Canoa (1976)

Para los occidentales europeos, 1968 será siempre el año en que Europa vivió un agitamiento político brutal, con la revuelta estudiantil de París en Francia. Pero no fue el único movimiento estudiantil de protesta que se vivió en el mundo en dicho año. Uno mucho más olvidado pero no menos importante apareció en México de ese mismo año. Y ligado a esta revuelta, sucedió un hecho totalmente trágico, conocido como el linchamiento de San Miguel de Canoa. En este pequeño pueblo, San Miguel de Canoa, que en aquel momento era una población anclada en la economía rural, se vivió un momento de histeria total, cuando una masa linchó a unos turistas, tomándolos por comunistas, que habían llegado con la intención de escalar una montaña. Un acontecimiento trágico del que quedaron impunes los responsables.

Canoa (Canoa, 1976), es una película dirigida por Felipe Cazals, que retrata relativamente pocos años después, lo que sucedió en aquellas tristes jornadas. Se trata pues de cine social en estado puro, de aquel cine que pretende transgredir y tener una repercusión. Para más inri, esto queda aún más patente con la estructura y el tono de la película, pues la obra combina la recreación dramática con un tono de falso documental.

 

La obra arranca con una escena que hoy en día podría parecer incluso anticlimática, puesto que nos cuenta todo lo que sucedió en aquella jornada, con lo que el elemento de sorpresa es inexistente. Pero hemos de tener en cuenta que la intención de la película era contactar con un público que ya era conocedor de los hechos. Después de esta secuencia cinematográfica, nos encontramos con unos veinte minutos donde la película parece volverse un documental. Durante esta primera parte del metraje nos encontramos con una presentación del pueblo, narrada por una voz en off. Después de este primer acto, la película empezará la recreación de los hechos. A pesar de que puede parecer que sabiendo el final de la película desde un primer momento no exista interés, en realidad la película sabe muy bien como mantener la intriga, incluso con algunos recursos que están hecho ex profeso para crear tensión, como son las escenas en la casa, justo antes de que sean linchados.

Incluso los aficionados al género de terror podrán reconocer algunas pautas en Canoa que le será muy reconocibles. En parte la película parece evocarnos aquellas obras de terror como  The Texas Chainsaw Massacre (La Matanza de Texas, 1974, rodada curiosamente apenas dos años antes) en cuanto la película nos describe un ambiente rural de pesadilla, donde los aldeanos miran con recelo a los turistas extranjeros. ¿Cuántas veces no hemos visto en una película de terror semejante argumento? No sólo eso, el filme coquetea con un ambiente de pesadilla, como podría ser el discurso del cura acusando de comunistas y diabólicos a los turistas, o directamente la escena del linchamiento, que resulta terrible, por la manera en como la tensión se ha ido cocinada lentamente (justo antes de que la veamos aparece un flashforward en el que vemos al personaje del cura justificarse por lo que pasó aquella noche), y por la truculencia intrínseca de sus imágenes.

El filme también explota muy bien a un nivel visual todas las contradicciones que nos ofrece el pueblo, que a pesar de que aún vive en la Edad media en muchos aspectos, tiene algunos elementos de modernidad que resultan disonantes, y en los que la película se hace hincapié de manera consciente, con tal de producir confusión en el espectador. Es el caso de la única televisión del pueblo, que se encuentra en la tienda y que los habitantes miran embobados. También del sistema de altavoces, con el que además se hace un uso maligno, invocando a las masas para que masacren a los turistas. De hecho, en un momento en el que las masas enfervorecidas se dirigen hacia la casa donde se hallan sus víctimas se puede contemplar irónicamente un letrero de la marca comercial de Pepsi. ¿Casualidad? Lo dudo.

En definitiva una película que tiene un punch tremendo, y que pretende echar sal en la herida. Quizá, la falta de presupuesto sea un hándicap grande, porque la película adolece en algunos momentos de esa falta. Tampoco la puesta en escena está demasiado elaborada, aunque son detalles que han de obviarse para una película que sin duda alguna merece ser rescatada, por diseccionar de lo que es capaz la fórmula de ignorancia más miedo.

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The Envelope (2017). Konvert

Ya hemos comentado profundamente que últimamente el cine ruso es capaz de hacer émulos por géneros muy competitivos en lo que a cine de Hollywood se refiere. Sin embargo, hay un género que se le resiste tremendamente, como es el de terror. Hoy traemos, Konvert (The Envelope, 2017), dirigida por Vladimir Markov, una película totalmente fallida que es sintomática de porque el cine de terror ruso, por lo menos dentro del mainstream , es incapaz de funcionar.

La película nos presenta una trama que es más de corte de terror clásico. Primero, con un prólogo que funciona a medias y que nos traslada a la edad media, para posteriormente ir al grano. El personaje que interpreta Igor Lizengevich es el protagonista principal, un joven con un trabajo con el que no está satisfecho, puesto que trabaja como conductor para una importante empresa, aunque incluso también hace recados como cartero dentro de esta. Un día, su compañera de trabajo le pide entregar una carta con una extraña dirección….y ahí empezará el sarao, porque parece ser que la dirección no corresponde, y pronto entrarán en juego todo tipo de espíritus, que en ningún momento consiguen asustarnos. No tarda la película en ir al grano, porque en realidad la duración del metraje es más que corta, puesto que el filme apenas dura una hora y dieciséis minutos.

El filme se centrará pues en el viaje de nuestro protagonista en pos de entregar esta carta. A partir de ahí, el desfile de clichés del género se hace interminable, con trucos que parecen de auténtico novato. Lo más lamentable es que no podemos rescatar ni una sola escena, lo que dice bastante del filme. Los trucajes del fantasma de la niña, la ambientación…las alucinaciones que sólo nuestro protagonista puede ver….Por no hablar, de que la película es tramposa, y incluye algunos trucos que no tienen explicación racional (los viajes en el tiempo con las llamadas, que resultan efectistas pero carecen de lógica) Como mucho, y eso siendo muy optimistas, se podría rescatar alguna localización, no en vano la película fue rodada en algunas localizaciones reales como el cementerio de Golovinskoie, al norte de Moscú.

El problema es que el género de terror tiene unas características inherentes, como son la transgresión y la capacidad de hacer sentir mal al espectador. Y claramente, la sociedad rusa actual no es capaz de hacer estas condiciones en una cinta de producción propia. Choca con la propia moral. Y por eso The Envelope se queda a medio camino. Los sustos parecen dedicados a una audiencia que se ha quedado anclado en los años sesenta (e incluso dudo que el público de aquella época tuviera algún mínimo problema con esta película) y la transgresión es nula. Es cierto que todo nos remita una cinta de corte clásico (¿Influencias incluso propias de James Wan?) pero no hay ni una sola imagen que podamos rescatar. Realizar una película de terror pensando que hay que contentar al espectador es un tremendo error.

Más allá de la falta de cualquier atisbo de genialidad, nos encontramos con una película que además cae en algunos errores de guión que parecen de principiante. Porque es evidente que la productora o quien fuera exigió que en la película se incluyera una actriz femenina con tal de atraer a más público y para ello se hace una pirueta de guión que nos toma al pelo a todos: El personaje que interpreta Yuliya Peresild es una policía que por azar se encuentra con nuestro personaje, y sin que sepamos porqué….¡Decide acompañarlo a entregar el dichoso sobre! Totalmente surrealista, sin más, este momento, forzado exclusivamente para que en escena entre este personaje femenino.

En definitiva, The Envelope es una película a todas luces fallida. Los amantes del género deberán buscar el terror en otros proyectos mucho más menores dentro de la cinematografía rusa.

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Ekipazh (Rescate suicida, 2016)

Ekipazh (Rescate suicida, 2016) es una de las películas rusas de nueva hornada que pretenden competir en espectacularidad con el cine de Hollywood. Aún con esas, la película tiene sus raíces en el cine soviético, más en concreto en la mítica Ekipazh (Aeropuerto en llamas, 1980), puesto que en realidad nos encontramos ante un remake. La original fue una de las películas míticas de la cinematografía soviética, que intentaba emular el cine de catástrofes americano de los años ochenta. La obra rusa se trata de una superproducción que consta con dos actores muy populares, como Danila Kozlovsky y Vladimir Mashkov y que en Rusia tuvo una buena acogida en taquilla, consiguiendo reunir más de cinco millones de espectadores. La película fue la segunda después de Stalingrado (Stalingrado, 2013)  en ser rodada en formato IMAX.

El problema principal que tiene la obra es ciertamente paradójico. Y es que el director de la obra, Nikolay Lebedev, se toma muy en serio su propia obra. Tanto, que dedica gran parte del metraje a intentar construir sus personajes, a pesar de que lo hace de manera tópica. En una película de estas características, si el guión no es capaz de hacernos empatizar con los personajes, lo mejor que se puede hacer es ir al grano, y sin embargo, en Rescate Suicida nos encontramos con que la primera parte del metraje es totalmente sobrante. De hecho, no es hasta ya pasad la mitad de la película cuando el pastel se desvela. Hasta entonces, tenemos que aguantar escenas que intentan desarrollar triángulos amorosos de manera estrepitosa, y que resultan frustrantes por su planitud.

El guión nos presenta la historia arquetípica de superación, que tantas veces hemos visto en la cinematografía americana, sólo que en esta ocasión todas las marcas son rusas (ahí anda la compañía aérea Aeroflot, para mayor gloria). El protagonista principal es interpretado por Danila Kozlovsky, quien es presentado en un inteligente e inesperado prólogo y que nos define a nuestro personaje como un tipo que tiene talento pero a la vez es honrado a más no poder, puesto que para aligerar carga del avión decide escoger entre los jeeps del jefe antes que unos juguetes que van a un orfanato (obviamente es despedido por ello). Desafortunadamente, después de este prólogo la película cae ante los tópicos más absurdos, mientras el personaje de Kozlovsky se adapta a la nueva aerolínea en la que ha conseguido trabajo mediante el enchufe de su padre. Antes de que lo importante realmente haga aparición (el estallido de un volcán), nos encontraremos con una multitud de metraje que solamente funciona cuando los dos protagonistas comparten plano.

Kozlovsky, el guaperas con más gancho comercial de cara al cine, no es un mal actor, pero no puede competir con el actor que interpreta a su nuevo jefe, Vladimir Mashkov. A pesar de que el personaje que le dan no tiene tampoco una gran profundidad, Mashkov se hace con él, dándole un toque único y que hace que sintamos empatía con él e incluso con su situación familiar, puesto que a pesar de ser un tipo duro, tiene un hijo adolescente con el que apenas tiene una relación.

Pero el pacto de ficcionalidad se acaba rompiendo en el momento en que la película presenta retos totalmente alejados de la realidad. Puedo pasar las escenas con lava, con el aeropuerto siendo derribado por los sismos y los efectos del volcán, e incluso las piruetas con los aviones pasan con más  o menos normalidad. Pero lo que resulta intragable es uno de los momentos cercanos hacia el final de la película, donde vemos como los pasajeros de uno de los aviones pasan a otro mediante una cuerda…Absolutamente absurdo, y que saca por fuerza al espectador, de lo que hasta ahora estaba siendo una película fácilmente digerible.

En definitiva, la película es un entretenimiento palomitero que no desentona si hablamos de aspectos técnicos. La factura podría pasar por cualquier película americana de catástrofes, lo que tampoco es decir mucho, porque la película comete algunos de los fallos típicos de estas obras. Los dos pilares de la película: Los actores y la factura técnica, hacen malabarismos con sus defectos, un desarrollo emocional fallido y algunos defectos inherentes del género.

 

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Wild Angels: Ángeles del infierno (1966)

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Wild Angels (Ángeles del Infierno, 1966) se trate, nos guste o no,  de una película mítica, especialmente en Estados Unidos, donde su estreno conllevó el boom de un subgénero cinematográfico conocido como Biker, donde los motoristas de diversos clanes son los protagonistas. Tampoco es que ninguna de las siguientes producciones del subgénero fueran realmente geniales, pero si tuvieron un impacto popular notable. Ángeles del infierno se trata de una película dirigida por el mítico cineasta Roger Corman, uno de los reyes de la serie B, y que con esta película lograría una de sus cumbres.

La película es claramente uno de los orígenes de Easy Rider (Easy Rider, 1969), el actor principal de la película es Peter Fonda, que sería protagonista en las dos obras y que obviamente recogería inspiración para la película siguiente. La fama se la ha llevado sin duda la película de Hopper, pero esto no quita que la obra de Corman merezca un visionado, porque aunque no llega a la calidad artística de la otra, si tiene algunas escenas realmente bien conseguidas.

El guión tuvo sus devenires, porque se cuenta que la notable figura de Peter Bogdanovich intervino, aunque asqueado con Corman, se bajo del proyecto a última hora, a pesar de que según cuenta él mismo, el ochenta por ciento del guión es fruto de su trabajo. Lo cierto es que el acierto de la trama no se encuentra en la complejidad de la trama, porque en realidad esta misma no tiene nada de especial: Roban la motocicleta de uno de los miembros del clan (aunque esto ni siquiera sucede en la pantalla, porque esto nos lo cuentan en los primeros diálogos) y el clan de Fonda (este interpreta al líder de los motoristas) va en busca de ella. En el encontronazo entre bandas advierte a la policía  y esta hiere mortalmente a uno de los motoristas, interpretado por Bruce Dern, que será ingresado en un hospital.  La banda de Fonda intentará rescatarlo, pero desafortunadamente este morirá. En el último tercio de la película asistimos al funeral (que se convertirá en fiesta) del personaje de Dern. En realidad, el acierto del filme está, por una parte, en la naturalidad con la que describe la vida de los Ángeles del infierno, con sus costumbres y su forma de vida, así como en la naturalidad como se describe todo, sin recatar en la transgresión necesaria. No hay violencia o sexo gratuito, sino el que se ajusta simplemente a la trama y al modo de  vida del clan. La conclusión es que en ocasiones la película parece más una obra documental que no una ficción.

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La película es claramente hija de su época. La era del acuario, o la época Hippie en palabras que todos entendemos, fue un momento de convulsión y agitamiento total, y eso puede comprobarse muy fácilmente en el metraje. El eje tradicional de izquierda y derecha política se desfigura totalmente, mezclándose en el grupo de los Ángeles del infierno. Por una parte, la evidente simbología nazi de la que continuamente hacen gala, desde las esvásticas hasta las cruces de hierro, pero a la vez, también nos encontramos con un discurso aparentemente progresista, como por ejemplo, cuando en el funeral el personaje de Peter Fonda realiza un discurso donde acusa a la sociedad (no sólo al cura presenta, sino que también alude a la policía) de denegarles la ansiada libertad que tanto desean. Corman refleja bastante bien estos momentos de desequilibrio político, y consigue que el espectador se haga constantes preguntas sobre los Ángeles del Infierno, y el porqué de sus inquietudes. Corman no se decanta ni por la justicia ni por sus protagonistas, sino que simplemente se dedica a mostrar.

Sin duda, Ángeles del Infierno es una de las películas que hay que verla no en conjunto, sino con la fuerza de algunas de sus escenas. Porque sin duda, Corman es capaz de crear algunas imágenes muy potentes y por cierto, pictóricas, pues el color de la fotografía juega un papel clave. El inicio del filme, con las imágenes de Peter Fonda a lomos de su motocicleta y que serían copiadas posteriormente en Easy Rider son ya icónicas y ya desde un primer momento nos dan esa imagen de libertad que están buscando.  Las peleas entre la banda de los Ángeles del infierno y una banda mexicano están coreografiadas de una manera muy estilizada, con un uso de la violencia muy particular, que incluso parece anticipar la violencia entre bandas de A Clockwork orange (La naranja mecánica, 1971). Aunque en otros momentos de la película la violencia es algo cotidiano, en estas secuencias de pelea nos encontramos con una violencia estética. Por último, podríamos citar la imagen del funeral con la bandera nazi, en una secuencia que ya ha pasado a la historia.

El problema principal es que la película por momentos parece que no tiene demasiado que contar, y no ayudan los numerosos minutos musicales en los que vemos a los motoristas ir de un lado a otro, y que sin duda parecen hechas con la única intención de rellenar metraje.  Y a pesar de que hay algunas escenas inquietantes, en su conjunto el filme tiene bastantes problemas.

 

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La canción de Bernadette (1943)

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Año 1943. El mundo se está desangrando en una Guerra absurda. El Nazismo contra el Comunismo. El telón de fondo perfecto para que una película tan mediocre como The Song of Bernadette (La canción de Bernadette, 1943) arrasara en taquilla y crítica. Lo cierto es que la película de Henry King, un cineasta que hoy denominaríamos como un gran artesano (pero sin más que eso) está montada de una manera formalmente aceptable, pero carece de cualquier otro interés.

La película adapta la novela de Franz Werfel, un judío austríaco que se vio obligado a emigrar por la anexión Nazi y que quedó impresionado por su visita a Lourdes. La obra adapta precisamente la historia de la joven Bernadette y fue publicada en 1941, dos años antes del estreno del filme. Fue un auténtico éxito, convirtiéndose durante un año como libro más vendido en la lista de Bestseller del New York Times.

El guión está basado en los supuestos hechos reales que sucedieron en el 1855, cuando una pequeña adolescente de catorce años, Bernadette Soubirous, revolucionó la campiña francesa al reconocer en el pequeño pueblo de Lourdes que había presenciado a la virgen. La aparición no se detendría ahí, sino que seguiría para regocijo del pueblo, curiosos, creyentes y cualquiera con un mínimo interés con otras apariciones celestiales, que acabarían por convertir Lourdes en lo que conocemos hoy en día, un santuario de peregrinación. No toca aquí dilucidar lo que realmente presenció Bernadette. El guión nos presenta la película de la misma manera que lo haría cualquiera novelucha de tres al cuarto, con una planicie narrativa que no requiere demasiado interés.

La cuestión no es si se trata de cine religioso o no. No creo que haya filmografía más religiosa que la de Carl T. Dreyer, y a nadie se le ocurriría decir que su cine carece de grandeza. No, el problema es otro. Y es que la película de King es una de aquellas películas que podríamos calificar como obras de misionero. Y es que desde prácticamente el inicio del cine, este ha servido como instrumento para multitud de fines propagandísticos, y la religión ha sido uno de ellos. Muchos filmes se utilizaban como propaganda religiosa, como un efecto similar a la magia, cautivando a la audiencia. Ese cine folletinesco es el único que destaca en la película de Henry King.

Pongamos como ejemplo, la descripción que hace el filme de la pobreza de la familia de Bernadette, que toma aproximadamente la primera parte del metraje, unos treinta minutos más o menos. Bien, la historia nos dice que la familia de Bernadette era lo que se dice pobre, pero no una pobreza de hoy en día, sino del siglo XIX. Es decir, muchos de los hermanos de Bernadette no sobrevivieron, e incluso sabemos que ella llegó a vivir en un calabozo, en unas condiciones sanitarias infrahumanas. ¿Qué nos muestra la película? Que evidentemente la familia de Bernadette es pobre, pero nunca se pretende que el espectador se sienta mal. Ni un ápice de rastro de la suciedad que debería haber existido realmente. Todo es obvio, el público americano del 1943 no estaba preparado para sentirse asqueado, ni aunque la realidad así lo demandara.

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Más allá de ello, la obra no ofrece nada, y sigue el manual de primero de hagiografía básica. La fe de la joven se topará de bruces con la incomprensión, tanto de otras  autoridades religiosas, como de su familia en un primer momento o de las autoridades civiles. Nada que no hayamos visto en otras ocasiones. Por si fuera poco, King no está demasiado inspirado en la creación de las escenas oníricas y los momentos de las apariciones marianas son de lo más corrientes que uno puede echarse a la cara, con escenas prefabricadas. Incluso King cae en el error de mostrarnos la propia Virgen (una simple actriz vestida de blanco), algo que destruye cualquier atisbo de misterio. A eso se le añade los típicos coros celestiales que tenemos en mente.

La música estaba pensada en un primer momento para que la compusiera el célebre Igor Stravinsky, aunque finalmente el estudio se decantó por Alfred Newman, que compuso una banda sonora mucho más convencional de la que podría haber hecho el ruso. Tampoco sobresale, ni para bien ni para mal, en la película.

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Leto (2018)

Leto (Leto, 2018) se trata de una interesante e irregular película Rusia, dirigida por el más que interesante  Kirill Serebrennikov, director que triunfó con la modesta Uchenik (El discípulo, 2016). A Serebrennikov no le tiembla el pulso a la hora de rodar películas que a pesar de no olvidar el target comercial, presentan temas implicados con la sociedad. La película es también un homenaje a una generación musical que marcó historia, y se nota el cariño del director por toda esta farándula musical que surgió en una decáda políticamente convulsa en la URSS.

La película se trata de un curioso Biopic que nos presenta principalmente la vida de dos músicos claves de la última década de existencia de la Unión Soviética Viktor Tsoi líder de la mítica banda Кино (cine) y célebre en parte por su prematura muerte, y Mike Naumenko líder de la banda Зоопарк (Zoopark), quien también falleció joven. Para entender el contexto de la película hemos de tener en cuenta la situación musical en la que se encontraba la Unión Soviética, donde la música rock tenía una mala consideración por ser la música del enemigo(el rock como símbolo del capitalismo) y cantada en lengua extranjera. En ese ambiente, una serie de jóvenes, especialmente en la ciudad de Leningrado (hoy San Petersburgo) empezaron a adaptar y a tocar música rock, siempre con las autoridades vigilando en la nuca. Como veremos más adelante, la película toma claras influencias de otras películas como Control (Control, 2007), Biopic sobre Ian Curtis, el cantante del grupo postpunk Joy Division y sobre todo, el filme de Michael Winterbottom, 24 Hour party people (24 Hour party people, 2002).

Rodada en blanco y negro, en ocasiones el filme utiliza el color así como singulares recursos visuales. Pero no es desde luego una película convencional, y hay que tener en cuenta esto cuando visionamos la película. Para empezar, el guión de la película no nos cuenta el ascenso de una banda musical, sino que la película  se centra especialmente en dos caminos: Por un lado, la formación del grupo liderado por Tsoi y por otro, el trío sentimental que se desarrolla, entre la novia de Mike, este y Tsoi. Una relación a tres bandas que resulta ciertamente atrevida. En ocasiones la película se centra exclusivamente en los sentimientos de estos tres personajes, así que no nos equivocaríamos si dijéramos que Leto está más pendiente de sus personajes que de hacer avanzar la trama. Esto sirve también de advertencia contra espectadores ansiosos, que estén más sedientos de un BIopic al uso…la película está lejos de serlo. También hay que decir que el film no es perfecto, y en ocasiones puede resultar reiterativo, además, el guion tiene algunos problemas de estructura, y es incapaz de cerrar correctamente la película, dejándonos casi con tres finales diferentes.

La película ha tenido también algunas críticas dentro del ambiente musical ruso. La más destacable es sin duda alguna la que ha realizado el cantante del grupo Аквариум (Akuarium, otro de los grupos claves en la Rusia contemporánea), Борис Гребенщиков (Boris Grevenishkov) quien ha tachado el filme como “Una mentira desde principio a final incluso afirmando que el guionista es más bien un ser de otro planeta. Lo cierto es que tanto por la temática como por el tono, la película no ha estado exenta de polémica. Desgraciadamente, y conociendo tanto nuestra España como la Europa “Buena” a Leto no le espera un análisis demasiado en profundidad por la crítica.

La influencia postmoderna de 24 hour party people es más  que evidente.    Tanto, que resulta insultante que la crítica apenas haya realizado mención alguna. Al igual que en la película  de Winterbottom, el filme es totalmente autoconsciente. Para empezar, en Leto nos encontramos con un narrador totalmente omnisciente, prácticamente calcado al personaje que interpretaba Steve Coogan en 24 hour party people y que es conocedor del pasado, presente y futuro de los hechos que se narran. Por si fuera poco, parece evidente que el director ha dado ciertas directrices al actor que interpreta este personaje para que se fije en el de la película británica, de tal manera que podemos observar muchos gestos actorales así como el tono general prácticamente calcados.

La película nos introduce ciertas escenas musicales que reinterpreta “clásicos” del Rock americano alternativo como Passenger de Iggy Pop, Pschyokiller de Talking Heads o a Perfect day de Lou Reed. A pesar de que estéticamente son unas piezas que deslumbran por su creatividad, no funcionan más que de manera separada, y nunca de manera conjunta en la película. En gran medida porque como siempre nos introduce el personaje omnisciente, estas escenas nunca ocurrieron en la realidad (otro guiño parecido al filme de Winterbottom). Quizá la única que pueda tener cierto sentido es la de Passenger por su implicación en la trama (mostrarnos como avanza el romance).

La película si es totalmente recomendable para los amantes de la New Dave americana, Punk y Postpunk.  Paradójico por otra parte, que en los cines rusos se haya estrenado una película que censura las “palabrotas”, cuando el propio filme nos habla de la censura soviética. Cosas que nunca cambiarán.

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Hunt for the Wilderpeople, a la caza de los ñumanos (2016)

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Antes de ser absorbido por la industria Hollywoodiense, hace apenas dos veranos, el director neozelandés Taika Waititi nos regaló una pequeña película, que sigue demostrando la estela tan particular que ya nos regaló el director en la película que le lanzó al estrellato, What We Do in the Shadows (lo que hacemos en las sombras, 2014). Con el filme, Hunt for the Wilderpeople (Hunt for the Wilderpeople, a la caza de los ñumanos, 2016) el director mostró su carta de presentación ante Hollywood, además de regalarnos un filme que a pesar de sus carencias, da ilusiones al optimismo y a pensar en una futura sólida carrera, siempre que el cineasta no renuncie a sus rasgos personales, tan evidentes en su opera prima y aunque quizá un poco menos rastreable en esta obra, también latentes.

El argumento es de corte intimista, y según el propio Waititi, reescribió el desastroso guión que se le presentó, basado en la obra del escritor Barry Crump. La trama, sin desvelar demasiado, es la siguiente: En un recóndito pueblo (mejor dicho, chabola, porque no llega a vivir más de una solitaria familia) de Nueva Zelanda llega un coche en el que se encuentra un conflictivo niño llamado Ricky e interpretado por Julian Denninson. Rápidamente nos enteramos de que el niño es entregado a una familia en adopción, en la que la cariñosa y singular mujer es interpretada por Rima Te Wiata y el huraño y el a priori violento marido es interpretado por el mítico actor australiano Sam Neill. La película no arranca con estereotipos, y a pesar de que vemos que Ricky no es un niño común, no tiene demasiados problemas para empezar a socializarse por fin con alguien, y rápidamente empieza a amar a su nueva madre, que es bruta como un arado, pero a la vez tierna con él. La película en todo momento parece indicarnos que las ideas de Waititi en torno a estos centros sociales reformatorios son como centros penitenciarios, y que lo que realmente necesitan estos niños es una familia funcional ( o mejor dicho, amor, porque la familia es lo que podríamos calificar como el puro redneck estilo australiano). Waititi no se anda con rodeos, y menos de lo que canta un gallo vemos como la relación entre ambos personajes fluye en la buena dirección.

Sin embargo,a primeras de cambio, la mujer fallece, así que nuestro Rick tendrá que congeniarsélas con el ahora reciuente viudo. No será fácil, pero es eso o volver al reformatorio. A partir de ahí el director ahondará en una relación que irá madurando a fuego lento y que por la singularidad de sus personajes irá poco a poco conquistando nuestros corazones. Ese cambio de tercio, tan inesperado, es el que realmente da valor a la película. Otro filme habría tardado muchísimo más tiempo en desarrollar la relación entre madre adoptiva e hijo adoptivo, y sin embargo, Waititi es capaz de hacer que la relación sea creíble con muy poco metraje, y por ende es capaz de ventilarse el siguiente paso en la trama de una manera rápida.

También se ha interpretado el hecho de que el personaje de Ricky, interpretado por Jules Dennison y que es de etnia maorí como una metáfora de la mala consideración de la Nueva Zelanda blanca sobre quienes son sus pueblos índgenas. A pesar de que el propio Waititi en declaraciones ha negado este hecho, no está de más abrir una posible puerta hacia esta interpretación.

La película se puede ver también como un homenaje que realiza el cineasta a muchos de los referentes cinematográfico. El más obvio es incluso citado explícitamente en la película, cuando el personaje protagonista hace referencia a la escena del Señor de los Anillos (Peter Jackson, compatriota de Waitiki), pero no es ni de lejos la única referencia, y podemos encontrar muchas más, especialmente al propio cine australiano (especialmente filmes de los años setenta, con esa vía tan transgresora del nuevo cine australiano).

Sí es cierto que la segunda parte de la película carece de la frescura de la primera, y además el rumbo frenético del filme va hacia un humor que deja de ser interesante, por bordar el surrealismo. La figura de la asistente social, por ejemplo, es realmente efectiva en los primeros compases de la película, cuando aún siendo evidentemente exagerada, es una clara alusión de lo horroroso que son las instituciones de los reformatorios adolescentes (literalmente una cárcel en la que se encierran a los chicos problemáticos), pero esa exageración da paso hacia el final a un histrionismo que no pega con el tono del filme. Verla subida a un tanque choca frontalmente con todo lo que se había ido desarrollando en la primera parte.

 

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En definitiva, una película que a pesar de no ser la obra maestra de este particular cineasta (en parte por el tono de encargo que ha rodeado la película así como su producción) merece un visionado, por su ternura y por su singularidad.

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