Roger y yo (1988)

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Hoy en día prácticamente todo el mundo occidental ha oído hablar de Michael Moore, pero lo cierto es que cuando se enfundó su chándal y se empeñó en hacer un documental entrevistando al mandamás de la General Motors, Roger Smith , allá por el final de la década de los años ochenta, sobre un tema que le atañía personalmente, como fue el despedido masivo de tres mil trabajadores en la pequeña ciudad de Flint donde él vivió, aún no sabía que estaba haciendo historia dentro del cine documental. El cineasta llegaría a crear un subgénero dentro del cine documental que hoy en día ha sido y es copiado por numerosos documentalistas, programas de televisión y cualquiera que pretenda con un pequeño equipo cinematográfico mostrar una visión crítica sobre un tema. En nuestras propias fronteras podemos hablar del célebre periodista Jordi Évole, de quien uno deja de acordarse a medida que avanza el metraje del filme y Michael Moore inicia su tanda de preguntas que a priori, por su tono y modo parecen inofensivas, pero que en el fondo guardan un tono jactancioso.

Roger and me (Roger y yo, 1988) se trata de una pequeña joya. Es cierto que la figura de Moore se ha ido ensombreciendo con el paso del tiempo y el estreno de sus últimas obras. En parte, por las críticas de ciertos sectores conservadores de los Estados Unidos, que ven en el cineasta una figura peligrosa a la que hay que como mínimo, ignorar. En parte también, porque el propio estilo de Moore ha ido evolucionando hacía una cierta demagogia. Pero su primera obra, es capaz de aunar a cualquier detractor, precisamente porque la fórmula Moore se demuestra en este filme como una forma fresca de hacer cine. En Roger y Yo las tendencias políticas del espectador dan totalmente igual. El documental es perfectamente compatible con cualquier opción política, en parte por el tono didáctico del cineasta, y también porque Moore se hace el ingenuo en numerosos momentos.

Como ya comentábamos, el documental se centra en la deslocalización de la fábrica de la General Motors en la ciudad de Flint. Algo que forma parte de la propia vida del cineasta, quien vivió en la ciudad y tenía numerosos familiares directos trabajando en la propia fábrica. A lo largo del documental seremos testigos de dos caminos vitales que recorre Moore. Por una parte Moore pretende contactar con Roger Smith, y lo persigue en varias partes del país (siempre recogiendo negativas por parte de su equipo) mientras que el segundo camino nos muestra al director documentando muchos aspectos de la decadencia de Flint después del despido masivo. Ahí se comprimen diversas secuencias: desahucios, muchas entrevistas a habitantes de la ciudad (desde afectados a privilegiados), información documental…

Una de las señas que harían más identificativas a Moore en un futuro, como es el sentido del humor, ya aparece de manera más que significativa en esta cinta. El cineasta sabe que está tratando un tema realmente espinoso y duro. No en vano, a lo largo de la película somos testigos de secuencias tremendamente duras, como desahucios e incluso algún que otro crimen. Sin embargo, el cineasta lejos de mostrar los hechos con una denuncia habitual, pretende darle una patina de humor cínico a la película. De tal manera, que el resultado es aún más demoledor. Sí, el espectador puede sonreír ante los asombrosos desahucios de los que es testigo (entre el ayudante del Sheriff, personaje cómico por su propia apariencia y las estrambótica situaciones que presenciamos, como mínimo se producen varios momentos humorísticos). E incluso sentir auténtico vértigo con otras secuencias que directamente parecen increíbles, caso de las estatuas humanas que son contratadas por los ricachones de Flint para que adornen sus fiestas. Pero una vez pasa la risa nerviosa, la falsa carcajada, al espectador sólo le queda un sentido de rabia enorme. Esa actitud, es precisamente la que seguramente sintió Moore con todo el proceso de la deslocalización de la fábrica, y es exactamente el sentimiento que consigue trasladar el cineasta al espectador. Una máscara cínica que nos ayuda a protegernos de la dolorosa realidad: La imposibilidad total ante los Roger Smiths del mundo. A nuestro cineasta sólo le queda la burla y su cámara para luchar contra los ricachones de Flint. Quizá no sirve para nada, pero como mínimo tiene un sentido personal para el propio Moore. El arte se vuelve entonces como una catarsis aparentemente inane, que tiene puestas sus esperanzas en el receptor.

Así pues, nos queda una obra tremendamente crítica, que de igual manera se disfruta y engancha al espectador por su potente ritmo. Y eso que los medios de producción con los que contó el cineasta fueron mínimos. Durante toda la película pueden comprobarse las armas con las que contó: una cámara, un micrófono, y unas cuantas personas que acompañaron al cineasta. El resto, la increíble historia de Flint se escribió totalmente sola.

 

 

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Iluminados por el Fuego (2005)

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Hartos estamos ya que el cine bélico se ambiente siempre en los mismos conflictos, mismas guerras, revisitando una y otra vez los mismos lugares comunes. Evidentemente, el escenario que todos relacionamos y tenemos en mente cuando hablamos del género es la segunda guerra mundial, del que como mínimo cada año caen un par de superproducciones norteamericanas. Precisamente por esto, una película como Iluminados por el fuego (Iluminados por el fuego, 2005) resulta de primeras tan sorprendente, por tratar un conflicto que a la mirada europea (excluyendo Gran Bretaña) resulta un tanto ajeno, como fue la desgraciada Guerra de las Malvinas, sucedida en la década de los años ochenta. La película, que se trata de una obra dirigida por un cineasta argentino, Tristán Bauer, con coproducción española (entre la que se incluye Mediapro), no es un panfleto partidista (el punto más positivo de toda la película) sino más bien al contrario. Un retrato muy amargo, que pretende derribar cualquier mito y que incluso a pesar de que el espectador no sea propio de Argentina puede sentir la desesperación que rezuma el filme.

La película está inspirada en la obra literaria de Edgardo Esteban, quien fue combatiente  en dicha guerra. Sus experiencias fueron pasadas a la literatura, y la película adapta más o menos dicha obra. El film arranca con el intento de suicidio de Alberto Vargas. El periodista Esteban se dirige llamado por la mujer de la víctima, quien le pone en situación. A partir de entonces aparecerá la estructura partida de la película, que combina los flashbacks de la guerra (mostrándonos la vivencia del soldado Esteban durante el conflicto) con el presente. La obra combina además durante algunos momentos del metraje obra documental, lo que nos puede permitir hablar de una tercera posición. Una tercera estructura, que se entreteje a lo largo del metraje.

Desafortunadamente, Iluminados por el Fuego es una película fallida. Y lo es porque no tiene claro que quiere contar exactamente. O mejor dicho, no sabe cómo hacerlo. Por eso nos encontramos con una estructura que funciona sólo a medias, y que resulta un auto entorpecimiento para el desarrollo de la película. Quien haya visto el filme entenderá perfectamente que me refiero especialmente a la parte que sucede en la contemporaneidad. Y es que el drama no llega a afectarnos en ningún momento ni la película tiene demasiado meollo. Los protagonistas no tienen trascendencia y están esbozados mínimamente. El cineasta sabe que esta parte es un mero envoltorio para el lucimiento del propio conflicto, pero es totalmente incapaz de darle empaque emocional. Para empezar, porque no sucede nada, sino que simplemente los personajes se dedican a deambular por el filme con frases que ya hemos oído mil y una veces. Y en especial, porque nada resulta creíble, sobre todo si hablamos de la relación entre el periodista y el personaje de la mujer casada.

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Como decía anteriormente, la película dista bastante de ser propaganda. Más bien al contrario, el filme es un puñetazo a los conceptos como la patria y el militarismo. Esto lo deja bien claro el guión, con especial énfasis en la distinción que se sucede entre los soldados y los tenientes. Para ello nos presenta varias secuencias en las que vemos a los protagonistas ser acosados y maltratados tanto psicológica como físicamente por sus superiores. Y además, también se nos muestra la dureza y las pésimas condiciones con las que sobreviven en las Malvinas. La película es en realidad un intento de homenaje (como explícitamente se dice al final del filme) a aquellos muchachos que no sé sabe muy bien porque, fueron enviados a un destino trágico. Es precisamente en los momentos de máxima cotidianeidad, cuando los jóvenes militares hablan sobre sus sueños, familias, novias, amigos, cuando la película resulta más atractiva. No por aportar nada realmente original, puesto que la camaradería entre iguales ha sido explotada por el cine bélico desde sus origines, sino porque es capaz de hacernos compadecer de aquellos hombres, algo que no sucede siempre. El epílogo final del filme se hace aún más eco de la esencia del filme, que pretende echar las culpas del desastre a políticos sin escrúpulos que aprovecharon (y aprovechan) el nacionalismo para tapar los propios fallos del régimen, a costa de vidas humanas.

Lo más interesante de hecho es la poética parte final del filme. Un cierre que tiene un toque lírico propio del mejor cine argentino, mostrándonos la llega del protagonista periodista acercándose a las propias Malvinas y presentando sus respetos en el actual cementerio dedicado a los soldados que fallecieron en el conflicto. Es cierto que la película no tiene los medios de otras grandes superproducciones bélicas (sólo hace faltar ver las escenas propiamente dichas del género), pero el cineasta suple estas carencias con una vía dramática que si bien sólo cumple en algunos momentos, nos enseña que hay cine e historias más allá de nuestra acotada visión occidental.

 

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Suicide Squad (2016)

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Suicide Squad (Escuadrón de Suicida, 2016) es una de las películas más controvertidas de este año. Y es que no ha sido precisamente una película alabada por la crítica, sino al revés, totalmente apedreada. Lo cierto, es que el filme ha recibido algunos palos de manera injustificada. El filme que firma David Ayer (Con la huella de Zack Snyder siempre presente) dista bastante de ser una buena película, pero lo cierto es que en comparación con otras películas de superhéroes por lo menos se puede decir que en esta ocasión hay la voluntad de introducir algunas novedades. Por ejemplo, el llamativo diseño de la película, que funciona especialmente en los primeros momentos del filme, o la técnica narrativa que a pesar de que no acaba de encajar, intenta darle una pequeña vuelta de tuerca al subgénero. De todas maneras, el éxito de público ha sido el espaldarazo suficiente para que en el panorama futuro la compañía tenga otros productos a priori menos llamativos en la cola de producción.

Lo cierto es que la película tiene algunos defectos bastante evidentes. Quizá, precisamente los críticos se han cebado con el filme porque a diferencia de otras películas mucho más formales las costuras de esta son muy evidentes. Para empezar, el defecto más acusado lo encontramos con el desarrollo de los personajes. Ciertamente, sólo dos de los protagonistas están mínimamente perfilados (evidentemente hablo de Deadshot y Harley Quinn). Al intentar introducir tantos y tantos personajes la película no da abasto, y algunos miembros del escuadrón suicida no dejan de ser meras comparsas (el ejemplo más evidente lo encontramos en el personaje del Bumerang, qu aparece y desaparece intentando aportar un fallido sentido cómico). Y claro, el desarrollo de otros personajes resulta absurdo. Podemos hablar del personaje del Diablo, al que la película trata de introducir un pasado dramático que huele a quemado desde kilómetros de distancia (con un flashback de rigor que resulta cómico, al nivel de un culebrón venezolano) o también de otros como el del capitán, que a pesar de que en un principio puede parecer que tiene una interesante historia detrás no aparece del todo esbozada (cayendo en un ridículo final). Incluso la película parece ser autoconsciente de este mismo hecho, con un personaje que aparece únicamente para morir (tal cual como suena).  Nada para tomarse en serio, muy al contrario de lo que venía siendo la línea DC hasta el momento.

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Otra cosa que tampoco se entiende muy bien es el nivel de producción de algunas secuencias. Especialmente me refiero a las que tienen relación con el enemigo final. Ya el diseño y la forma con la que aparece el monstruo en los primeros compases da cierta vergüenza ajena (por cantar a efectos por ordenador desde lejos) pero lo peor es que hacia el tercio final del metraje, el filme irá en continuo in crescendo con estos efectos. No hablemos ya del papel que juega el personaje de Cara Delevigne (además la pobre realiza una interpretación pésima) porque podríamos estar un largo rato describiendo la completa insensatez de su personaje. Sin embargo, otros recursos de producción resultan muy interesantes, caso de la presentación de los personajes (con un estilo pop muy personal, que incluso puede recordarnos en algún momento a una revisión de los filmes de Joel Schumacher, mezclados con elementos más contemporáneos como los videojuegos) o la utilización de la música, que pese a que en ocasiones puede sonar reiterativa, tiene en el fondo una voluntad de componer una identidad cercana por momentos al género musical, del que parece que bebe el filme.

Pero no todos son elementos negativos. Hay material que en manos de otro cineasta (o con la libertad suficiente por parte de Ayer) podría relucir ciertamente mejor. La dupla Quinn y Joker deja secuencias de bastante nivel que precisamente sorprenden por su madurez. Desde aquí dejo la pregunta… ¿Habríamos visto en alguna otra película del subgénero una secuencia como la que nos presenta la prueba de amor de Quinn al Joker? El romance, visto desde una perspectiva macabra, el amor entre dos lunáticos, es en definitiva una de las escenas culminantes. Lástima que la película sólo toque el cielo en momentos contados (¿Casualidad que la mayoría de ellos estén en Flashbacks? Quizá es que la historia que cuenta la películas sea realmente prescindible, y lo más disfrutable es precisamente el envoltorio.)

Y por otra parte, la película tiene una interesante estructura narrativa. Cierto que la película no es capaz de arrancar, pero por lo menos se pretende construir una cierta complejidad. El problema es que pese a que la película trata de ocultar algunos elementos para posteriormente irlos soltando, al tratarse de una trama tan poco compleja, no queda nada, más que aire.

En definitiva, Escuadrón Suicida es una película con abultados fallos. Incluso puede decirse que la DC ha sufrido negativamente la influencia y el peso de las películas de la Marvel. Pero hay algunos elementos de interés que pueden ser explotados en un futuro.

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12 años de esclavitud (2013)

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12 years a Slave (12 Años de esclavitud, 2013) se trata de la película que ha catapultado definitivamente al cineasta Steve McQueen en el panorama Hollywoodiense. La película recibió numerosos galardones, entre los que destacan el Oscar a mejor película, guión y actriz secundaria. Sin embargo, lo cierto es que la película supone una relajación en la carrera del cineasta (si nos ponemos pedantes y hablamos en términos puramente artísticos), que realiza en esta ocasión una película mucho más cómoda (y galardonable) que sus anteriores obras (más atrevidas e hirientes). Así pues, 12 años de esclavitud se convierte una película que titubea entre el cine de autor y el más académico. Incluso la elección del tema parece destinada y pensada únicamente en la ceremonia de los Oscars. ¿Quiere decir eso que la película carezca de interés? No. De hecho, el filme tiene secuencias de gran nivel, pero seguramente en el futuro el filme se verá en retrospectiva como una obra de transición.

La película está basada en un hecho real, como fue la captura y final liberación del hombre libre Solomon Northup (interpretado magistralmente por Chiwetel Ejiofor). Este hombre de raza negra, que fue hecho prisionero de manera totalmente salvaje, fue vendido como esclavo en circunstancias totalmente ilegales, ya incluso para aquella época. Finalmente, después de 12 años de esclavitud consiguió su liberación y publicó una obra literaria de corte abolicionista, que fue un absoluto éxito de público. La película se une pues a la lista de películas de nuestra época contemporánea que tratan de echar luz sobre uno de los hechos más lamentables de la historia fundacional de los Estados Unidos. Es cierto que la película adopta exclusivamente la visión de uno de los esclavos, algo en parte novedoso, y que a la vez se trata de una película sumamente dura si tenemos en cuenta el público al que va destinado. Sin embargo, al fin y a la postre se trata de una película en cierto sentido complaciente, si tenemos en cuenta que en anteriores películas del cineasta se habían tratado temas aún no superados en nuestra sociedad contemporánea. Además el relato del filme no es extrapolable a las relaciones de la actual sociedad norteamericana, sino que es un retrato prácticamente histórico.

El problema del filme es que el guión se centra en exceso en el vía crucis del personaje. Como ya han señalado otros críticos, la película tiene una vena morbosa que recuerda irremediablemente a la peor faceta de películas como The Passion of the Christ (La pasión de Cristo, 2004) de Mel Gibson. Y es que por momentos parece que el único camino que tiene el cineasta para mostrar la desesperación del personaje principal es torturarlo continuamente. La sangre colapsa la pantalla y acaba agotando al espectador, precisamente por tratar de un recurso demasiado fácil. Sucede lo mismo con el personaje que interpreta Michael Fassbender que está definido con apenas unas cuantas pinceladas. Un arquetípico de esclavista sureño que cae en el recurso fácil y que sólo se salva por la magistral interpretación del actor, que consigue transmitir la tremenda crueldad que se le exige al personaje. De hecho, al prototipo de personaje sureño se le antepone de manera casi cómica el que interpreta Brad Pitt, un hombre honrado que se pone de lado de nuestro protagonista y que como no podía ser de otra manera, proviene de los estados del norte (y además dibujado con los tópicos de aquel momento).

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Steve McQueen tiene talento, y ello queda más que comprobado en numerosas secuencias de 12 años de esclavitud. Precisamente, la mayor virtud de la película es que a pesar de ser una obra comercial y descaradamente dedicada a los Oscars, tiene la huella del cineasta impresa consistentemente. Puede que la película haya aligerado la intensidad del director, pero la actitud de enfant terrible puede observarse en algunos momentos. Pongamos por ejemplo la secuencia que tiene lugar cuando nuestro protagonista es castigado terriblemente y colgado. Se salva por un instante y queda colgado del árbol, mientras su vida sigue pendiente de un hilo. Otro director más académico habría cortado la escena rápidamente, o nos habría mostrado como nuestro protagonista es rescatado de tan horrible situación. No es el caso. McQueen nos presenta una escena angustiosa, un plano en el que además de nuestro protagonista sufriendo podemos ver a la multitud de esclavos que se mueve por detrás, ignorando totalmente la situación de su compañero. El cineasta podría haber cortado el plano mucho antes, pero decide alargarlo de una manera sorprendente, algo poco común en este cine más académico, creando una sensación de horror casi indescriptible. Al igual que al protagonista, al espectador también se le corta la respiración.

Desgraciadamente, el tono general de la película es irregular. La estructura del filme tampoco es la más adecuada, y parece navegar sin rumbo en determinados momentos. Poco ayuda en este sentido que cada poco tiempo vayan apareciendo celebridades que poco aportan al filme más allá de un gancho comercial.

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The Shallows (Infierno Azul, 2016)

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The Shallows (Infierno Azul, 2016) es una de aquellas películas que ha conseguido montar el suficiente revuelo como para que se pueda hablar sin tapujos de la resurrección de un subgénero (el cine de Tiburones, que nació con la mítica película de Spielberg, Jaws). Lo cierto es que a rebufo de la película de Jaume Collet Serra han surgido otras como In The Deep (In The Deep, 2016). Paradójicamente, la película con más valor cinematográfico se trata de la que dirige Johannes Roberts, y no la de Collet-Serra, que se convierte en una película monótona y sin demasiada creatividad. También es verdad que Jaume Collet -Serra ha conseguido labrarse una reputación más que respetable en Hollywood, pero veremos si el cineasta es simplemente un artesano del género o es capaz de darle una vuelta de tuerca más a su filmografía.

Como decía, la sombra de Jaws (Tiburón, 1975) es alargada. Básicamente la película combina el homenaje al filme de Spielberg con algunas formas más contemporáneas del terror, y por supuesto, con el subgénero survival como plataforma principal. Sin embargo el resultado es inconexo e inverosímil. Y eso que la película tiene un diseño de producción más que interesante y cuenta con los suficientes recursos económicos detrás. El argumento es simple y no tarda demasiado en ir al grano (de hecho, hay un esbozo mínimo del perfil dramático de la protagonista), algo que siempre se agradece. Nuestra protagonista, interpretada por Blake Lively, se trata de una joven muchacha que decide hacer turismo deportivo (surf) en México. Curiosamente, los primeros minutos del filme tienen bastante similitud con los de In the Deep, donde se produce un diálogo en castellano e inglés entre los protagonistas y la gente nativa que les acompaña. Pero estos guiños de Collet- Serra nuestro propio lenguaje pronto acaban, porque rápidamente nuestra protagonista, al llegar a una playa paradisíaca (alejada de la mano de Dios) se acaba encontrando con un peligroso escualo que le hará lo imposible. A partir de entonces, las palabras prácticamente desaparecen de la película, y nos encontramos con una película survival en todo su esplendor . Nuestra protagonista, aislada en una pequeña roca tratará de escabullirse de un tiburón (que parece que tiene una inteligencia sobrehumana) y todo lo que puede salir mal, acabará saliendo mal.Sin explicaciones, sin profundidad, Infierno Azul va siempre con una marcha de más, quizá demasiado acelerada en algunos tramos, y demasiado pausada en otros (las imágenes de nuestra protagonista en la roca acaban siendo demasiado repetitivas y rompen con la posible tensión).

El problema principal es que el guión del filme no ofrece absolutamente nada nuevo. En cambio, si seguimos con las comparaciones, vemos que In the Deep se trata de una película mucho más novedosa, tanto por ofrecer un punto de vista realmente interesante (y poco explorado, como es la claustrofobia en las profundidades del océano) como porque funciona más que correctamente a lo largo de todo su metraje (incluyendo una pirueta de guión final bastante arriesgada). En Infierno Azul, por el contrario, todo resulta ya visto. El director intenta introducir algún recurso propio de nuestra época con tal de agilizar el relato, como podría ser el caso de las sobreimpresiones que se introducen (desde conversaciones de Skype hasta cronómetros) o también algún momento de Found Footage (uno de los secundarios tiene una cámara con la que graba sus peripecias surfistas y que el director empleará en algunos momentos, secundarios que por cierto sólo sirven como mala carnaza). Sin embargo, uno realmente piensa si son necesarios y aportan algo realmente al filme, más allá de ser adscribirse a la contemporaneidad.

Por otra parte, una de las peores características del filme las vemos en el relleno cinematográfico que resulta bastante acusado en la película. Por una parte, hemos de tragarnos las innombrables postales que nos entrega el metraje de los paradisíacos paisajes en los que se rueda el filme. Y no son pocos, sino que parecen repetirse indefinidamente en el filme. Pero además, parece que los productores pretendieron sacar tajada de la contratación de Blake Lively, mostrándonos planos sugerentes de la actriz, en muchos de los casos prácticamente innecesarios.

En definitiva, Infierno Azul es una película vacía, a la que la producción engulle totalmente. En comparación, otras películas con un presupuesto menor consiguen ser más atrevidas, la obra de Jaume Collet- Serra decepciona. Todo lo que había mostrado el cineasta con anterioridad parece desfallecer en esta ocasión,

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Descubriendo a los Robinsons (2007)

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Un auténtico despropósito, así es como podría definirse la película que realizó la célebre compañía Disney en el 2007, Meet the Robinsons (Descubriendo a los Robinsons, 2007), una película de animación que pretende seguir la estela de las películas de la Pixar, pero a la que no es capaz ni de asomarse. Efectivamente, el gran problema de la película es que no es capaz de construir por sí misma, sino que constantemente se fija en otros modelos para compararse, y eso la perjudica tremendamente. Por otra parte, una de las grandes ventajas de las mejores películas de Pixar es que fueron y son capaces de aunar todo tipo de públicos, tanto adultos como infantiles. Sin embargo, descubriendo a los Robinsons es una película que renuncia a la profundidad. El tratamiento de los personajes, las situaciones e incluso el sentido del humor están pensados para los más pequeños y por consecuencia, vista desde una óptica madura la película resulta terriblemente insulsa y sin la carga poliédrica a la que otras películas del género si nos tienen acostumbrados. Lo que vemos aquí es lo que hay, sin trampa ni cartón.

El argumento de la película es un sinsentido de enormes proporciones. La película nos presenta a un niño científico, que vive en un orfanato. Sin embargo, debido a su personalidad (un genio en ciencias), parece que ninguna familia quiere cogerlo en adopción. En una feria de ciencias consigue un crucial descubrimiento, pero de repente este mismo hallazgo será robado por un extraño personaje vestido con bombín. A partir de entonces se sucederán viajes en el tiempo, persecuciones y un sinfín de situaciones de lo más estrambóticas. El guión es una mezcla entre la ciencia ficción, el vodevil y aunque parezca mentira parte de la screwball comedy más alocada de los años treinta. Sin embargo la síntesis acaba resultando indigesta. Uno de los errores principales es el de condensar y acumular situaciones continuas, con la pretensión de entretener así al espectador, pero la fórmula fracasa completamente. Primero porque el sentido del humor es inexistente (a no ser que debamos considerar como tal situaciones tan lamentables como el chorrazo de mantequilla de cacahuete disparado en la cara y demás como algo cómico) y segundo porque la creatividad de los personajes secundarios (que en realidad tienen un papel fundamental) es paupérrima. La excentricidad es la brocha gorda con la que el cineasta pretende rellenar los vacíos de personalidad de la que adolecen los personajes. Pero no, por mucho que se confundan hoy en día estos dos términos, y desafortunadamente, más cuando hablamos de cine de animación, la excentricidad no tiene porque ir unidad de manera indisoluble al humor. Y aquí sucede la debacle, cuando la película se dedica a introducir cual metralleta una batería de personajes  a cada cual menos interesantes (con un guiño a Raphael que por mucho que se haya criticado, me parece de lo poco destacable del filme, quizá porque no tiene nada que ver con el proyecto original). ¿Hay en realidad algún miembro de la familia Robinson que contenga un mínimo de carisma?

No podía faltar un mensaje de superación arquetípico, que en el filme está metido con calzador. Continuamente se nos trata de vender de manera explícita que el fracaso no es una opción, que la victoria es de quien la consigue y demás mercadotecnia. El problema no es sólo esta, que ya nos tiene acostumbrados desde tiempos inmemoriales el cine de Hollywood, sino que está introducida de una manera lamentable, con una ingenuidad apabullantemente infantil. La película se dedica a resumir el tema con cuatro frases de cara a la galería que apenas tienen profundidad.

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Y por si fuera poco, la animación de la película es totalmente plana. Hay algún personaje que está bien diseñado si hablamos de bocetos originales, pero como método de animación, Descubriendo a los Robinsons no funciona. Y es que no tiene sentido que una película realizada más una década antes como es Toy Story (Toy Story, 1995) luzca más creíble e interesante que la que nos ocupa. Pongamos por ejemplo las secuencias que tienen lugar en los jardines de la mansión Robinson. ¿Han visto ustedes unos jardines menos llenos de vida? ¿Más artificiales? Parecen construidos con una desidia terrible, como si simplemente rellenando un par de franjas verdes mediante ordenador se pudiera construir vegetación. Pero no, para dotar de vida a una película de animación hace falta algo bastante más que la suficiencia. Ni siquiera los protagonistas principales destacan en algo.

Quizá, lo único que merece la pena de todo el filme es la concepción del malo de la película. Primero por el diseño, muy en la línea del malo de The Great Race (La carrera del siglo, 1965) de Blake Edwards. Y segundo, porque es el único protagonista de la película que resulta realista, es decir, creíble y con una historia detrás más o menos interesante. Una pena que para ver la historia de este personaje antes hayamos tenido que aguantar escenas de otros personajes totalmente innecesarios.

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Expediente Warren: El caso Enfield (2016)

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The Conjuring 2: The enfield Poltergeist (Expediente Warren: El Caso enfield, 2016) es la continuación de la primera parte que rodó tres años antes el cineasta James Wan sobre la pareja de célebres parapsicólogos norteamericanos. La película, que supone un apuntalamiento más en la carrera del cineasta, ha recibido en su mayoría críticas positivas y puede convertirse en el punto de inflexión de su trayectoria.

Los más críticos con el filme han aseverado que la película no es más que una burda imitación de la primera parte que Wan dirigiera tres años antes. Es cierto que la película tiene muchas similitudes con aquella, pero sería demasiado injusto calificar el filme como una mera copia. Para empezar, porque el género de terror no es terreno propicio para que los críticos descalifiquen por el mero placer a una buena película como es esta segunda parte (porque precisamente, no anda el género sobrado de obras notables). Y segundo, porque a pesar de que es cierto de que las innovaciones argumentales son más bien pocas (aunque pensándolo bien, tampoco la primera de Expediente Warren aportaba algo sustancialmente al género de terror dentro del campo del guión y el argumento) la atmósfera y la puesta en escena están, si no a la par, por encima de la primera película. Es decir, el miedo está igual de asegurado.

Expediente Warren: El Caso enfield se acerca al manierismo formalista más exacerbado. En este sentido, la película parece una especie de Remake en la que el propio James Wan ha pretendido pulir aún más los pocos defectos que se encontraban en sus películas anteriores. Aquí la puesta en escena se hace aún más palpable, por recargada, que antes, y por ejemplo podemos citar los planos-que hasta el crítico menos avispado ha sido capaz de advertir- cenitales, que nos presentan a nuestros protagonistas introducirse en la casa endiablada, y que tienen un evidente sentido simbólico. Pero el filme de James Wan es más que un mero plano cenital. Secuencias construidas a consciencia para el homenaje al puro terror hay más de una. Por citar una de las más escalofriantes-y mejor construidas desde la dirección- podemos nombrar la que tiene lugar con la entrevista entre el demonio (mediante la niña poseída) y Ed Warren. Con sólo un plano fijo, el cineasta es capaz de captar la esencia del terror más instintivo, más atávico. Mientras Ed Warren entrevista a la joven niña, que está situada en un segundo plano, desenfocada, poco a poco somos testigos como esa masa informe se va convirtiéndose en un demonio. Pero inteligentemente, Wan no hace visible al terror hasta el momento estrictamente necesario, como es el clímax final. El director conoce perfectamente los tempos.

La película está supuestamente basada  en hechos reales, en las investigaciones que los parapsicólogos Ed y Lorraine Warren realizaron, más específicamente en el caso Poltergeist que aconteció en el año 1986 en el Reino Unido. El caso es el habitual dentro del género, una familia que empieza a sufrir problemas cuando una de las niñas de la familia empieza a mostrar algún tipo de posesión, provocando todo tipo de extraños comportamientos.  Inmediatamente la familia decide contactar con los Warren para que les ayuden en su desesperada situación. Aquí ya nos encontramos con uno de los puntos candentes del filme, y entramos ya en territorio ideológico. Porque la película toca todo lo que acontece como real (como es lógico en una película de terror) pero incluso va más allá, proponiendo un debate entre la parapsicología y la ciencia. Y es que en un momento determinado de la película se cuestiona precisamente que lo que le está sucediendo a la niña sea real. Sin embargo, los Warren se encargan de destrozar ese escepticismo. Esto, es decir, las posesiones y los exorcismos, que serían una chaladura en el mundo real, funcionan precisamente en el cine (o mejor dicho, en este filme). Y nosotros, al igual que los atormentados miembros de la familia, aceptamos la supresión de la ingenuidad y nos creemos a pies juntillas el poder del diablo. En este sentido, y tal como hiciera William Friedkin más de tres décadas atrás, James Wan es capaz de hacernos creer en lo sobrenatural, aunque sólo sea durante un par de horas. Algo que por otra parte aún no ha conseguido el vaticano.

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Lo cierto es que viendo no sólo las dos películas de Expediente Warren, sino también la saga de Insidious (cuyas dos primeras partes dirigió el cineasta) podemos afirmar que James Wan se ha librado ya una reputación dentro del género de terror. Y eso que a diferencia de otros cineastas, Wan ha seguido argumentalmente la vertiente del cine clásico (la mayoría de sus películas adscritas al género de terror están relacionadas con temáticas de películas clásicas de Serie B de los años cincuenta y sesenta, como son las casas encantadas), pero re visionando  y adaptando dichas historias y argumentos al nuevo modo cinematográfico. Veremos en el futuro si el cineasta sigue esta tendencia, o es capaz de ir incluso más allá en un futuro.

 

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