Voces Inocentes (2004)

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Voces Inocentes (Voces Inocentes, 2004) se trata de una aclamada película realizada por el director mexicano Luis Mandoki, quien ha trabajado indistintamente tanto en México como en los Estados Unidos (aún así esta película se ubica cronológicamente en la segunda etapa del cineasta dentro de México, cuando volvió de Hollywood a su tierra natal). Voces Inocentes se centra en la guerra civil del Salvador, conflicto sangriento que tuvo sacudido este país durante más de una década (del aproximadamente 1980 al 1992) y toma el punto de vista, como indica el título de la película, de un niño, Chava, quien interpreta Carlos Valera. La película consiguió un  considerable éxito en taquilla y ganó tres premios en la gala de los Ariel (los Goya mexicanos), aunque no de los más importantes puesto que estos fueron a parar al filme de Fernando Eimbcke, Temporada de Patos (Temporada de Patos, 2004).

Chava es un joven que vive en las chabolas con su madre y sus hermanos, sin su padre, quien se ha marchado a los Estados Unidos en pos de un futuro mejor. La película por cierto, terminará igual que acabará, mostrándonos la salida de los personajes del Salvador, primero el padre y luego el hijo, algo que se relaciona con la enorme inmigración que hubo durante y después del conflicto, cuando miles de Salvadoreños se vieron obligados a marcharse en busca de un nuevo futuro. Su vida es más o menos normal si  no fuera porque la guerra convierte la destrucción en un acto cotidiano y natural. Como cualquier niño de su edad, Chava va al colegio, se divierte con sus amigos e incluso tiene novia, pero de fondo, el filme nos presenta la guerra como una amenaza constante, que pesa sobre los protagonista como la espada de Damocles. Para muestra en este sentido, sólo tenemos que recordar las duras secuencias en las que el pueblo recibe diversos ataques (el filme simplemente muestra las batallas de una manera parcial, mostrando más sus efectos y consecuencias y no tanto el desarrollo) y la familia protagonista tiene que agacharse para evitar que las balas perdidas de los tiroteos consigan colarse en la casa. Estos tiroteos se acabarán convirtiendo en la película como algo habitual.

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La premisa de la película y el desarrollo central del filme es presentarnos el contraste entre la inocencia del mundo infantil y la absurdez del mundo adulto, simbolizado mediante la barrera de los doce años, edad en la cual los niños eran considerados adultos por el gobierno del Salvador, y por lo tanto disponibles para ser alistados en el ejército. Esta diatriba está reforzada por diversos recursos, como el ya comentado alistamiento, o el crecimiento del propio protagonista (por ejemplo, la secuencia simbólica en la que cumple años) o el adulto con problemas mentales que actúa como un niño y que paradójicamente es uno de los pocos adultos totalmente puros en el filme.

La película se posiciona claramente a favor de la insurrección, aunque con reservas y además en diferentes momentos de la película se puede observar como el punto de vista del niño es crítico con el mundo adulto, también con los efectos de la guerrilla. Aún así, es obvio ver el decantamiento de la película (yendo más allá de filmes como Salvador de Oliver Stone, dirigida en el 1986 y donde también se trataba el mismo tema, aunque en esa ocasión Stone pretendía alinearse de manera más neutral, bien es cierto que cuando dirigió la película Stone aún gobernaba Reagan, y en cambio Mandoki tiene una perspectiva mucho más amplia), que lo hace de manera finalmente clara con el de la guerrilla.

La película nos deja algunas secuencias de impacto, como las ya comentadas de los tiroteos aunque las que realmente consiguen colarse en la memoria del espectador son las que se refieren al alistamiento de los muchachos en la guerra. Por la dureza implícita de ellas y porque el director consigue hacerlas totalmente reales. Niños que se ven forzados a convertirse en máquinas de matar.

Algunos han acusado a la película de utilizar un tono sentimental demasiado exagerado, y aquí podemos citar algunas infaustas críticas como la escrita por José Manuel Cuéllar. Es cierto que la película evidencia la formación del cineasta en tierras norteamericanas, y en numerosos momentos del filme se puede sentir un tono sensiblero cercano al de numerosas películas americanas que abusan de este recurso, pero esto sólo sucede en contadas ocasiones, y sin duda no es el tono general del filme. El cineasta consigue preservar la inocencia de los personajes principales, y el punto de vista infantil no aparece manipulado (o por lo menos no lo demuestra) para apoyar determinado discurso.

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