiento que consigue trasladar el cineasta al espectador. Una máscara cínica que nos ayuda a protegernos de la dolorosa realidad: La imposibilidad total ante los Roger Smiths del mundo. A nuestro cineasta sólo le queda la burla y su cámara para luchar contra los ricachones de Flint. Quizá no sirve para nada, pero como mínimo tiene un sentido personal para el propio Moore. El arte se vuelve entonces como una catarsis aparentemente inane, que tiene puestas sus esperanzas en el receptor.

Así pues, nos queda una obra tremendamente crítica, que de igual manera se disfruta y engancha al espectador por su potente ritmo. Y eso que los medios de producción con los que contó el cineasta fueron mínimos. Durante toda la película pueden comprobarse las armas con las que contó: una cámara, un micrófono, y unas cuantas personas que acompañaron al cineasta. El resto, la increíble historia de Flint se escribió totalmente sola.

 

 

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