Wichita, Ciudad Infernal (1955)

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Wichita (Wichita, Ciudad Infernal, 1955) es un western prototípico más, rodado en una de las décadas gloriosas del género, lo que la beneficia por contagio pero a la vez la condena a una tierra de nadie un tanto mediocre. La dirigió Jacques Torneur, francés de origen, quien rodó algunas películas del género, aunque en realidad es especialmente conocido por otras películas, en concreto  las que rodó sobre el género de aventuras más ingenuo e inocente, como The Flame and the Arrow (El Halcón y la Flecha, 1950)  al servicio del inefable actor Burt Lancaster o los filmes bajo el amparo de Val Lewton, como I Walked with a Zombie (Yo Anduve con un Zombie, 1942).

La película se basa en un hecho histórico como fue la llegada de Wyatt Earp, uno de los Sheriffs más célebres del lejano oeste, a Wichita, aunque el guión de Daniel B.Ullman se toma obvias licencias. No es extraño en los Westerns utilizar estos marcos históricos para a partir de ahí crear su propio argumento, de hecho el propio género es en sí histórico (pese a las mitificaciones añadidas por el cine). Además la Historia de personajes como Wyatt Earp o Billy the Kid son bastante recurrentes. La película fue la primera de la Allied Artist en debutar en el formato de CinemScope y consiguió un pequeño premio en la gala de los Globos de Oro de 1955, mejor drama al aire libre.

En esta ocasión, Joel McCrea interpreta al personaje principal y lo cierto es que el carácter principal cumple con todos los tópicos que se habían cocinado en el género por los grandes directores como John Ford o Howard Hawks. Con un pasado un tanto extraño, y que se revivirá repetidamente a lo largo del metraje (algo habitual en el Western, nuestros personajes se encuentran en un In media res que deberá ser retomado dramáticamente para ser solucionado) nos encontramos con un personaje, el ya citado Wyatt Earp, que se dirige hacía Wichita y que una vez en la ciudad, se verá envueltos en unas extrañas circunstancias, que lo obligarán a aceptar el papel de Sheriff a pesar de su reticencia inicial.

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Lo más curioso es que la concepción de este personaje no tiene nada que ver con el que elaboraría el director en otros filmes del género, como el que encontramos un año más tarde en el filme A Great Day in the Morning (Una Pistola al Amanecer, 1956), donde Robert Stack interpretaría un personaje fascinante, precisamente por ser la antítesis heroica del héroe Westerniano. En este sentido, el personaje principal de Wichita, Ciudad Infernal, es mucho más oficialista y menos creativo, pues es el típico personaje de grandes honores que se mantiene firme hasta el final. Que no significa que la película no sepa mostrar cierto atractivo, sobre todo el pulso que se presenta en el guión entre este protagonista y los demás miembros de la comunidad que una vez visto las medidas que este toma cuando se ha convertido en Sheriff, deciden retirarle paulatinamente apoyos. Joel McCrea está bastante correcto, aunque ningún actor destaca de manera sobresaliente.

Wichita se convierte en una ciudad sin ley, llena de “Vaqueros” enfurecidos, preparados para propagar su propio caos en la ciudad. El conflicto clásico entre el Sheriff y el peligroso elemento externo que viene a alterar la comunidad viene con algunas variaciones en esta ocasión. Lo más interesante del guión de Daniel B.Ullman se encuentra en la lucha de poderes anteriormente citada. A pesar de que se le da a nuestro protagonista el título de Sheriff, rápidamente sus promotores empezarán a dudar. Y es que sí el Sheriff sigue en sus trece, muchos de aquellos vaqueros que anteriormente estaban provocando el caos en la ciudad, ahora no volverán a la ciudad, y eso significa una pérdida de dinero evidente.

Como vemos hay una crítica subyacente a los malos usos de los especuladores, que anteponen los beneficios económicos a los de la comunidad (ni siquiera cuando muere un niño cambian de parecer; por cierto el dramatismo de la escena en la que pierde la vida es casi nulo, una escena realmente pésima). Es en esta proposición argumental donde se encuentra toda la carga ideológica del filme, y donde vemos también características propias del cine de Torneur. Evidentemente, al final triunfará la dignidad, como no podía ser de otra manera en una película de estas características. La Contradicción entre los valores morales del personaje y la diatriba que se le presenta es también algo bastante común en el cine del realizador[1].

Algo que resulta destacable en Wichita, Ciudad Infernal, es la puesta en escena que elabora Jacques Torneur, que es la que se encarga de crear un clima melancólico. Secuencias como las de los jinetes creando alboroto tienen una esencia casi fantasmagórica son significativas del filme.

[1] FUJIWARA, Chris, Jacques Torneur: The Cinema of Nightfall, Ed. McFarland, North Carolina 2011, p.225

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El Apóstol (2012)

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O Apostolo (El Apóstol, 2012) es una de aquellas películas que de tanto en tanto, sin tener demasiada publicidad detrás, consiguen hacerse un hueco en su género. En este caso, el género de la animación, que en nuestro país ha tenido que recorrer caminos tortuosos. Su director es Fernando Cortizo, que siempre ha estado inmerso en la animación, desde que debutó con El Ladrón de Muñecas (El Ladrón de Muñecas, 2007) un cortometraje de 10 minutos de duración. El Apóstol tuvo éxito de crítica y  recibió varias nominaciones, aunque tuvo que soportar la deshonra de ser superada en los Goya, donde se prefirió, de manera bochornosa, premiar Las Aventuras de Tadeo Jones (Las Aventuras de Tadeo Jones, 2012) antes que el filme de Cortizo. La película ha estado producida por Artefacto producciones, una productora con sabor gallego, que deja su impronta en la película de manera clara, como veremos más adelante.

Si algo tiene de bueno el filme de Fernando Cortizo es que capta a la perfección el ambiente de aquella Galicia mágica y rural, que aparece a los turistas que de verdad saben buscar. Aunque no sea con una visión positiva…Sino más bien terrorífica. Y es que se puede englobar perfectamente la película en el género de terror (como temática), y de hecho, la historia que cuenta la película tiene un regusto a muchos de los argumentos que se utilizaron en la década del cine fantástico más prodigiosa del cine español (años setenta). No es casual que en los títulos de crédito la película aparezca dedicada a Paul Naschy, uno de los iconos más representativos de dicha etapa.

La película, que está escrita por el propio Fernando Cortizo, se abre con una cínica secuencia que poco tendrá que ver con el tono posterior del filme. Un ladrón ha escondido un tesoro en un pueblo después de fugarse de la cárcel, y al cabo de un año vuelve a recuperarlo. Sin embargo, se extraviará, y acabará en un extraño pueblo donde la gente parece realmente siniestra.Es ahí donde la leyenda de Paul Naschy parece encarnarse en diversos protagonistas, pero el que más nos recuerda a sus tipos de películas es el que encarna el padre de este extraño pueblo. Su gracia, pese a lo detestable que supone este personaje, es indudable, y medida película se la lleva a sus espaldas. Nuestro protagonista es básicamente secuestrado, y una maldición parece planear sobre el pueblo.

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La mitología gallega es un referente inevitable de El Apóstol, que mezcla varias de las leyendas más clásicas (incluyendo una vertiente hereje que siempre ha sido muy fructífera en dichas tierras) para respaldar el filme. Efectivamente, la célebre compañía de difuntos, es decir, la Santa Compaña aparece con un papel de excepción en el filme. De igual manera podemos citar también la Catedral de Santiago, y sobre todo, el ambiente rural, que es el que lleva todo el peso de la película. Pero no de una manera folclórica, sino que Cortizo se empapa de todo este material con mucho mimo, aunque sea como ya he dicho anteriormente, para describir en ciertas ocasiones un ambiente terrorífico. Si no, sólo hace falta que volvamos a dar un paseo por esa aldea, esa aldea que se retrotrae al mismo ambiente que vio dar a luz a personajes como Manuel Blanco Romasanta, o aquella en la que cada pocos pasos uno se encuentra con un mágico cruceiro.

No se puede obviar la técnica magistral que emplea la película, que recurre al Stop-motion clásico, con material de Plastilina y que está perfectamente empleada. Los personajes resultan bastante creíbles, pese a que Cortizo no renuncia a darles el toque tan característico que da la técnica, y además más de uno está basado en célebres actores, pero donde realmente triunfa el Stop-Motion es en el ya comentado ambiente que emplea El Apóstol.

Puede que el punto más flojo del filme lo encontramos en el desarrollo de su guión, que hacía la mitad del filme acaba desvariando un tanto. Una vez han encarcelado a nuestro ladrón, la película se desvía hacía dos personajes poco simpáticos (por más que uno de ellos tenga la voz del actor Fernando Sanz) que rompen con la tensión que había acumulado hasta el momento la película. Además y a pesar de que el tono infantil siempre es presente (y con esto pretende justificarse en algunos aspectos) el subrayado del personaje del Obispo resulta bastante forzado. Por otra parte, la propia película se limita con un final demasiado predecible (otra vez gracias al personaje del Obispo, al que se le ve venir de lejos su destino) que rompe con el tono terrorífico del filme, para abrazar caminos mucho más convencionales (y comerciales). Una pena, porque hasta ese momento, la película de Fernando Cortizo había tratado de manera respetuosa al espectador.

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Surcos (1951)

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Hay una secuencia en Surcos (Surcos, 1951) en la que una pareja de ricachones se dirigen al cine para ver una película. La mujer pregunta qué película van a ver, y el novio contesta que una “Neorrealista” qué “está muy de moda en Europa”. Ella pregunta qué, “que es eso de Neorrealismo”, y él contesta que es “El Drama Social, historias de gente pobre”. Cuando vuelven del cine, ella se queja evidentemente de que la película no le ha gustado, por ser demasiado aburrida. Esta pareja de personajes representa bastante bien la alta clase social típica heredera del primer franquismo, que vivía alejada totalmente del drama social (como sucede exactamente ahora).

Surcos supone un antes y un después en la cinematografía española. Después de la guerra civil la pantalla estaba dominada por películas que se dedicaban a exaltar al nuevo régimen instaurado y los valores que lo acompañaban, así teníamos: Películas patrióticas, religiosas y folclóricas (este último grupo el menos inofensivo). No ayudaba la rígida censura que imperaba por aquel entonces. El filme dividió en dos a gran parte de los miembros más comprometidos con el cine, e incluso se asegura que José García Escudero, el director general de cinematografía, dimitió de su puesto tras una defensa enconada de la película[1]. Aunque después de largas y tensas negociaciones (donde se llegó a censurar un final que era aún más demoledor que el que se muestra en la versión final) el filme consiguió el título de Interés Nacional. De hecho la película se exhibió en el festival de Cannes de 1952. La película contaba una historia original de Eugenio Montes, pero fue adaptada por Gonzalo Torrente Ballester.

Surcos nos cuenta una historia que era realmente viva en aquel año de 1951. El drama de la inmigración rural es la absoluta protagonista. Los primeros compases del filme son más que significativos en este aspecto, cuando José Nieves Conde rueda con perfección el resumen del triste viaje que debe realizar nuestra familia protagonista, cuando se traslada definitivamente del campo a la ciudad. En el tren son vejados por muchos de los otros pasajeros, que los consideran inferiores a ellos. Una vez pasado este primer envite, nuestros protagonistas deberán sobrevivir en la ciudad, y para ello es vital la búsqueda de un trabajo. Gran parte del metraje está dirigida en este aspecto, con nuestros protagonistas buscando mediante el trabajo un incremento del nivel de vida. De hecho, la mayoría de los diálogos entre los personajes se refieren siempre a la economía doméstica, acaparando un monotema que ayuda a entender la propuesta del guión, este leimotiv constante.

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El filme se dedica también a mostrar a los diferentes personajes de la familia relacionándose entre ellos y con el reto de poder contribuir a la supervivencia del núcleo familiar. El Padre, ya mayor, representa el arquetipo de aquel hombre ya hecho de una manera determinada e imposible de adaptarse a los nuevos cambios (Le despiden inmediatamente del trabajo y su propia mujer lo considera en cierta medida un paria) a pesar de que mantiene la moral y los valores familiares hasta el final, el Hijo mayor, que toma el testigo de su padre convirtiéndose en el líder familiar, y que cae en las garras de la criminalidad ante la expectativa de obtener un futuro mejor para él y sus allegados, el hijo menor, que al ser considerado un lastre se marcha del hogar en una secuencia filmada con una sensibilidad brillante, o la hija, que es engañada por un mafioso sin sentimiento (que representa el típico corrupto que sacó provecho de la guerra civil) se echa a sus brazos, y es engañada vilmente.

Surcos es una de las primeras películas españolas que mirando el espejo del Neorrealismo, muestra una realidad hasta entonces desconocida en las pantallas de cine españolas. Poco acostumbrados estábamos a las ruinas y la miseria, por lo menos en la medida que son mostradas en la película de Nieves Conde. Imágenes impactantes, y es que gran parte del filme es un deambular por las miserias de la España de la Posguerra. Imágenes y secuencias son numerosas: El degradamiento moral de nuestro protagonista al tener que aceptar un trabajo criminal, la maravillosa secuencia del padre de familia trabajando en la fábrica (con un montaje espectacular), las masas anónimas de gente, siempre dispuestas a despedazar a sus compañeros….

La fotografía en Blanco y Negro que firma Sebastían Perera ayuda también a contribuir con el mensaje de desolación y pesimismo, incluido ese terrorífico final que no deja paso al optimismo. Paradójicamente, los nubarrones negros de Surcos suponían una perspectiva un poco más luminosa para el panorama cinematográfico español.

[1] LERA, José Maria Caparrós, El cine Español bajo el régimen de Franco, 1936-1975, Ed. Universidad de Barcelona, Barcelona 1983, p. 34

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Diggin up the Marrow (2015)

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Diggin up the Marrow (Diggin up the Marrow, 2015) se trata de una nueva película grabada con el recurso del Found Footage (metraje encontrado), aunque hay que decir que dentro de lo que cabe el filme resulta un tanto original. La dirige Adam Green, un nombre medianamente conocido dentro del género de terror (y para el que no lo conozca, la película presenta ampliamente sus credenciales, aunque no de la manera en la que estáis pensando).

La película es en realidad un falso documental del falso documental. Esto que suena tan alambicado es bien sencillo en realidad: Adam Green se presenta el mismo rodando un documental que en teoría está teniendo lugar en la vida real, es decir, se pretende presentar los hechos del filme como algo creíble y verosímil (como veremos más adelante, esta sensación va disminuyendo a medida que avanza el metraje). Y eso que realmente la película empieza bastante bien. Para sumergirnos en la realidad, Adam Green se presenta a sí mismo asistiendo a festivales de cine (luego aparecerá en la Comicon) donde habrán fans, gente disfrazada, y también varios actores y directores de cine famosos, que se camuflan en el filme haciendo pasar todo como una gran farsa (A lo largo del filme aparecerán Mick Garris y Tom Holland) . De hecho algunas secuencias revelan que muchas escenas fueron realmente rodadas en momentos en los que Adam Green se encontraba asistiendo a estos festivales. La ambientación es correcta, los fans hacen el Friki con toda su fuerza, los guiños a la propia carrera de Green aparecen con determinación (y seguirán indefinidamente, de hecho una cosa bastante achacable a la película es la autopromoción que se realiza el propio director de manera constante, pues más que una película por momentos parece un spot publicitario) y todo parece transcurrir con normalidad.

Hasta que a nuestro protagonista le llega un extraño documento, enviado por correo por un fan. A Adam Green se le revela un asunto crucial, pues según el que ha enviado el mensaje, un supuesto investigador privado, los monstruos realmente existen y se invita al director a que venga a conocerlos. Nuestro personaje enigmático es interpretado por Ray Wise, más conocido por ser el actor que interpretó al padre de Laura Palmer en la célebre serie de Televisión Twin Peaks, apadrinada por David Lynch. Viendo el filme uno no puede evitar pensar que es una lástima que Wise haya tenido que acabar aceptando papeles tan deplorables, y eso que personalmente lo considero un buen actor. En definitiva, nuestro extraño personaje empieza a advertir a Green que realmente existe un mundo alternativo ahí fuera, real y tangible, y que se esconden en el subsuelo. Afortunadamente él ha sido de capaz de encontrar un punto de unión entre los dos mundos, donde asiduamente se encuentra observándolos desde la oscuridad.

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En esta primera parte, nuestro director y su compañero de cámara se encuentran a la expectativa sobre lo que realmente  encontrarán. Deciden hacer un documental de todo eso, y el guión desmenuza algunas partas atractivas, aunque son sólo ligeramente esbozadas, como es el caso del planteamiento de la finalidad del género de terror, y encontrar por fin lo que todo cineasta del género ha deseado, esto es, que lo que grabe sea por fin real. También, como es habitual en el Found Footage, se adereza esta primera parte con muchas dosis de humor, con tal de aligerar la carga al espectador más ansioso, que desea rápidamente encontrarse con carnaza.

En la creatividad del mundo nuevo y fantasioso que propone la película, el filme se queda a la mitad. Los Bocetos y diseños que nos presenta dibujados el investigador (y que al fin y al cabo no dejan de ser Storyboards) tienen un atractivo indudable, así como la historia que se adorna a su alrededor y que transmite este investigador (indudable que la interpretación magnífica de Wise es crucial para encarnar el perfil de paranoide) y el filme juega a medio camino entre las escenas más populares (que encarna en parte el propio director) y el miedo a lo más oculto, que en gran medida bebe de las raíces de Lovecraft. Sin embargo, esto sería la parte teórica, y sin duda falta la práctica. Y es ahí donde el filme flojea con claridad, pues no es capaz de representar con demasiada soltura los diversos monstruos que van apareciendo, que más que ingeniosos resultan avergonzantes.

En definitiva, la película cae en un tour de force final que pierde cualquier tipo de lógica cimentada con anterioridad. Por ejemplo, ese final donde nuestro protagonista recibe una cinta de vídeo…¿Era realmente necesario? No es que no pegue nada con el resto del tono que había creado el director hasta el momento, sino que tampoco parece demasiado creíble (¿Los monstruos de repente conocen las direcciones de los humanos y se dedican a chantajearlos?).

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Una Pistola al amanecer (1956)

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Great day in the Morning (Una Pistola Al Amanecer, 1956) es un Western sorprendente, que se aleja en gran parte de la épica Fordiana, para aunar una singularidad que le hace merecedor de un visionado. No en vano, la dirige el cineasta de origen francés Jacques Torneur, quien con anterioridad a esta película ya había realizado alguna incursión al género, como Wichita (Wichita, Ciudad Infernal, 1955).

El Guión, que escribe Lesser Samuels se ambienta en la Architrillada guerra de secesión norteamericana (1861-1865), tantas veces tocada en el Western. (de hecho es casi un icono más, como podrían ser los Indios, que por cierto aparecen en el filme aunque sólo en la secuencia inicial, como carne de cañón de nuestro protagonista). Sin embargo, el enfoque si es realmente original. La película se ambienta en Denver, donde en una pequeña ciudad la población se encuentra dividida en un ambiente bélico entre los numerosos partidarios de la unión y los pocos “Rebeldes”.  Nuestro protagonista es un joven sureño, interpretado por Robert Stack, que pronto empieza a ganarse la antipatía del pueblo, tanto por sus condiciones políticas como por los incidentes  y altercados que desarrolla con otros habitantes del poblado.

Y es que vayamos directamente al grano, el personaje que interpreta Robert Stack es lo más importante y fascinante de la película de largo. Nuestro sureño no es ni de lejos el héroe ejemplar que encontramos en las películas de John Ford o Howard Hawks, sino un tipo arisco y orgulloso, que sólo mira exclusivamente por su beneficio personal. De hecho podríamos decir que tiene bastante en común con el tópico del empresario capitalista del sur, que no tiene reparos en sacar todo tipo de provecho económico aunque que tenga que traspasar barreras morales. Y sin embargo, no se puede negar que el personaje tiene un carisma magnético. Hábil con las armas, con las mujeres y con los negocios, el personaje que interpreta Stack invita a una seducción al espectador que contempla fascinado el lado oscuro del personaje. También hay que remarcar el individualismo del que hace constante gala la película, y que Torneur parece querer mostrar de manera inconsciente como una seña clara de este prototipo de primitivo americano, tan relacionado con el lejano oeste. De hecho, nuestro propio personaje protagonista, a pesar de pertenecer al Sur, no duda en cobrar hasta el último centavo a sus compatriotas.

La película capta bien el ambiente guerracivilista que se estaba cultivando en aquella América de los años sesenta del siglo XIX, con dos bandos claramente diferenciados. Al igual que sucede con nuestro protagonista principal, la película sigue siendo igual de turbia. Los personajes que representan al norte, no son tampoco un culmen de virtudes, sino que siguen siendo personajes con muchos elementos negativos, que se alejan ostensiblemente del modelo heroico. El personaje que interpreta Stack empieza a hacer rápidamente algunos enemigos en el pueblo, consiguiendo en una partida de Póker ni más ni menos que un Saloon típico del Western. En definitiva, la película gira entre varios ejes, aunque el más importante es el que tiene relación con el inminente conflicto bélico que está a punto de estallar. Volvemos a citar al gran maestro John Ford, para comprobar que su mensaje de camaradería se disuelve en la película, entre odios e iras de compañeros, pese a pertenecer teóricamente al mismo bando.

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También se incluyen unas gotas románticas, entre el trió protagonista que incluye a los actores: Virgina Mayo, Robert Stack y Ruth Roman. Nuestro protagonista principal, Robert Stack, conoce a una bella mujer en su camino a Denver, interpretada por Virgina Mayo, esta protagonista encarna la élite social y económica del poblado, sin embargo el amor entre los dos no fluye con totalidad, en parte por el personaje que interpreta Ruth Roman, de carácter más popular y atractivo,  se acaba metiendo por medio, consiguiendo el cariño del personaje que encarna Stack.

Resulta destacable la fotografía que emplea la película, y que se puede relacionar con otras películas de Jacques Torneur, con ese tono titilante tan característico de su filmografía. También es verdad que hay alguna secuencia que podría haberse mejorado, como son algunos de los tiroteos (en especial los que suceden en el Saloon), que resultan bastante inverosímiles tal y como se desarrollan.

En definitiva, Una Pistola al Amanecer es una película intensa, que consigue ser un Western con alma propia (algo difícil en un género tan popular en aquellos años) y que tiene sus puntos propios que la hacen ciertamente disfrutable. Es verdad que también nos encontramos con algunos defectos, sobre todo en cuanto el filme duda si seguir adelante, con un final predecible.

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Ciudad en Tinieblas (1954)

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Crime Wave (Ciudad en Tinieblas, 1954) es una más de las muchas películas de cine negro que se rodaron en la década de los cincuenta. El filme, que dirigió el cineasta exiliado de origen húngaro, André de Toth, se engloba dentro de la serie B más arquetípica, y se pueden apreciar muchos puntos en común con otras obras coetáneas del género negro. Los trajes con sombrero, la oscuridad y los sucios callejones, los personajes atrapados por su pasado y una policía corrupta son condimentos que aparecen en el filme y que no deberían sorprender a los acostumbrados al género. Hasta en su corta duración, se puede presentir la huella del cine negro.

En realidad, el filme no es demasiado verosímil con el título original en inglés, una traducción aproximada al español sería Ola de Crímenes, pues la película se centra en unos pocos protagonistas y se dista mucho de las grandes espectacularidades. El guión, se encuentra coescrito por tres personalidades: Crane Wilbur, Bernard Gordon, Richard Wormser, basándose en una historia de John Hawkins y Hard Hawkins. Como decíamos, la historia que cuenta el filme es más bien minimalista, centrándose en las tropelías habituales de un pequeño grupo de criminales. Más en concreto, tres fugados de una cárcel norteamericana, donde en un palo a una gasolinera uno acaba recibiendo un disparo mortal. Tras diversos acontecimientos, los criminales contactarán con un antiguo compañero, obligándole a que le eche un cable.

Historia simple y sin pretensiones, Ciudad en Tinieblas no basa sus puntos fuertes en el desarrollo argumental, pues prácticamente el cien por cien de las situaciones que transcurren en la película están ya utilizadas en otros filmes de cine negro, sino en sus personajes. Sin duda alguna, hay que citar el policía corrupto que interpreta Sterling Hayden. Este actor es uno de los cimientos del género, y todo el mundo reconocerá su actuación en The Asphalt Jungle (La Jungla de Asfalto, 1950) donde en aquella ocasión encarnaba a un criminal. En Ciudad de Tinieblas, Hayden se hace suyo un policía muy especial, al que no le importa utilizar métodos bastante sucios con tal de cumplir sus objetivos, algo que por otra parte es muy típico del género. La Gracia y lo que hace surgir el interés del personaje es el hecho de que se encuentre en una infructuosa y movediza barrera moral, donde el bien y el mal se difuminan. Otra vez la figura del policía corrupto tantas veces con anterioridad, pero con un magnetismo poco habitual.

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El resto de personajes es en comparación mucho menos interesante, aunque el personaje principal, interpretado por Gene Nelson mantiene el tipo en el tópico personaje de cine negro. En concreto, Nelson encarna a un ex presidiario que actualmente se encuentra reformado y que con los actuales acontecimientos se verá involucrado de nuevo en turbios asuntos, aunque de manera ajena a su voluntad. Gene Nelson parece el tipo perfecto para mostrarnos un tipo con un pasado oscuro pero con ganas de reformarse, y el actor muestra bien ese odio oculto que se queda por dentro y que se amplifica cuando ve a sus seres queridos en peligro.

También hay elementos negativos en el filme, o como mínimo no demasiado excitantes, que convierten la película en una medianía. Los lugares comunes son los que en definitiva acaban lastrando las posibilidades. El clímax final por ejemplo, resulta bastante anodino y no demasiado excitante para lo que en definitiva se propone (el golpe que retira a los criminales, típico del cine negro) y lo mismo podemos decir de varios momentos que encontramos en el metraje, como el secuestro de los criminales a la esposa del protagonista.

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La acción transcurre en Los Ángeles, y lo cierto es que André de Toth no es demasiado benévolo con la visión de la ciudad. Cierto es que no es habitual en el género que el desarrollo argumental se dedique a contarnos las bondades del espacio donde está teniendo lugar la acción, pero esto es muy palpable en Ciudad en Tinieblas[1]. No existe la luz en la película (insistimos en que tampoco es algo demasiado excepcional en el género) porque gran parte del metraje transcurre durante la nocturnidad. Callejones angostos, interiores sofocantes…La presión puede palparse con facilidad en la película y sin duda la ambientación es uno de los puntos más fuertes. El Glamour de los Ángeles (la cuna de Hollywood) desaparece en pos de una ciudad oscura, donde los criminales campan a sus anchas. Incluso cuando nos encontramos con un interior público (como bares o incluso el almacén final) la ciudad se resuelve como un lugar triste y peligroso (sólo hay que ver los ciudadanos sudorosos que se aglomeran sobre la barra del bar, que parecen vivir solitariamente).

[1] JOHN, David y ANDERSON, John, The B List: The National Society of films critics on the Low-Budget Beauties, Ed. Da Capo Press, Cambridge 2008, p. 20

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El Hobbit: La Batalla de los Cinco Ejércitos (2014)

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Y por fin llegó el cierre definitivo a la trilogía del Hobbit, con The Hobbit: The Battle of Five Armies (El Hobbit: La Batalla de los Cinco Ejércitos, 2014) una película que supone el adiós definitivo de Peter Jackson a la tierra media, después de haber tenido más de un dime y direte con los Fans de la obra de Tolkien. No es tiempo de extenderse en esta crítica en este sentido, pero es más que evidente que la obra menos extensa de Tolkien no merecía más de una película como adaptación cinematográfica, pero ya sabemos que lo que manda en Hollywood es el verde del dinero.

Y lo que se suponía el gran espectáculo, la traca final de los fuegos artificiales, se ha convertido en un globo desinflado, que ha ido dejando la ilusión detrás a medida que avanzaban las secuelas. Poco se puede rescatar de esta última entrega, una película pesada y reiterada, que entrega lo peor de la trilogía del Señor de los Anillos pero ampliando aún más los defectos y multiplicándolos en tiempo y metraje.

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Hay algo poco entendible en esta tercera película, y extensible a toda la trilogía, y es la manera en como Peter Jackson ha perdido todo el control sobre la tierra media, creando un mundo totalmente desprovisto de alma, un simple reflejo de lo que en la primera trilogía refulgía con brillantez, y que es ahora un mundo inerte. Ya para empezar, en el tema digital, que repercute evidentemente sobre la concepción que el espectador acaba teniendo sobre la verosimilitud de este universo, acaba siendo un fracaso estrepitoso. Desconozco si es por desidia del propio Jackson o porque el presupuesto con el que se contaba en esta ocasión era mucho más reducido, pero lo cierto es que visualmente la trilogía del Hobbit es netamente inferior a la del Señor de los Anillos. Aspecto ciertamente comentado, pero imposible de rehuir cada vez que se menciona este trabajo. A pesar de ser una trilogía hecha con posterioridad en el marco temporal, la sensación es realmente la contraria, y parece que haya una involución en el aspecto técnico. Pero más allá de los efectos especiales, la propuesta de la tierra media en esta última entrega fracasa especialmente por el poco interés que parece haber detrás de su construcción:

Pongamos por caso el primer trayecto del filme. En apenas unos pocos prolegómenos Jackson decide desquitarse del dragón Smaug, que sinceramente parecía un problema para el realizador, más interesado en mostrarnos un metraje extendido sobre batallas y ofensivas militares. Peor aún así, el problema no es directamente la duración, sino la poca estima con la que parece resuelto este primer conflicto. Los destrozos del dragón sobre la ciudad humana tienen más pinta de ser una pantalla de videojuego que no una película seria.

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Personalmente creo que Jackson no ha sido capaz de trasladar efectivamente el espíritu del Hobbit de la novela a la gran pantalla. Es cierto que el cineasta ha entendido que esta obra era en esencia muy diferente a la serie del Señor de los Anillos (y los que hayan leído ambos libros corroborarán esta afirmación) pero sin ser capaz de dar en la tecla exacta y dando palos de ciego. El género de aventuras se diluye entre el tono infantil y la épica militar. Entre elfos que parecen adolescentes inmaduros (¿Cuando perdió un elfo la dignidad?) y Enanos Jubilosos. Jackson no sabe cuando dosificar los diálogos ni sobre todo, las secuencias de acción, convirtiendo el Hobbit en lo que realmente nunca fue, esto es, una ensalada de espadazos y golpes, una batalla multitudinaria.

Y Ya puestos en la batalla….Realmente resulta frustrante pensar que en realidad el gran objetivo del director era repetir una especie de Campos de Pelennor con el Hobbit. Tanto tiempo y energías malgastados en busca de una gran ristra de secuencias que simplemente no dan el nivel. No hay clímax (la linealidad de la batalla resulta desconcertante, y nunca nos sentimos implicados con el bando “bueno”), ni un desarrollo demasiado inteligente o cuidado (no hay más que lo mismo pero repetido en un bucle constante). Para ser el deseo máximo y único del director al iniciar la aventura (Sino no se explica que el Hobbit se dividiera en tres partes, y que la última, la de la batalla final, ocupará prácticamente una sola película) lo cierto es que no se ha cuidado demasiado esta parte final, un postre que debía ser apoteósico y se queda en simplemente aburrido.

Poco se puede salvar del filme, sino quizá algún aspecto visual (a pesar de la monotonía, hay que admitir que el despliegue de efectos tiene algún punto positivo, quizá destacable con el asalto inicial de Smaug o alguna parte de la batalla), de maquillaje y vestuarios, pero en definitiva una película bastante floja que no hace honor a anteriores proyectos del director, que sin ser tampoco las grandes obras maestras que se pretendieron vender en su momento, si eran capaces de crear un Mundo de Fantasía hecho a partir de la obra literaria de Tolkien, cosa que no se puede decir de estas últimas películas, que simplemente se dedican a desplegar por técnicas digitales arquetipos sacados de cualquier libro aleatorio sobre Warhammer u otras obras muy secundarias de este género literario de capa y espada, del que Tolkien fue uno de los grandes artífices.

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