Zardoz (1972)

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En plena época lisérgica se estrenó Zardoz (Zardoz, 1974) una película extrañísima que se encuentra a medio caballo entre la ciencia ficción y el género fantástico, y que supuso un batacazo importante para John Boorman, el director de origen británico que se encargó de su realización. La película, de producción británica y norteamericana es un proyecto que estaba condenado a fracasar desde el primer minuto en que Sean Connery, actor principal del filme, desembarca en escena con su estrafalario traje, que por méritos propios se ha convertido en parte de la historia del cine. En su vertiente más Kitsch, claro.

De hecho, el filme de Boorman nos habla de una manera de ciencia ficción que es extensible a los años setenta, y que resulta completamente inconcebible hoy en día. Y es que si el sistema de estudios actual es inflexible con las películas de género (que por ejemplo en ciencia ficción requieren un presupuesto más abultado que en otros campos como la drama o la comedia) en aquellos locos años los directores tenían algo de libertad, gracias al boom de los directores estrellas (período que duró relativamente poco) como Coppola o Scorsese. Zardoz es una película que parte de este contexto histórico, que sería liquidado en el campo de la ciencia ficción por la saga de Star Wars de George Lucas, que supondría cerrar al público las películas de ciencia ficción que iban más allá del mero entretenimiento. Zardoz, a pesar de su estridente estética, está más cerca de 2001: A Space Odyssey (2001: Una Odisea en el Espacio, 1968) que posteriores películas de ciencia ficción.

La película arranca con una secuencia deslumbrante, que eleva la expectativa de los espectadores. El filme nos presenta a nuestro protagonista principal, un Sean Connery salvaje (en plan icono sexual total), en un mundo fantástico, persiguiendo en lo que parece un ritual a otros seres humanos, que son literalmente cazados por él y su grupo de jinetes. La película está ambientada en un futuro hipotético, pero grandes momentos del filme parecen indicarnos una inspiración clara en el género de capa y espada (de hecho, a pesar de que todo transcurre en la tierra la sensación es la de estar viendo otro planeta diferente, y ello quizá se debe a los paisajes irlandeses donde se rodó la película), y a ello ayuda también parte del vestuario, que resulta un desastre absoluto, y que cae en el gusto Kitsch en cada segundo.

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Posteriormente, nuestro personaje se introducirá en el mundo de las élites, los inmortales, que viven desocupadamente en un mundo supuestamente pacífico donde a pesar de ello no son felices. Nuestro protagonista es capturado y será puesto bajo estudio por diversos miembros de esta élite. Pero a pesar de que él es mortal, parece tener un tipo de poder que acabará revelándose crucial en la historia…

La película intenta convertirse en una obra para el género adulto, introduciendo debates aparentemente intelectuales, como ya hemos dicho antes. El filme se centra en una lucha de clases, la élite, que vive en un mundo en teoría ideal, donde no hay violencia y donde todos los miembros viven eternamente, y la tierra, de donde proviene nuestro protagonista principal y donde impera la ley de la selva ampliada al máximo. El filme ya separa estos dos mundos desde el punto de vista estético, mientras que Sean Connery está vestido de manera que exhibe su poderío físico (con más de medio cuerpo al descubierto), en el caso de la élite visten de manera mucho más elegante, mostrando así su distinción social. Aún así, el problema de las élites es precisamente el haber obtenido la vida eterna, porque al haberlo hecho se cuestionan continuamente el significado de la vida, además de aborrecer cada minuto de su existencia (viviéndola de manera tediosa, lo que nos recuerda paralelamente a la sociedad coetánea que había en la década de los setenta). Esto podría haberse traído de una manera elaborada, mediante debates complejos, pero lo cierto es que la película es incapaz de desarrollar correctamente el tema, llevándolo por cotas infantiles y más propias de los peores tópicos de los años setenta.

No ayuda la dialéctica pseudointelectual con la que se intenta imbuir el filme, regodeándose  de conceptos que intentan trascender más allá del plano de entretenimiento pero que en realidad nunca consiguen enganchar al espectador. Los diálogos de la película resultan artificiales y poco naturales. Además la estructura del guión resulta demasiado confusa. La película, a pesar de la extravagancia de su guión no es capaz de presentar los hechos de manera ordenada, y el resultado es crear una sensación aún más extraña en el espectador, que sintonizando con los años setenta y las drogas lisérgicas, se encuentra en desconexión con el argumento de la película.

Una sola imagen resulta realmente impactante en el filme, la que nos muestra el suicidio de las élites buscando desesperadamente ser asesinadas por los salvajes humanos que han conseguido travesar el mundo, en un afán de sentir nuevas sensaciones. Sin embargo, no deja de ser un espejismo de lo que podría haber sido el filme y lo que en definitiva no es.

 

 

 

 

 

 

 

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