Rogue One : Una historia de Star wars (2016)

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Dantesco espectáculo el que nos ofrece la última película basada en el universo de Star Wars (una saga moribunda artísticamente hablando, que se levanta como los zombies cada poco tiempo para remover los bolsillos de los espectadores) Rogue One: A star wars story (Rogue One: Una historia de Star Wars, 2016) Una película sin alma con el único propósito de hacer dinero. A pesar de que en parte se puede exculpar a su director, Gareth Edwards (la productora puso la tijera y se recortaron varias escenas) pero no es menos cierto que la película es un absoluto desastre.

Y eso, que parece que la película empieza bien, con algo que contar. El flashback nos introduce a la protagonista principal, e incluso se disfrutan las raíces westerniananas de las que hace gala la primera secuencia (de las mismas de las que bebe Malditos bastardos, con quien también la podemos comparar). Sabemos lo justo y necesario del personaje que interpreta (en prácticamente todo el metraje, exceptuando esta secuencia inicial) Felicity Adams. Sin embargo, no es más que un espejismo. La lírica de las primeras secuencias se convierte en cuestión de minutos en una montaña rusa de efectos especiales y guiños al universo Star Wars. Pronto, nos encontraremos con un fan service totalmente descarado, que lo único que pretende es vender, a costa de sacrificar lo que podría haber sido una historia más adulta (por momentos parece que se va a abandonar el tono Disney, pero en el fondo la película es igual de adulta que lo que eran los filmes de Lucas). Ver Rogue One es lo mismo que ver pintarse la pared de una casa, la más pura intrascendencia.

Una película de acción, que parece más destinada a promocionar algunos videojuegos de la propia franquicia de Lucas que no a establecer una historia. La película se podría haber contado perfectamente en treinta minutos. Puedo llegar a entender a todos aquellos entusiastas que gozaron de las escenas de acción, pero les remito a que vean la película tranquilamente en casa y la analicen con frialdad. Continua sucesión de tiroteos donde la pirotecnia se impone por encima de cualquier otro propósito. Por este motivo, importa poquísimo lo que le pase a los protagonistas. Que mueran o no nos produce la misma sensación que el fallecimiento de un enésimo stormtrooper (por no hablar de que el propio guión no es demasiado sutil en ocultar el futuro de los protagonistas). Si hago la pregunta…¿De qué va la película? Nadie sera capaz de responder. Hay tiros, bombardeos, algo de fuerza por aquí, referencias (obvisimas, incluso para alguien que no es un auténtico fanático, pero hasta yo recuerdo a los dos de la cantina de la primera entrega) pero no hay una auténtica historia detrás. Al servicio del fan como decíamos, con escenas tan innecesarias como la aparición de Darth Vader, que lo único que pretende es buscar el aplauso fácil (quizá la última secuencia esté algo más justificada).

Pero si ya no entiendo el Hype, lo que aún menos puedo entender es como un auténtico seguidor de la saga es capaz de aceptar el sacrilegio que se comete con Peter Cushing. Porque ya no estamos hablando de cine o no, estamos hablando de pura ética. ¿Cómo se puede faltar el respeto a la memoria de una persona de esta manera? Bueno, la respuesta es sencilla, dinero. Auténtica aberración, que además abre una puerta para futuras obras (con la propia saga ya se ha dicho que con Carrie Fisher no se haría, claro el cuerpo parece que está aún caliente…Pero…¿Qué diferencia hay?).

¿Qué las secuencias de acción están bien rodadas? Sí, era lo mínimo que se le podía exigir a la película. Pero muy lejos queda la magia de las películas originales. Si el episodio VIII era una reimpresión fotograma a fotograma del episodio V, en esta nos encontramos con una película dedicada por entero al género de acción, que se limita a conectar diversas secuencias de acción sin más. Y eso que apuntaba maneras.

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El zar (Царь, 2009)

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Царь (el zar, 2009) se trata de una película rusa dirigida en el año 2009 por Pavel Lungin. La película está directamente relacionada con la película que previamente a esta dirigió el cineasta, Остров (Exorcismo, 2006). No sólo porque ambas comparten actor principal, Pyotr Mamonov, sino porque tienen un trasfondo ideológico muy parecido, puesto que ambas película discuten el fervor religioso y su sitio (tanto pasado como actual) en la sociedad rusa.

El argumento utiliza una base histórica, como es el gobierno de Iván IV de Rusia, apodado con el sobrenombre de terrible, y se centra en un historia desconocida para el público español, como es la relación entre el metropolit (cargo religioso de la Rusia zarista) Filipo y el Zar. La película sigue más o menos el argumento histórico real, es decir, la llamada de Filipo a la capital de entonces, Moscú, para servir como líder religioso. Pero a pesar de la amistad inicial entre ambos personajes, pronto empezarán las hostilidades, debido a las obvias diferencias ideológicas entre ambos.

Como decía, tanto el zar como Exorcismo, deben verse como una dupla del cineasta, quien trata conjuntamente el tema de la obsesión religiosa. De hecho, y a pesar del título, el protagonista de el zar podría ser perfectamente el personaje de Metropolit que interpreta Oleg Yankovskiy. La cara y la cruz de una moneda. Ambas obras diseccionan el corazón de la ortodoxia rusa, y se adentran en los problemas y contradicciones de dicho movimiento.

La secuencia inicial está realmente bien pensada, y la utiliza el cineasta para construir un eje principal que continuará hasta el final de la película. En una celda, un hombre que reza desesperadamente nos muestra la pasión religiosa más exacerbada. Viste como un pordiosero, lo que hace confundir al espectador, que lo toma precisamente por el personaje de Filipo. Sin embargo, la sorpresa es mayúscula, cuando nos enteramos que en realidad se trata del zar. De hecho, gran parte del metraje se centrará sobre este debate, es decir, donde reside la auténtica fe. Por más que nuestro rey se dedique en cuerpo y alma en la búsqueda de un Dios, y su voluntad esté totalmente dirimida a este propósito, las acciones del zar contradicen totalmente sus pensamientos. Aquí, el cineasta nos presenta elegantemente la dicotomía entre el poder y la religión. ¿A quién servir? ¿Puede el poder seguir la moral cristiana? Continuamente se nos presenta a nuestro protagonista abusando de su poder político, aunque esto vaya en contra de su moral cristiana. La película nos dibuja a un zar enfermizo, inseguro e incapaz de actuar por su cuenta, obligado siempre, por sus propios instintos y las necesidades del poder, a tomar decisiones horribles. Por el lado contrario tenemos al personaje que interpreta Oleg Yankovskiy, el metropolit que a pesar de su inquebrantable fe, nunca se muestra presuntuoso. La comparación entre los dos personajes es más que evidente, mientras uno actúa con la falsa palabra, el otro lo hace con los hechos. La película se convierte pues en una elegante parábola, que culmina en un final tan trágico como ineludible a tenor de lo que propone la propia película, esto es, el poder y el mal están continuamente asociados y forman una pareja indisociable, mientras que el bien se encuentra precisamente en los detalles más mundanos, como nos muestra el personaje de la niña. De paso, el guión tiene también la sensibilidad de presentarnos los horrores de la guerra (la violencia, en el fondo, no deja de ser uno de los pilares que tiene el poder para legitimarse, véase si no la secuencia de la tortura a los presos, o la lucha contra el oso), a pesar de que la batalla está realmente mal filmada, todo sea dicho.

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La ambientación está bastante bien cuidada, y no tiene reparos en compararse con otras superproducciones. La reconstrucción del Moscú del S.XVI resulta sorprendente no por la magnificencia, sino precisamente por la realidad austera con la que el cineasta la retrata, y que se acerca bastante a la realidad de lo que por aquel entonces debería ser Moscú. Lo mismo se puede decir de la corte que rodea al monarca, los personajes de la Oprichina (la sociedad que creó Iván IV a modo de poder que fuera capaz de contrarrestar la autoridad de los boyardos)

Por cierto, a diferencia de Exorcismo, Tsar es una película mucho más abierta para el resto del mundo occidental. Los debates que presenta la película son mucho más comprensibles que los que encontrábamos en el filme anterior, Exorcismo, una película mucho más hermética y encerrada en sí misma.

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Hubert Robert: Una vida afortunada (1996)

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Sokurov es uno de los maestros del nuevo cine ruso (aunque atención, sus primeros trabajos se remontan ni más ni menos que a los años setenta, con la URSS en pleno auge). No en vano, fue tomado por el propio Tarkovsky como su sucesor. Y es cierto que en el cine del primero encontramos trazas ineludibles de la huella del maestro soviético, pero no lo es menos, que la filmografía de Sokurov se ha convertido en una de las más sólidas, tanto por calidad como por diversidad, del cine internacional. La única pena es el poco presupuesto con el que han contado el noventa y nueve por ciento de sus películas, a excepción quizá, de la más célebre (si hablamos de eco internacional), como fue рускии ковчег (El arca rusa, 2002), donde el cineasta, en un ejercicio de estilo (el más acentuado de toda su carrera, lo que ya es decir) nos presentaba una singular historia del Hermitage y por ende, de San Petersburgo y Rusia, tomado en un único plano secuencia. Y eso, que el filme, duraba tan sólo la friolera de tres horas. Pues bien, la película o mejor dicho, el mediometraje que comentamos hoy, tiene una relación con el Arca Rusa, en cuanto nos presenta un documental sobre una de las figuras artísticas que se expone en el museo, como es el pintor de origen francés, Robert Hubert. El documental, titulado, робер счастливая жизнь (Hubert Robert, una vida afortunada, 1996) nos presenta de manera muy sui generis, la vida y obra de este pintor, que consiguió sobrevivir a la revolución francesa prácticamente de milagro.

Y es que Soukorov tiene una larga dilata experiencia con el género documental. Gran parte de su carrera está cimentada precisamente en numerosos documentales que con una visión poética, están centradas en la cultura e historia Rusa.

El argumento del filme es bastante sencillo, y se divide en dos vías. Por una parte, el cineasta nos presenta una historia personal, un acto de teatro clásico japonés al que asiste. Por otra, se dedica a rodar diversos planos del Hermitage y cuadros de Robert Hubert, mientras con su propia voz en off como narrador, nos explica sus propias sensaciones sobre la obra del artista francés. Lejos de un relato historicista o académico (los datos biográficos son los justos y necesarios) ,la historia se centra más en las propias impresiones personales del cineasta sobre la obra de Hubert. De una manera muy comedida pero en la que se intuye la propia pasión del director por el arte de Hubert se disecciona, con imágenes, la obra del francés. Lo más interesante sin duda son los detalles en los que se explaya el director, con planos detalle de sus obras, y de las que Sokurov muestra un ojo clínico.

Por ejemplo, el cineasta nos presenta repetidamente un plano que capta un pequeño autorretrato del propio Hubert, tumbado mientras dibuja y observa las ruinas romanas. No es casualidad, y este plano tiene una significación especial, además de ser uno de los temas de la película. El propio Hubert, se autorretrató magníficamente con asombro ante lo que estaba ante sus ojos (la grandiosidad romana) y que en realidad puede aludir tanto al cineasta como al propio espectador, absorto ante el arte.

Leyendo entre líneas, no es difícil reconocer el porqué Hubert es el pintor favorito del siglo XVIII de Sokurov, como él mismo reconoce. El propio cineasta utiliza el documental con un tono más que sobrio para plasmar sus difusos pensamientos sobre el pintor, algo que es más que un síntoma. El neoclasicismo de Hubert, pero también sus fantasías en las que se anticipaba un incipiente romanticismo (fijémonos sino en como retrata la arquitectura romana, como dice el propio Sokurov, engrandeciedola de manera fantasiosa, porque nunca existió así) son una de las marcas del estilo del filme.

Quizá, el único pego que se le puede poner a la pieza es la poca conexión que presentan ambas partes con las que juega el filme. La pieza de teatro japonés y las pinturas de Robert Hubert van por dos caminos totalmente opuestos, y aunque al final si consiguen unirse, es cierto que al principio resulta ciertamente desconcertante la presentación

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La mujer y el monstruo (La criatura de la laguna negra, 1954)

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The creature from the black lagoon (La mujer y el monstruo, 1956; libre traducción española, como podemos ver) es una película de terror dirigida por el mítico cineasta de Jack Arnold (quien tiene otros grandes títulos de serie B en su haber, como el increíble hombre menguante). La película está producida por la Universal, y fue todo un éxito en Estados Unidos, llegando a dar una secuela que se rodaría (por el mismo Jack Arnold) tan sólo un año más tarde. Cierto es también que la mujer y el monstruo es una película de monstruos, pero hemos de tener cuidado al comparar el filme con las otras dos grandes obras de la Universal como Frankestein y Drácula, porque hay algunas diferencias. Para empezar, por cronología la película de Arnold se sitúa bastante tiempo después de que en la década de los años treinta los monstruos causarán auténtica sensación. Más bien el filme de Arnold se sitúa como un híbrido entre aquellas películas y las obras rodadas en 3d que tuvieron cierto apogeo en la década de los años cincuenta. Por otra parte, La mujer y el monstruo no está basada en ninguna obra literaria, y eso para bien o para mal, se nota en el filme de Arnold, que prescinde mayoritariamente de la palabra (en ocasiones, de manera excesiva) para centrarse en el aspecto visual y terrorífico.

El argumento del filme es realmente sencillo. Un grupo de exploradores se encuentra en Brasil cuando de repente hallan una inquietante a la par que interesante pieza fosilizada que parece pertenecer a una antigua criatura. Rápidamente iniciarán una investigación por el Amazonas para saber más, pero se encontrarán con una ingrata sorpresa. Un terrible monstruo que parece un híbrido entre hombre y pez, y que no es precisamente amistoso. Como podemos ver leyendo la sinopsis, La mujer y el monstruo es un filme mucho más simple que sus hermanas pequeñas de la Universal. No es menos cierto que también tiene algún logro interesante, y es que en algunas ocasiones la película parece preceder a situaciones de filmes de terror muy posteriores, como son aquellas secuencias en las que nuestros protagonistas esperan el ataque del monstruo, encerrados en el barco, y que evocan a las del cine slasher en la que un grupo de jóvenes espera que el asesino los vaya aniquilando uno a uno.

La película se rodó en 3d y eso, por desgracia, se nota en el filme. Muchos de los planos de la película están pensados exclusivamente para que en su momento pudieran provocar ilusiones ópticas. Pero visto hoy en día es el mismo que el de multitud de películas rodadas en 3d y vistas en televisión, un auténtico sopor.

Paradójicamente, en una época donde los remakes son constantes y donde todos los monstruos clásicos han sido remakeados, el monstruo de la laguna negra sigue manteniéndose como uno de los clásicos más independientes y que ha tenido menos secuelas y remakes. Los motivos son varios, desde la propia dificultad de recrear un monstruo marino (es mucho más económico ponerle la capa a un actor de origen centroeuropeo y decir que es Drácula), pasando por las propias ideológicas que subyacen en otros monstruos (la consciencia de la creación en Frankestein, el erotismo en Drácula…un largo etcétera) hasta la suplantación del tiburón como el monstruo marino por antonomasia (además de ser mucho más cercano a nosotros en cuanto a miedo subconsciente se refiere). Lo cierto es que, sean cuales sean los motivos, la mujer y el monstruo es uno de los “clásicos” de monstruos de la Universal, que ha quedado más olvidado. Y eso, que contiene algunos planos dignos de admiración, como las secuencias submarinas, que evocan ineludiblemente el filme que Spielberg rodaría veinte años después.

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Jack Arnold se sirve de la partitura que compone Joseph Gershenson para crear un hilo narrativo que tiene una importancia fundamental en el filme. Por momentos, Jack Arnold consigue una mezcla entre imagen y música sencillamente espectacular, buscando el último significado del cine. La partitura, como acostumbra a transcurrir en los años cincuenta, tiene la función de música programática y acompañamiento de las imágenes, pero en La mujer y el monstruo con una dosis adicional. Desafortunadamente, en ocasiones la música alcanza una estridencia agobiante (¿Sería eso lo que buscaban?) que más que horrorizar, martillea nuestro cerebro de manera repetitiva.

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Город Зеро (Ciudad zero,1988)

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Город зеро (Ciudad Zero, 1988) es una película dirigida por el cineasta Karen Shakhnazarov y realizada en las vísperas de la caída de la Unión Soviética. La película, que cuenta con un argumento delirante y que se liga de lleno con el surrealismo, es también una pieza de un valor incalculable, no sólo por la originalidad de su planteamiento, sino también por las más que obvias referencias socio-políticas que incluyen y que sirven de testimonio histórico.

Ciudad zero está llena de metáforas de las que se sirve el cineasta para explicar la caída de la URSS. Evidentemente, hemos de situar al contexto del filme en su época histórica, porque sino seremos incapaces de entender lo que estamos viendo. Gorbachov ya se encontraba en el poder, y la mayoría de películas de aquella época aprovecharon la teórica libertad que se les había permitido para realizar películas que antes habrían resultado imposibles. El guion del filme toma buena nota de ello.

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La película nos presenta un argumento que irá en crescendo en cuanto a sus dosis surrealistas. Un hombre de negocios, interpretado por Leonid Filatov y llamado Aleksei Varakin llega a una ciudad con el objetivo de revisar unos diseños sobre aires acondicionados y donde en un primer momento todo parece normal, hasta que empiezan a suceder cosas realmente extrañas. La primera de ellas, añade más bien un toque cómico antes que dramático (una secretaria desnuda que actúa con naturalidad). Y es que efectivamente, en la primera mitad del metraje, podemos decir que la película, salvando las distancias, tiene más en común con Amanece que no es poco (Amanece, que no es poco, 1988; realizadas ambas en el mismo año ), que con otras películas surrealistas. Pero a medida que transcurre el filme, el tono paródico se vuelve cada vez más hiriente, una arma en manos del cineasta para atacar los entresijos corruptos del sistema de aquellos años.

El filme tiene también una creatividad interesante, que se explaya en cantidad de numerosos detalles ingeniosos, originales y capaces de combinar el sarcasmo con el humor más negro. La reacción del espectador es doble, por una parte se consigue la risa en él, pero también existe un segundo nivel de reflexión mucho más profunda, que es la que diferencia al filme de otras películas puramente surrealistas, donde no hay una intención ideológica más consciente.

Metáforas más que interesantes y que son abundantes. Una de las más célebres la encontramos en la visita que realiza nuestro personaje al museo provincial, donde se le explican cantidad de historias sobre la ciudad, a pesar de que todas ellas son falsas. La parábola es evidente, el filme ridiculiza la exagerada propaganda, que no tiene reparos en mentir de cualquier forma con tal de engrandecer el nombre de la ciudad (y por ende, del país). Aunque parezca una locura, lo cierto es que esta exhibición del museo local tiene bastantes similitudes con las que continúan existiendo hoy en día en Rusia, y que cualquiera que haya visitado una ciudad provincial de dicho país sabrá reconocer. También aparece como elemento iconográfico de importancia la música Rock, que como bien es sabido provocó más que problemas en el Stablishment, quien recelaba de este tipo de música por ir en teoría en contra del sistema.

 

El final del filme nos presenta la decadencia y la corrupción de la URSS, con un árbol podrido al que nadie ha prestado atención durante todos estos años. Una clara referencia al propio sistema soviético. Demoledor resulta el hecho de que cuando cae una rama, toda la élite de la ciudad, que se encuentra congregada delante del árbol, corren poseídos a llevarse un pedazo. Un pedazo del pastel, que suponía la propia URSS en aquellos momentos, y que serían los nuevos ricos en un futuro. De igual manera simbólica resulta el final, cuando nuestro protagonista consigue escapar de la locura final en una barca. Pero…¿A dónde irá? El mismo rumbo desconocido que toma nuestro personajes es equiparable con el destino de la Rusia de finales de los años noventa, un país con un futuro a todas luces incierto.

Lo cierto, es que si comparamos el cine de Eisenstein con Ciudad Zero, nos daremos cuenta de lo que resultó el principio y el fin de la Unión Soviética, comparar ambas puede resultar un ejercicio más que estimulante, en cuanto ofrecen dos caras de la historia de un país y un modo de vida.

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Белый Тигр /White tiger (2012)

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Apenas ha llegado hasta nosotros el título ruso Белый Тигр (White Tiger, 2012; ni siquiera traducido al español), una producción rusa ambientada en la Segunda Guerra Mundial que esconde detrás de su argumento bélico una evidente parábola sobre la historia rusa y su condición geopolítica. Con elementos fantásticos y sorprendentes, la película deja difícilmente indiferente.

El argumento es aparentemente sencillo. Un tanquista, interpretado por Aleksey Vertkov es encontrado totalmente quemado en un tanque destruido. A pesar de que lo toman por muerto, consigue sobrevivir milagrosamente y no sólo eso, sino que se recupera totalmente de sus quemaduras (a pesar de que tenía más del noventa por ciento de su cuerpo quemado). En esta parte entra ya en escena el contenido sobrenatural, que formará una parte indisociable de la película y que seguirá hasta el final de la película, que es prácticamente la apoteosis de esta circunstancia. Nuestro tanquista tiene una amnesia que le impide recordar toda su vida pasada, a pesar de que no pierde las demás capacidades, como el habla o su increíble capacidad técnica para dirigir tanques. El segundo elemento fantástico entra en escena poco después, con el tigre blanco. ¿Qué es? Nadie lo sabe. La película, inteligentemente, no pierde el tiempo en explicaciones, sino que siempre deja en suspense la leyenda del tigre blanco, un panzer alemán que no se saben por quien está tripulado, y que se dedica a destrozar el ejército soviético de una manera prácticamente fantasmal. En la primera parte de la película, el filme permite pensar que el propio Tigre blanco puede ser algún tipo de panzer alemán modificado, una unidad de élite construida por órdenes del propio Hitler. Sin embargo, el guion va en otra dirección a medida que avanza la película, y resuelve la situación en los últimos compases del montaje. Una vez acabada la guerra, se explica la esencia del tigre blanco: El enemigo que representa la misma esencia de la guerra, que resulta etérea, fantasmal e indestructible. Y aún así, cuando ya no hay motivo para seguir puesto que que la guerra ha concluido, nuestro tanquista sigue preparándose para la nueva acometida del tigre blanco, porque según él, no ha desaparecido, sino que simplemente está preparándose para la nueva embestida. En una serie de escuetos diálogos el guion nos presenta la esencia intrínseca del propio ser humano, que siempre está dispuesto a destrozarse en la guerra. Nuestra propia alma está ligada al conflicto y los tigres blancos aparecerán, tarde o temprano. La propia esencia mística está apoyada por la utilización de una banda sonora que está prácticamente por entero sacada de la obra de Richard Wagner.

Y el final, resulta tan desconcertante como místico, hay que añadir que no es la única película del cineasta en la que el componente onírico tiene un papel importante, recordemos la obra más conocida de Karen Shakhnazarov como es Город зеро (Ciudad Zero, 1988). En una extraña reunión entre un personaje que sin duda evoca a Hitler y a otro del que no somos capaces de ver el rostro. Quizá para algunos críticos la escena peque de sobre-explicación, pero en la conversación que ambos mantienen, salen a la luz interesantes temas, como la culpabilidad única de Alemania (cuando medio mundo esperaba y deseaba el conflicto entre soviéticos y nazis) o la utilización del holocausto judío como el ocultamiento de otros crímenes de guerra.

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Las escenas de acción están más que correctamente rodadas , algo realmente sorprendente teniendo en cuenta la desastrosa calidad de algunas películas rusas bélicas contemporáneas, así como el subgénero de tanques al que se atañe el filme. También hay que tener en cuenta que detrás de las cámaras se encuentra a un experimentado director como Shakhnazarov, quien tiene una carrera detrás bastante profusa.

Desafortunadamente, muchos han considerado a White Tiger como una simple película bélica más, lo que sería un tremendo error, porque el filme encierra una evidente parábola. Podemos decir que hay dos películas en la obra de Karen y ambas concuerdan perfectamente. Además, White Tiger tiene una singularidad especial que la diferencia de otras películas y superproducciones rusas, puesto que esconde algo más que un simple mensaje bélico.

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Oficiales (1971)

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Офицеры (Oficiales, 1971) se trata de una interesante a la par que desconocida (en tierras españolas) producción soviética de inicios de los años setenta, que nos cuenta la historia de tres personajes y como evolucionan al mismo tiempo que lo hacen los conflictos en su país (desde la Guerra civil hasta la Segunda Guerra Mundial). A pesar de que en el resto de Europa la influencia del filme es poco palpable, en la Unión Soviética se convirtió en una película de culto y de referencia para el género bélico. Hoy en día es una película de renombre, y en popularidad supera a otros nombres y obras de directores más conocidos en occidente como Eisenstein o Pudovkin.

La película tiene partes bastante diferenciadas entre sí, como es natural teniendo en cuenta el espacio temporal que abarca el filme (incluso se toca por encima la Guerra Civil Española). El argumento nos presenta a un joven soldado del ejército rojo, Aleksei, interpretado por Georgi Yumatov, quien es mandado al frente de la estepa, para lidiar con unos rebeldes nómadas. No irá sólo, sino que le acompañará su futura mujer, llamada Lyubov (amor en ruso, suponemos que no por casualidad recibe este nombre) interpretada por Alina Pokovskraia. Esta parte del filme puede recordarnos al propio género Western, pues hay varias similitudes. Los nómadas no dejan de ser indios camuflados y en alguna persecución (perfectamente rodadas) llegamos a recordar aquellas idas y venidas de los indios persiguiendo a los vaqueros. En la estepa, nuestros dos protagonistas encontrarán al tercer personaje en discordia, Ivan, interpretado por Vasili Lanovoy, otro oficial del ejército rojo.

Este, quedará rápidamente prendado de la mujer que interpreta Pkovskraia. Sin embargo, a pesar de lo que podamos pensar en un primer momento, lo cierto es que el triángulo amoroso (si se le puede llegar a decir así, porque realmente nunca transcurre nada entre Ivan y Lyubov) está rodado a las mil maravillas, precisamente por el tacto y el mimo con el que el filme nos muestra la relación, y que también nos permite entender perfectamente la moral soviética de aquellos años. No hay ningún gesto obsceno por parte de Ivan, ningún intento por arrebatar la esposa a su mejor amigo (como él mismo dice, sólo tiene en su vida a dos personas). La ternura que desprenden estos tres amigos queda enmarcada por una dura vida, llena de horror y sufrimiento, y también alguna que otra alegría. Los diálogos, que entre los tres no son numerosos pero si bien escogidos y forman el eje sobre el que gira el filme, definen muy bien la interesante relación que se entrelaza entre los tres protagonistas y su vida. Por supuesto, después de la Guerra Civil Rusa vendrás otros conflictos, como la Guerra de Kalinin Gol o la propia Segunda Guerra Mundial. Y no podemos dejar de citar un epílogo conmovedor.

La puesta en escena tiene bastantes elementos de interés, desde varios planos rodados con el método grúa, mostrándonos la propia visión del tren a lo steadycam a alguna secuencia bélica muy bien planteada (como la acometida de los tanques nazis mientras los soldados soviéticos los aguardan cantando). En definitiva, la película tiene la solidez de la escuela académica soviética detrás. Por cierto, la música juega también un papel fundamental, presentándonos varias canciones tradicionales, que son cantadas por los soldados y que forman un hilo que la película subraya como síntoma de camaradería.

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La creación del filme estuvo promocionada ni más ni menos que por el propio ministerio de defensa de la URSS, el ministro Grechka, quien dijo que la profesión de soldado consistía en defender la patria (líneas de guion que se repetirán literalmente en la película). Ese es evidentemente el mayor problema del filme, que no deja de ser una obra de propaganda. También en cierta manera lo eran los filmes de Eisenstein, pero aquellos gozaban de una frescura (cimentada en gran medida por la técnica) de la que no dispone Oficiales (aunque sea está última mucho más reconocida. De tal manera, que Oficiales es la otra cara de la moneda de las películas norteamericanas que tanto estamos acostumbrados a ver. Sin embargo, Oficiales también es una buena muestra del savoir faire de la escuela soviética clásica, ninguneada por evidentes temas políticas en el resto del mundo occidental. Si algo se nota en el filme es la calidez con la que se ha tratado a la obra. El amor por los personajes está presente desde el primer momento, y lo identificamos.

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