Igla (The Needle, 1988)

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Игла (Needle, 1988) se trata de una película que tiene todos los ingredientes para ser una obra considerada de culto. La obra cuenta con la interpretación como personaje principal de Vitkor Tsoi, que para los que no lo sepan, se trata de uno de los mitos del Rock soviético, cuya fama quedó acrecentada después de una trágica muerte en un accidente de coche, cuando apenas contaba con 28 años de edad. La película fue la única incursión que realizó el actor (si no contamos un cameo anterior ) en el mundo del cine. La película fue producida por la Kazajfilm, productora Kazaja, algo que tiene una relevancia significativa, porque de hecho la película está rodada por un cineasta de origen kazajo, Rashid Nugmanov, y además el filme está ambientado en una ciudad de dicho país, Almatý. Por cierto, no fue Tsoi el único músico metido a actor en la película, pues en un rol secundario tenemos a Pyotr Mamonov, del grupo Sbuki Mu.

A esto, hay que añadir la singularidad del momento en que se filmó la obra. Como ya hemos comentado en más de una ocasión, los últimos años de la existencia de la Unión Soviética fueron realmente singulares en cuanto a aportación al ámbito cultural se refiere. Muchas temáticas que hasta entonces habían resultado imposible ser plasmados en la pantalla surgieron entonces con mucha fuerza, como digo, a finales de los años ochenta. En este caso, nos encontramos con una película que a pesar de que es dispersa como ella sola (y por muchos momentos resulta incomprensible) trata el tema de la droga (con escena de mono por droga incluida). El propio título ya advierte de la película. Resulta cuanto menos impactante, ver un primer plano de cómo uno de los personajes se toma una dosis.

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Por eso, hay que advertir que no estamos ante la típica película realizada como lucimiento de una estrella musical. Al contrario, Needle es una película con la que es difícil conectar, en gran medida porque el propio filme se divierte escupiendo en la cara del espectador. El guión no nos presenta las típicas situaciones de presentación, nudo y desenlace, sino que pretende plasmar un libreto menos literario y más poético. En principio, podríamos resumir la historia de la siguiente manera: Tsoi interpreta a un joven, aunque podríamos decir que se interpreta a sí mismo, ya que la película no nos da ni una pista sobre este personaje (que aparece en un in media res). Tiene una amiga, Dina (interpretada por Marina Smirnova) con la que pasará unos días. Ahí se da cuenta de que Dina está enganchada a la morfina (es enfermera y obtiene de su trabajo todo lo necesario), así que decidirá ayudarla a desengancharse de la droga. Para ello, en uno de los momentos más poéticos de la película, la llevará al mar de Aral (la película muestra en todo su esplendor los problemas ecológicos que surgieron por las políticas económicas, que desecaron prácticamente el mar). Finalmente, después de desengancharse, volverán a la ciudad, pero ahí volverán a surgir problemas. No contaré más por no spoilear, pero lo cierto es que la narración y los hechos que cuenta el filme en parte parecen importar poco.

El argumento puede tener algún sentido si lo leemos de esta forma, pero en realidad la película es mucho más enrevesada y como ya he dicho, los ochenta soviéticos están ahí para complicar la trama de una manera un tanto artificial. La película por ejemplo utiliza numerosos recursos «Arty» que tratan de darle un estilo único al filme. La impresión general es la de que a Tsoi le daba bastante igual la audiencia Soviética y que iba a hacer, hablando en plata, lo que la daba la gana. La película tiene algunos hallazgos creativos interesantes, como es el caso de la utilización de los televisores como leimotiv, algunos planos con sobreimpresiones dibujadas (que parecen ser homenajeadas en la reciente Leto de Sebrenikov, que trata precisamente sobre Viktor Tsoi), y algún plano deliciosamente estético, como la mayoría de los que tienen lugar en el mar de Aral. Por contrapartida, la película denota una factura pobre (aunque seguramente eso a los creadores les debía importar más bien poco) y que había poco presupuesto es evidente.

No es casualidad que la película esté llena de guiños a una cultura en parte popular, una mezcolanza de referencias Soviéticas pero también americanas, que forman un mix con el que la película pretende mostrarnos sus referentes. Para los más ávidos, en un momento puede verse que en una de las pantallas están dando Rescate en Nueva York de John Carpenter. El reloj que tiene el protagonista interpreta una canción de la Disney (la misma por cierto que suena también en el final de la Chaqueta Metálica de Stanley Kubrick). Pero para hablar de la música y la banda sonora, eso es directamente un punto y aparte. La película utiliza canciones del grupo del propio Tsoi, y de hecho la obra arranca con una de las más míticas, como es Sbesda po imenni sontse (Una estrella llamada sol). La película entera está repleta de canciones, y es evidente que el filme juega también a un nivel de oda a todo aquello que en aquellos momentos era una novedad en la Unión Soviética.

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Señor diseñador (Gospodin Oformitel, 1989)

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No es de extrañar que Gospodin Oformitel (Señor Diseñador, 1988) fuera una de las películas favoritas del cantante de Post-Punk soviético, Viktor Tsoi. Le va como al anillo al dedo. Estamos en un punto de eclosión máximo, donde la URSS se hace pedazos a cada nuevo día, y a pesar de que económicamente la situación es una catástrofe, culturalmente y dentro del mundo del arte (tanto en la música como en las artes visuales) se permite una libertad novedosa. La música de Tsoi, con su grupo Kino, se instala en un Rock ingenuo y naive, con un potencial contracultural tremendo. La provocación también era una de las señas de Tsoi. Por eso es normal que le gustara la película del director debutante, Oleg Tepsov. En realidad la película es un remake de un proyecto final de carrera realizado por el propio Tepsov. Para más curiosidad, en aquel año, Tsoi había realizado el papel principal de una película, Igla (The Needle, 1988) y ambas películas pudieron verse en el mismo festival, el “Solotoi Dyuk”[1] (El Dyuk dorado, festival celebrado en tiempos de la Unión soviética en la ciudad de Odessa).

¿Guión? La película está basada ligeramente en el cuento de Aleksander Grin,  titulada “Automóvil gris”. La película, como hija de su tiempo, presenta un argumento extraño, difícil de entender al cien por cien de un solo visionado. Viktor Akilov interpreta a un artista ruso que vive a inicios del siglo XX, y que tiene bastante éxito. Es contratado para diseñar el maniquí sobre el que se decorará un brazalete de una preciada joyería. Para este maniquí, recurrirá a una bella joven, que se encuentra enferma. Después de este primer capítulo, nos encontramos con que la película hace un salto de tiempo, para llegar a la Rusia prerrevolucionaria. Nuestro artista es ahora un adicto a la droga, que apenas tiene encargos. Sin embargo, un día recibe uno: Un burgués pretende decorar su nueva mansión. En un primer momento nuestro artista, rehúsa, pero aceptará la oferta cuando se encuentre con la esposa del burgués, que le recordará a la modelo anteriormente citada, algo que parece imposible, puesto que ella supuestamente murió. Como vemos, el argumento de la película resulta rupturista, si lo comparamos con el cine clásico soviético. La búsqueda del artista por su obsesión está retratada de una manera tan   enfermiza que resulta normal entender el revuelo que causó en su momento el filme.

El estilo “Arty” se puede ver a lo largo de toda le película y se enlaza con lo comentado anteriormente, que nos encontramos con una película fin de proyecto, es decir, con las pretensiones de un realizador joven que pretende hacerse notar. El director incrusta en numerosos momentos fotogramas de cuadros famosos, la mayoría de artistas del Siglo XIX y XX, como Odilon Relon (1840-1916),  Franz Von Stuck (1863-1928) o Max Klinger (1857-1920) entre otros. Son artistas que estilísticamente si están bien escogidos, puesto que pertenecen al movimiento simbolista y decadente, y al fin y al cabo, El Señor Diseñador no deja de ser una película que está totalmente influenciada por esta estética (e incluso temática, como es la conexión del artista con la propia fragilidad de la vida, así como con la decadencia de la carne). De hecho, en más de una ocasión el espectador tiene la sensación de estar viendo uno de estos cuadros/pesadillas de estos pintores, hechos película.  La obra de Tepsov es una de aquellas películas que optan por la atmósfera antes que por un desarrollo lineal del argumento. La película, recurre a recursos que inevitablemente nos demuestran que las reglas del cine soviético más clásico se habían roto, como la secuencia inicial, donde vemos a unas manos de mujer colocando un disco de vinilo, en una secuencia tétrica que en realidad no tiene ninguna relación con la historia, o el momento en que nuestro protagonista se encuentra con la modelo en la casa, escena que está rodada en un lenguaje que pretende mostrarnos el surrealismo inherente a los delirios del artista.

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Viktor Avilov debuta en el cine con esta película, interpretando al protagonista principal, como artista decadente. Hasta entonces Avilov sólo había trabajado en el mundo del teatro, y este supuso su debut cinematográfico. Lo cierto es que Avilov es una de las bazas de la película. Su actuación es realmente brillante,  y parece que el propio físico del actor acompaña a la creación de este personaje, totalmente obsesivo y emparanoiado. Un actor que debutó aquí, pero que seguiría en el cine con más o menos éxito, pero siempre ligado al culto.

En definitiva, una obra que resulta imprescindible para los amantes del cine soviético o ruso, para aquellos que se atreven a explorar lo inexplorado, pero teniendo en cuenta que han de ir preparados, porque el filme no es una película que pueda verse con facilidad. La película deja algunas secuencias para el recuerdo, como por ejemplo la partida de Póker entre nuestro protagonista y el burgués. Quizá en líneas generales nos damos cuenta de que la película puede tener algunos problemas, pero el potencial se vislumbra en muchas de estas escenas.

 

[1] ANTON, Chernin, Nasha Musica: Polnaia historia ruskovo roka, rasckassanaia im sami, Ed. Palmira, San Petersburgo 2017, p.208

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The Source of Snakes. El Manantial de las Serpientes, 1997

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Smeini Istochnik (Smeini Istochnik, 1997) es una película rara y extravagante, a la que pocos espectadores en pleno 2018  accederán, pero que reserva más de una sorpresa para todos aquellos que ya estén cansados del cine convencional y busquen algo más allá de lo típico. Se trata de la primera película rusa que sigue los modelos del género del thriller occidental (de hecho es de las primeras veces que podemos ver en el cine ruso alguna escena realmente escabrosa, a pesar de que sean contadas), aunque muy a su manera, lo que la convierte en una bizarra mezcla entre el cine ruso con el thriller norteamericano (referencia incluida a Psicosis de Hitchcock), con incluso algunos toques del Giallo italiano. El filme fue dirigido por Nikolay Lebedev, con un debut interesante, a pesar de que finalmente este director se haya visto más involucrado en películas comerciales que no en proyectos personales como este.

La película tuvo un presupuesto realmente bajo, y fue rodada en tan sólo 26 días, un auténtico record. Precisamente estas carencias económicas son muy obvias en la película, que aparenta una factura más propia de los años setenta que no de los noventa. La película cuenta eso sí, con un reparto de actores más que interesantes, como Evgenii Mironov o la actriz principal, Ekaterina Guseva, que debutaría en el cine con esta cinta.

El guión, que firma el propio Lebedev diríamos que resulta, no complejo, pero si enrevesado, de tal manera que es fácil perderse en algún momento, porque al director en ocasiones no parece importarle contar lo que al espectador le parecería en un primer instante más importante, como es descubrir quién es el asesino, y la narrativa de la película es un tanto dispersa. A esto se le ha de añadir el toque surrealista que tiene la película, y que parece ir con la época de desintegración Post-soviética, como muestran muchas otras cintas rusas del mismo período. No es que sea algo expreso (no hay ninguna referencia política en la película) pero queda en el aire.

Ekaterina Guseva interpreta a Dina, una profesora que llega a una pequeña ciudad de provincias para trabajar. Allí la espera la directora del colegio, interpretada por Olga Ostroumova, una persona realmente estricta, quien tiene a un excesivo servicial secretario, interpretado por Evgenii Mironov. Ya la primera muestra de surrealismo lo encontramos en este personaje, que roza el paroxismo de la servidumbre. En realidad, en esta pequeña ciudad de provincias están sucediendo una serie de asesinatos, y la policía, por surrealista que parezca, cree que la asesina puede ser la propia Dina, porque el comisario que está investigando el caso dispone de una fotografía de la que parece ser la mujer (aunque en realidad ni siquiera sale su rostro, sólo el mismo vestido que lleva Dina) el día del asesinato. Por su parte, pronto descubrimos que Dina no ha venido por el trabajo, sino por un antiguo amor suyo, interpretado por Sergey Makhovikov, quien a su vez está casado y espera un hijo.

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Lo que acabo de contar sucede en el primer cuarto de hora, así que ya nos podemos hacer una idea de por dónde va a tirar la película. En este sentido el film incluso puede recordar a los Giallos, en el sentido de que lo importante no es que el argumento tenga un desarrollo coherente, sino que el espectador quede impresionado por el propio camino que recorre el argumento. Pero a diferencia de los Giallos, la película no recurre a la violencia física para golpear al espectador (Apenas hay un par de secuencias en este sentido, y  comparadas con imágenes de filmes americanas, dan más risa que pavor), sino que lo hace con el desarrollo de sus personajes, y sus extraños fetiches.

Por una parte tenemos la malsana pareja de la directora y el secretario, antes comentada. Pero también podemos añadir la relación sexual entre el propio personaje que interpreta Sergey Makhovikov  y la directora, en una secuencia que nos deja descolocados por la sordidez que destila. También tenemos a la propia casera de la protagonista principal, que consigue ponernos la piel de gallina con la exageración con la que está perfilado el personaje (Las caras que pone viendo la telenovela o el show que monta al enterarse de los engaños extramatrimoniales de su yerno). Pero también podríamos añadir la propia ciudad, que aparece como un telón invisible en muchos momentos, pero tan inquietante como la trama (para la memoria quedan esas siluetas de las iglesias ortodoxas recortadas en el anochecer). O incluso la propia protagonista principal, con la que es difícil que el espectador consiga simpatizar, hecho realizado evidentemente a propósito, pero que no deja de tener un lado perturbador.

En definitiva, Smeini Istochnik es una película que se disfruta (en un sentido retorcido del término) por una malsana atmósfera (ayuda en parte el poco presupuesto con el que se contó para la producción) que a su vez resulta irrepetible, por las características históricas en las que fue realizada la película. Difícilmente me imagino que una película parecida pueda estrenarse hoy en día en los cines rusos, y sólo hay que ver las últimas películas de terror rusas estrenadas (totalmente inanes y alejadas de los problemas de la sociedad actual) así como los problemas con la censura para constar este hecho.

 

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Aracnofobia (1990)

 

Arachnophobia (Aracnofobia, 1990)  se trata de una mítica película de serie B, sobre temática arácnida, que pululó en su momento por cualquier videoclub digno de mención. La obra fue la ópera prima de Frank Marshall, un director de lo que denominaríamos como artesano. Como indica el título de la película, nos encontramos con un argumento que explota el medio que media humanidad tiene a las arañas (Mucho miedo para en proporción pocas películas o mejor dicho, correctas, se hayan realizado, por cierto) en una cinta que demuestra mucho gusto por lo artesanal y de la que como se dice, ya no se hacen.

La introducción a la película puede recordarnos a la mítica obra de Steven Spielberg, Jurassic Park (Parque Jurásico, 1993), rodada tres años después de la obra de Marshall. Encajan más las piezas si tenemos en cuenta que Aracnofobia está producida por la productora Amblin, fundada por el propio Spielberg, Hay numerosas coincidencias en este epílogo: En primer lugar se nos presenta una con fines científicos a un lugar recóndito de Sudamérica (En realidad Venezuela, donde se rodó parte de la película), una expedición liderada por un personaje que hace de biólogo experto en arañas y que puede recordarnos al mismo personaje que hacía de experto en dinosaurios en Parque Jurásico, interpretado por Sam Neill. Incluso la fanfarria musical puede evocar la música de Williams, a pesar de no carecer ni una quinta parte de la calidad musical.

El caso es que después de este prólogo que también tiene mucho del cine de aventuras clásico, la película cambia de tercio radical para contar algo a lo que el cine norteamericano nos tiene absolutamente acostumbrados, como es el traslado de una familia de clase media de una gran urbe cosmopolita a una ciudad de provincias. Evidentemente el traslado no será fácil, y nuestra familia se encontrará con un clima seco y hostil. Curiosamente, la película resulta airosa de esta presentación, especialmente gracias a la utilización de un humor útil, que se basa en la contraposición entre el padre de familia, que es un médico de carera, interpretado por  Jeff Daniels, y el doctor de la ciudad, un viejo cascarrabias que es más un curandero con dones para la sociabilidad que un doctor, interpretado por Henry Jones. La película le saca jugo a esta confrontación, donde la América rural más supersticiosa queda retratada.

Luego obviamente, llega el turno de las arañas. Puede que Aracnofobia no sea una obra maestra, pero tiene algo con lo que una película actual no puede competir,  y es que sus efectos son artesanales. La película no recurre más que en contadas ocasiones al CGI. Por tanto, muchas de las secuencias en las que vemos a los personajes lidiar con los terribles animales peludos son ciertas, lo que añade un plus. Esto sólo tiene un pequeño Handicap, y es que resulta obvio que estos animales son incontrolables, por lo que en algunas secuencias están llenas de una aleatoriedad, que aún así no resta.

Sí que es cierto que el tramo final de la película se hace más insoportable, con un alargado final que resulta además predecible en estos filmes, la lucha entre el personaje principal y el monstruo, en este caso, la Araña reina (un concepto introducido por el filme). En vez de un final rápido, nos encontramos con una secuencia larga en la que la maldita araña se resiste a morir, a pesar de que eso si, la película tiene un chiste final (justo después de matar a la araña) realmente hilarante.

Entre el reparto de actores, hay que destacar al mítico John Goodman, quien realizó uno de los mejores personajes para la película, como es el de exterminador de plagas. A pesar de que en un primer momento no caiga demasiado bien, lo cierto es que Goodman se acaba incluso comiendo al propio Daniels.

En definitiva, una película que a pesar de que no es capaz de explotar el miedo ancestral y atávico que siente la humanidad por las arañas, si merece la pena rescatarla del olvido en la que se encuentra, más hoy en día, cuando tanto abundan las películas en las que los efectos especiales nos hacen echar de menos con tanta fuerza a películas artesanales como esta.

 

 

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Canoa (1976)

Para los occidentales europeos, 1968 será siempre el año en que Europa vivió un agitamiento político brutal, con la revuelta estudiantil de París en Francia. Pero no fue el único movimiento estudiantil de protesta que se vivió en el mundo en dicho año. Uno mucho más olvidado pero no menos importante apareció en México de ese mismo año. Y ligado a esta revuelta, sucedió un hecho totalmente trágico, conocido como el linchamiento de San Miguel de Canoa. En este pequeño pueblo, San Miguel de Canoa, que en aquel momento era una población anclada en la economía rural, se vivió un momento de histeria total, cuando una masa linchó a unos turistas, tomándolos por comunistas, que habían llegado con la intención de escalar una montaña. Un acontecimiento trágico del que quedaron impunes los responsables.

Canoa (Canoa, 1976), es una película dirigida por Felipe Cazals, que retrata relativamente pocos años después, lo que sucedió en aquellas tristes jornadas. Se trata pues de cine social en estado puro, de aquel cine que pretende transgredir y tener una repercusión. Para más inri, esto queda aún más patente con la estructura y el tono de la película, pues la obra combina la recreación dramática con un tono de falso documental.

 

La obra arranca con una escena que hoy en día podría parecer incluso anticlimática, puesto que nos cuenta todo lo que sucedió en aquella jornada, con lo que el elemento de sorpresa es inexistente. Pero hemos de tener en cuenta que la intención de la película era contactar con un público que ya era conocedor de los hechos. Después de esta secuencia cinematográfica, nos encontramos con unos veinte minutos donde la película parece volverse un documental. Durante esta primera parte del metraje nos encontramos con una presentación del pueblo, narrada por una voz en off. Después de este primer acto, la película empezará la recreación de los hechos. A pesar de que puede parecer que sabiendo el final de la película desde un primer momento no exista interés, en realidad la película sabe muy bien como mantener la intriga, incluso con algunos recursos que están hecho ex profeso para crear tensión, como son las escenas en la casa, justo antes de que sean linchados.

Incluso los aficionados al género de terror podrán reconocer algunas pautas en Canoa que le será muy reconocibles. En parte la película parece evocarnos aquellas obras de terror como  The Texas Chainsaw Massacre (La Matanza de Texas, 1974, rodada curiosamente apenas dos años antes) en cuanto la película nos describe un ambiente rural de pesadilla, donde los aldeanos miran con recelo a los turistas extranjeros. ¿Cuántas veces no hemos visto en una película de terror semejante argumento? No sólo eso, el filme coquetea con un ambiente de pesadilla, como podría ser el discurso del cura acusando de comunistas y diabólicos a los turistas, o directamente la escena del linchamiento, que resulta terrible, por la manera en como la tensión se ha ido cocinada lentamente (justo antes de que la veamos aparece un flashforward en el que vemos al personaje del cura justificarse por lo que pasó aquella noche), y por la truculencia intrínseca de sus imágenes.

El filme también explota muy bien a un nivel visual todas las contradicciones que nos ofrece el pueblo, que a pesar de que aún vive en la Edad media en muchos aspectos, tiene algunos elementos de modernidad que resultan disonantes, y en los que la película se hace hincapié de manera consciente, con tal de producir confusión en el espectador. Es el caso de la única televisión del pueblo, que se encuentra en la tienda y que los habitantes miran embobados. También del sistema de altavoces, con el que además se hace un uso maligno, invocando a las masas para que masacren a los turistas. De hecho, en un momento en el que las masas enfervorecidas se dirigen hacia la casa donde se hallan sus víctimas se puede contemplar irónicamente un letrero de la marca comercial de Pepsi. ¿Casualidad? Lo dudo.

En definitiva una película que tiene un punch tremendo, y que pretende echar sal en la herida. Quizá, la falta de presupuesto sea un hándicap grande, porque la película adolece en algunos momentos de esa falta. Tampoco la puesta en escena está demasiado elaborada, aunque son detalles que han de obviarse para una película que sin duda alguna merece ser rescatada, por diseccionar de lo que es capaz la fórmula de ignorancia más miedo.

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The Envelope (2017). Konvert

Ya hemos comentado profundamente que últimamente el cine ruso es capaz de hacer émulos por géneros muy competitivos en lo que a cine de Hollywood se refiere. Sin embargo, hay un género que se le resiste tremendamente, como es el de terror. Hoy traemos, Konvert (The Envelope, 2017), dirigida por Vladimir Markov, una película totalmente fallida que es sintomática de porque el cine de terror ruso, por lo menos dentro del mainstream , es incapaz de funcionar.

La película nos presenta una trama que es más de corte de terror clásico. Primero, con un prólogo que funciona a medias y que nos traslada a la edad media, para posteriormente ir al grano. El personaje que interpreta Igor Lizengevich es el protagonista principal, un joven con un trabajo con el que no está satisfecho, puesto que trabaja como conductor para una importante empresa, aunque incluso también hace recados como cartero dentro de esta. Un día, su compañera de trabajo le pide entregar una carta con una extraña dirección….y ahí empezará el sarao, porque parece ser que la dirección no corresponde, y pronto entrarán en juego todo tipo de espíritus, que en ningún momento consiguen asustarnos. No tarda la película en ir al grano, porque en realidad la duración del metraje es más que corta, puesto que el filme apenas dura una hora y dieciséis minutos.

El filme se centrará pues en el viaje de nuestro protagonista en pos de entregar esta carta. A partir de ahí, el desfile de clichés del género se hace interminable, con trucos que parecen de auténtico novato. Lo más lamentable es que no podemos rescatar ni una sola escena, lo que dice bastante del filme. Los trucajes del fantasma de la niña, la ambientación…las alucinaciones que sólo nuestro protagonista puede ver….Por no hablar, de que la película es tramposa, y incluye algunos trucos que no tienen explicación racional (los viajes en el tiempo con las llamadas, que resultan efectistas pero carecen de lógica) Como mucho, y eso siendo muy optimistas, se podría rescatar alguna localización, no en vano la película fue rodada en algunas localizaciones reales como el cementerio de Golovinskoie, al norte de Moscú.

El problema es que el género de terror tiene unas características inherentes, como son la transgresión y la capacidad de hacer sentir mal al espectador. Y claramente, la sociedad rusa actual no es capaz de hacer estas condiciones en una cinta de producción propia. Choca con la propia moral. Y por eso The Envelope se queda a medio camino. Los sustos parecen dedicados a una audiencia que se ha quedado anclado en los años sesenta (e incluso dudo que el público de aquella época tuviera algún mínimo problema con esta película) y la transgresión es nula. Es cierto que todo nos remita una cinta de corte clásico (¿Influencias incluso propias de James Wan?) pero no hay ni una sola imagen que podamos rescatar. Realizar una película de terror pensando que hay que contentar al espectador es un tremendo error.

Más allá de la falta de cualquier atisbo de genialidad, nos encontramos con una película que además cae en algunos errores de guión que parecen de principiante. Porque es evidente que la productora o quien fuera exigió que en la película se incluyera una actriz femenina con tal de atraer a más público y para ello se hace una pirueta de guión que nos toma al pelo a todos: El personaje que interpreta Yuliya Peresild es una policía que por azar se encuentra con nuestro personaje, y sin que sepamos porqué….¡Decide acompañarlo a entregar el dichoso sobre! Totalmente surrealista, sin más, este momento, forzado exclusivamente para que en escena entre este personaje femenino.

En definitiva, The Envelope es una película a todas luces fallida. Los amantes del género deberán buscar el terror en otros proyectos mucho más menores dentro de la cinematografía rusa.

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Ekipazh (Rescate suicida, 2016)

Ekipazh (Rescate suicida, 2016) es una de las películas rusas de nueva hornada que pretenden competir en espectacularidad con el cine de Hollywood. Aún con esas, la película tiene sus raíces en el cine soviético, más en concreto en la mítica Ekipazh (Aeropuerto en llamas, 1980), puesto que en realidad nos encontramos ante un remake. La original fue una de las películas míticas de la cinematografía soviética, que intentaba emular el cine de catástrofes americano de los años ochenta. La obra rusa se trata de una superproducción que consta con dos actores muy populares, como Danila Kozlovsky y Vladimir Mashkov y que en Rusia tuvo una buena acogida en taquilla, consiguiendo reunir más de cinco millones de espectadores. La película fue la segunda después de Stalingrado (Stalingrado, 2013)  en ser rodada en formato IMAX.

El problema principal que tiene la obra es ciertamente paradójico. Y es que el director de la obra, Nikolay Lebedev, se toma muy en serio su propia obra. Tanto, que dedica gran parte del metraje a intentar construir sus personajes, a pesar de que lo hace de manera tópica. En una película de estas características, si el guión no es capaz de hacernos empatizar con los personajes, lo mejor que se puede hacer es ir al grano, y sin embargo, en Rescate Suicida nos encontramos con que la primera parte del metraje es totalmente sobrante. De hecho, no es hasta ya pasad la mitad de la película cuando el pastel se desvela. Hasta entonces, tenemos que aguantar escenas que intentan desarrollar triángulos amorosos de manera estrepitosa, y que resultan frustrantes por su planitud.

El guión nos presenta la historia arquetípica de superación, que tantas veces hemos visto en la cinematografía americana, sólo que en esta ocasión todas las marcas son rusas (ahí anda la compañía aérea Aeroflot, para mayor gloria). El protagonista principal es interpretado por Danila Kozlovsky, quien es presentado en un inteligente e inesperado prólogo y que nos define a nuestro personaje como un tipo que tiene talento pero a la vez es honrado a más no poder, puesto que para aligerar carga del avión decide escoger entre los jeeps del jefe antes que unos juguetes que van a un orfanato (obviamente es despedido por ello). Desafortunadamente, después de este prólogo la película cae ante los tópicos más absurdos, mientras el personaje de Kozlovsky se adapta a la nueva aerolínea en la que ha conseguido trabajo mediante el enchufe de su padre. Antes de que lo importante realmente haga aparición (el estallido de un volcán), nos encontraremos con una multitud de metraje que solamente funciona cuando los dos protagonistas comparten plano.

Kozlovsky, el guaperas con más gancho comercial de cara al cine, no es un mal actor, pero no puede competir con el actor que interpreta a su nuevo jefe, Vladimir Mashkov. A pesar de que el personaje que le dan no tiene tampoco una gran profundidad, Mashkov se hace con él, dándole un toque único y que hace que sintamos empatía con él e incluso con su situación familiar, puesto que a pesar de ser un tipo duro, tiene un hijo adolescente con el que apenas tiene una relación.

Pero el pacto de ficcionalidad se acaba rompiendo en el momento en que la película presenta retos totalmente alejados de la realidad. Puedo pasar las escenas con lava, con el aeropuerto siendo derribado por los sismos y los efectos del volcán, e incluso las piruetas con los aviones pasan con más  o menos normalidad. Pero lo que resulta intragable es uno de los momentos cercanos hacia el final de la película, donde vemos como los pasajeros de uno de los aviones pasan a otro mediante una cuerda…Absolutamente absurdo, y que saca por fuerza al espectador, de lo que hasta ahora estaba siendo una película fácilmente digerible.

En definitiva, la película es un entretenimiento palomitero que no desentona si hablamos de aspectos técnicos. La factura podría pasar por cualquier película americana de catástrofes, lo que tampoco es decir mucho, porque la película comete algunos de los fallos típicos de estas obras. Los dos pilares de la película: Los actores y la factura técnica, hacen malabarismos con sus defectos, un desarrollo emocional fallido y algunos defectos inherentes del género.

 

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