Atila: Hombre o Demonio (1954)

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Attila (Atila: Hombre o Demonio, 1954) es una de las películas que anticipa el subgénero del Peplum. De hecho, el filme lo dirigió Pietro Francisci, que sería el encargado precisamente de inaugurar el género con le Fatiche di Ercole (Hércules, 1958), tan sólo cuatro años más tarde. El ffilme nos presenta la conocidísima historia de Atila, el rey huno que asolo media Europa, y que se ganó a pulso el sobrenombre de El Azote de Dios. El filme se estrenó curiosamente el mismo año que lo hacía otra película sobre la misma figura histórica (pensamos que por estrategias comerciales), como lo fue la película de Douglas Sirk, The Sign of the Pagan (Atila, rey de los Hunos, 1954).

En realidad circulan diversas versiones, con diferentes metrajes, una extendida y la otra de apenas una hora y diez minutos de duración, donde la acción se recorta hasta el mínimo. Las dos películas cuentan exactamente lo mismo, la Ruptura de la tregua entre hunos y romanos, la batalla de los campos cataláunicos (que el filme nos la tergiversa y lo presenta como una derrota romana) y la escena final, donde el papá León aconseja a Atila que no tome Roma.

La producción de nacionalidad Italiana tiene un peso determinante en la concepción ideológica del filme. A diferencia de los filme épicos norteamericanos, donde Roma aparece muchas veces descrita como un hervidero de corrupción y de paganismo (y este descrito como algo negativo), en esta ocasión (a pesar de que también hay escenas que pretenden recrear la frivolidad del ambiente cortesano, pues el emperador Valentiniano III se entretiene en los asuntos más banales antes que ejercer su función de soberano) nos encontramos con una defensa del Imperio Romano, que en realidad se transcribe como del estado Italiano.

Atila Hombre o Demonio

Los Hunos, por una banda. Anthony Quinn interpreta al Rey Atila, que es el gran enemigo de Roma. El filme lo describe como la gran amenaza de la civilización, un militar despiadado que quiere acabar con Roma y todo lo que supone esta. Como vemos, la versión sigue claramente los Historiadores Romanos, quienes trataron de dejar la reputación de Atila por los suelos, principalmente porque fueron sus enemigos mortales. Con rasgos orientalizantes (Ciertamente el actor Anthony Quinn era el mejor para el papel de Atila en el sentido de sus rasgos físicos y fisonómicos), el pueblo huno es casi como una extensión de este líder bárbaro. Francisci se recrea con atmósferas oscuras y casi maléficas (de magia negra, digo) cada vez que vemos a los hunos reunirse en torno a su líder en asambleas. El Vestuario no es arqueológico, sino que nos presenta unos Hunos casi sacados de Conan, pero si comparamos este vestuario con otros péplums posteriores lo cierto es que tampoco se pueden sacar muchas quejas.

Por otra parte, tenemos al Imperio Romano y Aecio. Aecio, interpretado por el apuesto Henri Vidal, general romano histórico y por tanto real (al que muchos han considerado como el último de los romanos) representa la grandeza y dignidad de Roma en todo su esplendor. El filme nos lo presenta como el representante de la civilización, dispuesto siempre a pactar y a llevar la Pax Romana a donde haga falta. Por su contra, Valentiniano III, interpretado por Claude Laydu, es un personaje histriónico y mimado (por parte de su madre, Gala Placidia) es la representación  los Vicios más enconados y arquetípicos del cine ambientado en la antigüedad.

El desarrollo del filme es bastante convencional, y parece que el metraje está muy limitado por un guión esquemático que no se sale ni una coma de la idea original. En general es una película bastante destacable a nivel técnico, aunque también se observa claramente que la película contaba con un presupuesto ajustado. El ejemplo más claro lo encontramos en la batalla del filme, que nos deja una imagen antológica: Catapultas que derriban hombres invisibles, entre cargas de decenas (que no centenares) de hombres.

La película decepcionó a más de uno con el resultado final, y la productora encargó rodar más metraje a diversos directores, con lo que nos encontramos con un cierto descontrol (se han comentado nombres como Lattuada, Carmine Gallone o Mario Monicelli[1]) . Una dirección entre más de un realizador, hecho que tampoco es excepcional (ni mucho menos) entre el cine italiano de aquella época, donde se hacían películas como churros.

[1] ESPAÑA, Rafael, La Pantalla Épica: Los Héroes de la Antigüedad vistos por el cine, Ed. T&B, Madrid 2009, p. 147

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