Los que no fuimos a la guerra (1962)

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Los que no fuimos a la guerra (Los que no fuimos a la guerra, 1962) se trata de una de las pocas películas del Nuevo Cine Español que afloraron en la década de los sesenta. Un movimiento sin éxito, que a emulación de otros grupos europeos, trató de renovar el panorama cinematográfico patrio, sin demasiados éxitos, debido al poco amparo que lógicamente proporcionó la dictadura.

Y es que, la película de Diamante tuvo problemas con la censura. La censura franquista vio con malos ojos una película[1], que aunque ambientada en el 1914, durante la primera guerra mundial, parecía aludir de manera evidente a la guerra civil española. Lo que por otra parte no impidió que la película fuera seleccionada para ser presentada en la Mostra de Venecia, donde cosechó buenas críticas y gozó de una buena acogida por parte de los críticos, en una estrategia típica del régimen (que de cara a la internacionalidad pretendía venderse como un país prácticamente democrático y abierto a la autocrítica). Sin embargo, en España, el filme no vio la luz hasta años más tarde.

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La película es una continua sátira al sinstentido de la guerra y la incomprensión. Efectivamente, la película se ambiente en la Primera guerra mundial, en un pequeño pueblo ficticio de España llamado Iberina. La película en realidad adapta la novela de Fernando Flórez, de título homónimo y publicada en la década de los años treinta. En realidad, Iberina simboliza los pensamientos y debates ideológicos que surgieron en toda la península ibérica al estallar la primera guerra mundial. España, que se convirtió en un país neutral (de las pocas decisiones sensatas tomadas por parte de nuestros dirigentes en la política internacional del siglo XX) quedó dividida en dos, algo que aprovecha el filme para mostrar esta división como una antesala de las dos Españas que surgirían años más tarde con la guerra civil.

Agustín González interpreta al protagonista principal. Un joven que vive con su padre, quien interpreta el eterno José Isbert, un germanófilo total. Gran parte de la primera parte de la película transcurre en las tabernas, que eran el foco de ebullición donde los dos bandos discutían acaloradamente. Los aliadófilos y los germanófilos aparecen representados en la película de una manera totalmente sarcástica y ácida, como un grupo de ancianos que no tienen otro interés más que discutir en temas totalmente ajenos a su vida cotidiana. La manera en como representa Diamante los dos grupos es realmente inteligente y sutil.

Pero lo más interesante de Los que no fuimos a la guerra no está en esas tertulias políticas sino en la manera en como Diamante compara la situación de la guerra con el conflicto bélico español que no tardaría en estallar años más tarde. Los Germanófilos, no dejan de ser una reproducción de los reaccionarios, que andan reclamando la disciplina y el orden del Káiser como la única solución posible, mientras que los aliadófilos (básicamente francófilos) son un paralelismo evidente de los republicanos.

En la segunda parte del filme, nuestro protagonista abandona las tertulias para buscar un trabajo que parece no encontrar. La película utiliza esta segunda parte, mucho más itinerante para ir mostrándonos pequeña escenas que demuestran un sentido del humor crítico. Por ejemplo, las sesiones de cinematógrafo dobles, en las que mostrando un único material audiovisual, nuestros protagonistas realizan sesiones dobles para los diferentes bandos de la guerra, doblando encima de las imágenes dependiendo de quien venga, o el soldado fantoche que se alista en el ejército francés para luego volver a aparecer después de haberse gastado el dinero en bebida.

Por otra parte, el filme de Diamante demuestra muy acertadamente otros aspectos que fueron habituales durante la primera guerra mundial, como la inclusión de la mujer en el mundo laboral (en el filme podemos comprobar cómo los conservadores no ven con buenos ojos que la mujer pueda trabajar en público) o la especulación alimentaria que hubo en España durante la guerra (los empresarios vendían el producto a una Europa exhausta, mientras que el precio en España sufría irremediablemente, sobre todo en productos básicos).

Sin embargo, como a otras películas del Nuevo Cine Español o del propio Diamante, la película demuestra una puesta en escena casi anémica y simple. Una auténtica pena si tenemos en cuenta la multiplicad de lecturas que promete el filme, que apunta, como ya hemos visto, en numerosas direcciones.

[1] VAQUERIZO, Luis, La censura y el nuevo cine español: Cuadros de realidad de los años sesenta, Ed. Universidad de Alicante, Alicante, p. 225

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